Narra Abril.

Miré a Frank que estaba parado en frente de mí, con unos tejanos y completamente despeinado. Al ver como se pasaba la mano derecha por el pelo para revolverlo, supuse que se había despeinado él solito a causa de la desesperación que parecía haberle causado mi repentino ataque de celos.

¿Alguien ha dicho celos...? Quería decir pelos. Claro, por eso está despeinado...

Había intentado resistir la tentación y no abrirle la puerta porque sabía que, una vez que estuviese cara a cara frente a él, las ganas de abrazarle iban a volver y no iban a permitirme seguir enfadada. Y yo tenía que estar enfadada. Porque no era justo.

No valía que consiguiese ponerme de buen humor sin esforzase siquiera.

— ¿Abril...? —vaciló—. Como no digas algo ahora mismo me da la sensación de que me va a dar un ataque.

Como sonrías te mato. Como sonrías te mato. Como sonrías te...

Voy a matarte.

— ¿Abril...? —repitió—. Oh.

Frank pareció sorprenderse cuando, sin dudarlo, me abalancé sobre él y lo rodeé con mis brazos. Correspondió mi abrazo algo cohibido, pero no le culpaba. Le había gritado desde el otro lado de la puerta que ojalá le atropellara un camión después de cerrarle esta en la cara. Era normal que estuviese asustado.

Eh, no estoy mal de la cabeza. De verdad.

—No es justo —me quejé en voz alta, sin separarme de él—. Tendría que odiarte.

—Ódiame —rio él.

La última silaba de la palabra que acababa de pronunciar se perdió en el aire cuando de pronto me puse de puntillas y junté sus labios con los míos. No supe si Frank se había sorprendido, asustado o qué narices había hecho; yo estaba demasiado ocupada pensando en que posiblemente acababa de ceder ante sus encantos una vez más.

Era la primera vez que yo iniciaba un beso entre los dos, y eso no pasó desapercibido para Frank quien, tras unos segundos en shock, reaccionó y puso sus manos en mi cintura como si temiese que en cualquier momento pudiese alejarme de él, empezar a gritarle y clavarle un tenedor en el ojo o algo por el estilo.

—No puedo —susurré, sin apartarme del todo de él. Antes de volver a besarle, agregué—: No quiero.

Oh. Por. Dios.

Qué bonito me había quedado eso. Y qué poético.

Un aplauso.

Sentí a Frank sonreír y, acto seguido, mi espalda chocó contra la puerta. Se había cerrado, lo que posiblemente significaba que iba a quedarme allí fuera hasta que alguien que tuviese llaves llegase para rescatarme. Pero no me importó. Mis manos pasaron a su cabello y enredé mis dedos en él, despeinándolo todavía más.

Me pregunté qué pasaría si a uno de los dos le entrasen ganas de estornudar ahora.

Ujj, qué asquito.

Entonces, noté un pinchazo en mi espalda y solté un quejido de dolor. Frank no pareció notarlo, pero yo tenía la sensación de que, como no me apartase, iba a tener ese trozo de metal clavado en la espalda hasta que pudiese pagar una operación para que me lo extrajeran.

—Ah —me quejé, intentando apartarlo—. El pomo, pedazo de idiota —lo aparté débilmente—. El pomo.

Maldito pomo matapasiones. Esto no pasaría si, como yo sugería, pudiésemos atravesar las paredes en vez de usar puertas.

Mi conquista tiene una lista. (SIN EDITAR)¡Lee esta historia GRATIS!