Parte 1

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Habíamos partido desde el concurrido puerto de Plymouth rumbo a Cartagena de Indias cinco días antes, y ya habíamos bordeado la escarpada costa de Cornualles, dejando atrás al poco las islas Scilly e internándonos en las aguas del Atlántico, en busca de mejor fortuna que la tristemente cosechada en Gran Bretaña. Hacía dos años que habían ahorcado a nuestra amiga, Ann Foster, en Northampton, por un crimen que no había cometido, y tan solo ocho meses antes, en Chester, a Mary Baguley, de modo que únicamente quedábamos Sophie Barnett y yo, Wilmot, con vida, aunque ignorábamos por cuánto tiempo más la conservaríamos. La encarnizada caza de brujas había terminado por provocar el exilio de muchas de nosotras hacia tierras algo más halagüeñas, en las que pudiéramos vivir sin ser atacadas ni perseguidas.

Y allí nos encontrábamos, aquel soleado tres de marzo de 1676, a bordo de un fastuoso aunque vetusto navío de tres palos, hacia una ciudad desconocida del Caribe, Cartagena de Indias, como digo, de la que no habíamos visto absolutamente nada. El viento del norte soplaba con fuerza en la marfileña arboladura y arrastraba al barco sobre la juguetona superficie del mar, haciendo un cadencioso bamboleo que provocaba náuseas en los marineros más novatos. Algunos de los más veteranos, a órdenes del capitán Flaherty, habían subido a la sobremesana alta, a las gavias del palo mayor y también al velacho alto del trinquete para poder recoger parte del velamen, puesto que los vientos septentrionales podrían llegar a desgarrarla. Las voces roncas de todos aquellos hombretones contrastaban enormemente con el suave arrullo del mar, cuando las olas coronadas de espuma blanquecina chocaban contra la gastada quilla del Gallardo. El aroma a algas y a sal marina era tan penetrante que en ocasiones llegaba a marear, y la humedad, tan poderosa, se pegaba a la piel y la volvía pegajosa. 

El Gallardo. Así se llamaba el navío que nos transportaba a nuestro nuevo hogar, aunque la incertidumbre era grande, y también un tanto insistente. ¿Acaso encontraríamos en Cartagena de Indias esa paz que nuestros detractores nos habían arrebatado allá en Norwich?

Un recuerdo del mar¡Lee esta historia GRATIS!