DÍA 7 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 7: OBLIVION (DE ASTOR PIAZZOLLA) ♬

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FUE UNA SEMANA ETERNA en la que el tiempo parecía no avanzar. Cada minuto duró un par de horas y los días transcurrieron en cámara lenta. Sin embargo, a pesar de todos los contratiempos y obstáculos, Irina estaba lista para comenzar su aventura.

Llenó su vieja mochila negra con lo que creyó indispensable. Colocó allí un abrigo, tres botellas de agua y algunas golosinas que robó del depósito de El Refugio cuando todos aún dormían. Por las dudas, agregó un par de zapatillas, en caso de que las que llevaba puestas se arruinaran. Presionó el contenido con fuerza, obligando al cierre a cumplir su función de mantener todo dentro. Parecía que la mochila fuese a explotar en cualquier instante. Irina temía que algo así ocurriera, porque no tenía forma de cargar con sus pertenencias.

Suspiró, volcó el contenido sobre la cama, se ató el buzo gris alrededor de la cintura, abandonó las cuatro barras de mantecol y volvió a introducir el resto en la mochila que finalmente cerró sin problemas. Estaba lista para partir.

Ya había amanecido en Argentina, pero los edificios en aquella parte de la ciudad eran altos, ocultando al sol y sus rayos, creando sombras alargadas que se extendían sobre veredas y pavimento.

Un cielo anaranjado le dio los buenos días a Irina al salir del edificio veintisiete. No se divisaban nubes en el firmamento. Sería un buen día para avanzar.

La morocha apretó el dibujo de Santiago, un pequeño trozo de papel doblado hasta formar un cuadrado diminuto que se abultaba en el bolsillo de su pantalón. Suspiró. Iría a rescatar a Anahí.

Algunos comerciantes de la zona le habían dicho que la casa de don Lucio de Ocampo y Larralde no estaba en la ciudad, pero tampoco conocían la dirección exacta. Fue el dueño se la heladería quien aportó el dato crucial; él era el único conocido de Irina que había visitado a Lucio en su hogar y aseguraba que el edificio era fácil de encontrar. Debía rodear la Avenida Oeste hasta llegar a la calle Uéstedes, donde tenía que doblar hacia la izquierda. Varios kilómetros más adelante, se cruzaría con la Ruta 3. Una vez allí, solo era cuestión de caminar por la banquina. Luego de dos o tres días, dependiendo de su velocidad, encontraría un desvío en el camino, una calle de tierra sin nombre que nacía al borde de la ruta; a lo lejos vería la mansión en una elevación del terreno. Era imposible perderse. Su informante le había comentado que el primer día a pie se cruzaría con numerosas desviaciones como esta, pero la casa de don Lucio estaba más allá de esa zona, tan alejada que no había otras construcciones en varios kilómetros a la redonda.

Irina no temía morir de hambre, sabía que eso era imposible. Sin embargo, le preocupaba Anahí y la situación en la que se encontraba.

—Si ese monstruo le puso una mano encima, lo mato —dijo la morocha en un susurro.

Y sin mirar atrás, se alejó de El Refugio.

Anahí se pasó la mañana ayudando a Lucio con la catalogación de los libros adquiridos en la subasta

Anahí se pasó la mañana ayudando a Lucio con la catalogación de los libros adquiridos en la subasta. La camioneta del correo arribó temprano y dejó tres cajas en la puerta. Los libros de mayor valor iban en el paquete de menor tamaño con un cartel que indicaba su fragilidad, mientras que los textos con precio fijo se apilaban en las cajas restantes.

—No sabía que catalogabas tus libros —comentó Anahí mientras sacaba los ejemplares de las cajas y los apilaba en el suelo.

—Es algo común en las bibliotecas —contestó él desde el escritorio—. Ahora, pasame los datos de cada uno —pidió.

Anahí recitó título, autor y demás detalles de cada ejemplar mientras que Lucio anotaba la información a gran velocidad en pequeñas fichas de papel que iba colocando en un cajón de su escritorio.

Una vez la catalogación estuvo terminada, el hombre comenzó a acomodar cada ejemplar en el estante correspondiente, por temas. Anahí no ofreció su ayuda porque no tenía ni idea de dónde iba cada cosa. Pero tampoco quiso molestar, por lo que separó su antología de Mujica Láinez y comenzó a leer los primeros cuentos, sentada en el piso y con su espalda contra una de las cajas vacías.


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