El aprendizaje de Aidíth

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I

Aidíth

El nacimiento

A gran velocidad el carruaje de la reina Leriah se abría paso entre los curvados caminos que llegaban hasta la ciudad de Sheridad. Con lástima hacía dos jornadas que había recibido la noticia de la muerte de su querida amiga Neira al dar a luz.

Cuando llegó a la población la pena se respiraba por cada rincón. Por respeto a una mujer tan querida todos los vecinos habían parado sus responsabilidades para velarla.

Finalmente bajó del carruaje y seguida de su séquito caminó hacia la plaza. Allí vio a una gran multitud, apenas dejaban ver, pero poco a poco se fueron esparciendo al verla. Entonces vio a Neira; estaba tumbada sobre varios tablones, amontonados unos sobre otros hasta alcanzar una altura considerada. La mujer vestía un camisón blanco que le hacía parecer aún más pálida y sus cabellos rojos como el fuego lucían esparramados alrededor de su rostro.

Con la pena aguijoneando su corazón, Leriah caminó hacia Neira y entrelazó su mano con sus dedos fríos sin poder evitar que algunas lágrimas corrieran por las mejillas. Al instante sintió a alguien situarse a su derecha y tras limpiarse las lágrimas con el dorso de su mano, vio que su hermano Jeriah estaba allí y llevaba la antorcha que quemaría el cuerpo de Neira.

Tras unos segundos de espera, el hombre prendió la paja que rodeaba los tablones y al instante las llamas se tragaron el cuerpo. Entonces tomó la mano de su hermano y permanecieron juntos hasta que mucho más tarde, el cuerpo no era más que cenizas agitadas por el aire.

Mientras Jeriah permanecía impertérrito frente al hollín, Leriah prosiguió con sus responsabilidades como consorte, escuchando el consuelo del pueblo y sus palabras gentiles, aunque hubo un murmullo que captó su atención.

—¡Pobres niños, se han quedado huérfanos! ¿Qué será de ellos a partir de ahora?

Leriah vio a los críos a los que la mujer se refería. A uno de ellos lo reconoció de inmediato, Eyphah, de siete años e hijo de Neira. Estaba tomado de la mano de una mujer rolliza, quien cargaba en brazos un bebé de poco tiempo. Ella debía ser la niña que su amiga había dado a luz y se acercó a ellos.

—¡Mi señora! —saludó la mujer tras hacer la respectiva reverencia—. Siento mucho que nos veamos en tales circunstancias.

Leriah no dijo nada, un nudo en la garganta le impedía hablar. Su amiga se había ido y sus hijos estaban solos. Tras extender sus brazos, tomó entre ellos a la pequeña.

—¿Cómo se llama?

—No tiene nombre. Neira había perdido mucha sangre cuando nació, apenas pronunció palabra tras el parto. Intentamos hacer lo que pudimos, pero también debimos encargarnos de la niña... creí que también la perdíamos. ¡No respiraba! Pero esta pequeña luchó por su vida.

Leriah sonrió y la observó con detenimiento. Tenía los ojos de su madre, de un bonito avellana y aunque no había heredado el cabello rojo intenso de ella, ya apreciaba en su cabecita pelo anaranjado.

—¿Así que luchaste por tu vida? —preguntó mirando al bebé—. Desde tu nacimiento estás demostrando una gran fortaleza y has de tenerla... tu madre no estará contigo. A partir de ahora responderás al nombre de Aidíth.

—Mi señora, ¿qué va a pasar con ellos?

Leriah suspiró y se arrodilló frente al pequeño Eyphah. Había heredado los mismos ojos de su madre, de un claro avellana, pero no el cabello, que negro como alas de cuervo rodeado su rostro. La tristeza se reflejaba en su rostro, que a pesar de su corta edad, se esforzaba por mantener la compostura, propio de su rango: el duque de Sadira.

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