Solo de él.

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Le encantaba tocar el piano. Su padre había sido un excelente pianista que enamoro a su madre con una canción escrita especialmente para ella. Que más tarde con la prodigiosa voz que su madre le heredo formaría un dueto que hacía quedar a más de uno en shock por lo hermoso que era tanto la musica y el canto. Tenía el talento. Lo único que no tenía era una familiar que lo apoyara. Había quedado al cuidado de sus tíos. Los quería no podía negarlo. Pero no eran el apoyo que él buscaba. Necesitaba el apoyo de un padre y una madre. No de un par de hermanos gemelos que no se podían llevar bien por cinco minutos a menos que sea algo en lo que estén de acuerdo. A ellos era a los únicos que les tocaba el piano y les interpretaba alguna canción que a ellos dos les gustara. Sus padres murieron en un trágico accidente automovilístico, donde por desgracia su querida hermana también murió. El se salvo por razones inexplicables. Ya que según los doctores que lo atendieron aquel golpe y pequeña fractura en la columna debieron matarlo. O hasta dejarlo sin caminar. Pero su suerte era de lo más grande.
A veces pensaba que su alma le pertenecía a algún demonio. Hasta llegaba a pensar que sus padres llegaron a hacer un trato con el diablo. ¿Por que pensaba aquello? Por que toda su maldita había tenido suerte. El día que le cortaron la garganta y casi se desangra. Supo que era él ver tú vida pasar enfrente de tus ojos. Pero por suerte sobrevivió y sin ninguna secuela. O el día que estuvo seguro iba a morir al ser atropellado se recupero como si nada hubiera pasado. Era como si algo o alguien quisiera que siga vivo sólo para tocar el piano todos los días. Ya que a cierta hora del día podía escuchar una voz que le pedía mover sus dedos por las blancas teclas color marfil. El sentarse en el banquillo para acariciar con sus manos el piano de color negro. Y siempre era la misma canción. A sus tíos ya no se les hacia raro ya que todos los días a la misma hora tenía una cita con el bello piano que se encontraba en la sala.
Sus tíos se sentaban con él a escuchar las bellas notas y a deleitarse de la bella canción. No les aburría y parecía que nunca lo haría ya que con ella se veían a los ojos y se agarraban de las manos. Era como si la música les enseñara y les explicara el por que llevaban tanto tiempo viviendo en la misma casa.

Pero el estaba cada vez más convencido de que su alma ya estaba vendida al diablo. Había intentado tener una novia. Vaya suerte que tenía ya que la chica había terminado con él en una tarde lluviosa. La lluvia estaba imparable, primero había empezado con unas pequeñas gotas que poco a poco empezaban a ser una lluvia mas recia. Era un día algo triste para algunos, pero para él era el mejor día para escribirle a su novia una canción que el mismo interpretaría.
Hubiera sido hacia, si la chica no hubiera llegado a su casa tocando la puerta de manera poco respetuosa.
Él abrió encontrándose con algo que nunca pensó, la bella pelirroja que tenía como novia estaba llena de sangre, sus ojos reflejaban miedo, miedo puro, de ese tipo de miedo que sabes que se volverá en cualquier momento, tiritaba, pero no sabía si era por miedo, o por el frío que llegaba a calar hasta los huesos, frío que era provocado por la lluvia. La chica era regía ante sus ojos, no le faltaba nada y tampoco es como si notara alguna imperfección en ella. Pero todo lo que empieza bien tiene que terminar mal por algún motivo y eso lo descubriría en ese momento.

-L-Lo siento, pero lo n-nuestro no puede seguir- fue lo único que dijo la pelirroja antes de salir corriendo.

No lo entendía, había hecho de todo, le había regalado una canción, había gastado todo su salario, que por cierto era muy poco, que ganaba cantando y tocando por las noches en los bares de aquel pequeño pueblo, lo había gastado para comprarle aquel collar que tanto le había gustado.
Pero ahora llegaba y le decía aquello. El corazón se le partió en dos y como si el piano fuera lo único en lo que pudiera sacar su dolor, se dirigió hacía él, deslizo sus delgados, finos y blancos dedos por las bellas teclas, acaricio el blanco pulcro con algo casi parecido a devoción, cualquiera que lo viera diría que estaba enamorado de aquel piano. Tomo posición enfrente del piano, se sentó en el banquillo negro, acaricio de nuevo las teclas de un color blanco inmaculado. Observo el piano de madera de pino, posicionó los dedos y empezó a llenar la estancia de la casa con bella musica. Una canción que era su favorita, era de Mozart la llamada tristesse des anges, era musica bella y que dejaba notar sus sentimientos en ese momento.

Pero en otro lado el mismo diablo lo escuchaba, él le había regalado el don, lo había salvado ante los ruegos de su madre. Había hecho que hasta el día de hoy siguiera viviendo sólo para escucharlo tocar y cantar. Lo salvo para escucharlo interpretar tan bellas canciones. Ni el mismo Mozart podía superar su maestría a la hora de tocar. Y si habláramos de su belleza, nadie competiría con él chico. Era hermoso por donde sea que lo vieras, piel blanca, piernas torneadas y estilizadas, cintura estrecha como la de una mujer, ojos color miel y cabello castaño, casi de la misma tonalidad que la madera de un pino. Y que decir de su actitud. Era hermoso por todos lados. Ya se había desecho de la chica pelirroja que decía ser su novia, la zorra solo estaba con él por qué reconocía que el menor llegaría lejos con tal talento. La puta andaba con otro chico, no era tan lindo como él castaño, a su vista era un azabache demasiado amargado y con una actitud que madre mía daba ganas de degollar para no soportarlo más.

-Te amo, te adoro mi pequeño- era lo que siempre susurraba luego de deleitarse con el gran concierto que solo las paredes de aquella vieja casa y él escuchaban.

Algún día lo tomaría. Por mientras disfrutaría de todos los días a la misma hora el espectáculo que él chico le daba.
Él lo ama y no se da cuenta. Adora al castaño, el un demonio, el mismo rey del infierno, ama a un mocoso que siempre ha sido una alma más, un alma que se ha visto en vuelta en un trato algo engañoso con sus padres. Pero que feliz estaba por ser dueño del pequeño castaño.

-Gracias por el espectaculo- dijo el demonio rubio haciendo una reverencia-. Gracias por la bella interpretación pequeño Dipper.

El demonio solo vio al menor dar un respingón al sentir el gélido aire, tal vez no pudiera verlo pero sabia que entendía a la perfección la situación. Cipher solo se quito una vez más el sombrero para felicitarlo y retirarse. Después de todo al final del día y de la vida el pequeño pianista siempre sería de él.

El Pianista.¡Lee esta historia GRATIS!