DÍA 4 - Capítulo 2

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La mañana se convirtió en mediodía y el mediodía en tarde. Y cuando la luz natural ya no le permitió leer, Anahí cerró el libro sobre sunigortes y fue a ducharse. No quería verse mal durante la cena.

Bajo el rocío del agua tibia y entre profundos bostezos, repasó lo apren­dido. Los sunigortes eran almas humanas, al igual que ella y los demás habitantes del purgatorio. Las máscaras metálicas y los distorsionado­res de voz tenían una doble función que servían al mismo propósito: la salvación de su alma.

Por un lado, las máscaras les impedían ver con claridad, dando el efecto de un negativo fotográfico con los colores invertidos. De esta forma apaciguaban el shock causado por matar a los criminales que capturaban.

Por el otro lado, las máscaras eran utilizadas para proteger su identi­dad, ya que si fuesen reconocidos en su tiempo libre, el peso de ser juzga­dos por la profesión que ejercían podría marchitar sus almas y condenarlos al infierno.

El resto del traje era mayormente decorativo. La base estaba consti­tuida por placas metálicas que los protegían de daño físico, recubiertas por gruesas capas de tela negra sobre la que llevaban un sobretodo li­viano que les llegaba a los talones. En un principio, Anahí creyó que eran robots o seres espirituales de algún tipo. Pero eran humanos. Sin embargo, no cualquiera podía enlistarse. La profesión era ejercida única­mente por militares y policías que llegaban al purgatorio, lo cual era común. Al parecer, realizar acciones violentas con un fin justo cau­saba la contradicción exacta para que las almas terminaran allí.

El líder era siempre un general del ejército argentino que llevase ya cierto tiempo en el purgatorio a la hora de elegir un nuevo jefe. Ese era un detalle importante.

Anahí suspiró y salió de la ducha. Se envolvió en un toallón blanco y se detuvo frente al espejo sin realmente observarse, tenía miedo de olvi­dar algún punto imprescindible o de decir una estupidez. Lo mejor sería intentar mantenerse callada. Se lo debía a Lucio. Solo esperaba poder contener sus pensamientos. Sospechaba que el general la haría enfadar.

La pelirroja se encontraba revolviendo las cajas con sus pertenencias en busca de un par de zapatos cuando notó luces acercándose por la ruta. Ya no tenía tiempo de alistarse, se pondría cualquier cosa que encon­trara. Al menos se había maquillado antes de salir del baño.

A las apuradas, se puso calzas negras y una camisa blanca larga y am­plia. Al no encontrar sus botas, se decidió por las chatitas con estam­pado de cebra que tenía a mano. Cepilló su cabello una vez más, termi­nando justo antes de oír golpes en la puerta de su habitación.

Anahí abrió inmediatamente, esperando encontrarse con Olga. En cam­bio, fue don Lucio quien le devolvió la sonrisa del otro lado del umbral. El hombre llevaba su largo cabello negro recogido, camuflán­dose con el chaleco oscuro que le cubría la espalda.

Por un momento, la pelirroja se sintió confundida al verse extremada­mente petisa junto a él. Luego comprendió que eso se debía a la falta de zapatos con taco. Le molestaba ser tan baja, pero nada podía hacer.

—Llegaron. Bajemos a recibirlos. Procurá no decir nada sobre El Refu­gio o sobre la noche en que te traje a mi hogar —dijo Lucio en tono amenazante.

—Lo sé —contestó Anahí—. Y creo que aprendí bastante con ese li­bro. Estoy lista.

—Perfecto.

Bajaron las escaleras velozmente y caminaron apresurados hasta la sala de estar. Allí permanecieron de pie, inertes cual estatuas, a la es­pera de sus invitados que se tomaban su tiempo en llegar.

Anahí infló sus cachetes con impaciencia y se meció de un lado al otro, gesto que Lucio reprobó con un disimulado codazo.

—No pongás cara de idiota —amenazó.

—Perdoná, pero esta es la única cara que tengo —respondió ella con una sonrisa.

Su conversación se vio interrumpida por el sonido de la puerta princi­pal abriéndose. Las voces del general y su esposa alcanzaron los oídos de Anahí como un susurro lejano. Le decían algo a Olga, pero no logró escuchar qué.

Desde el pasillo asomaron las siluetas de Soriarte y su mujer. El hom­bre era apenas un poco más alto que Anahí, delgado pero robusto. Llevaba el cabello al ras de su cabeza y el rostro perfectamente afeitado. Iba vestido de traje gris con zapatos negros.

Su mujer era levemente más alta que él y varios años mayor. Mien­tras que el general aparentaba rondar los cuarenta años, su esposa pare­cía llevarle dos décadas. Quizás era simplemente porque sus almas no envejecían. Tal vez tenían la misma edad, era imposible saberlo. La señora no era gorda, pero tenía algunos kilos de más que resaltaban por lo ajustado de su vestido negro. Llevaba su cabello rubio recogido en un rodete para poder lucir así los enormes aros de perlas que colgaban de sus orejas.

—Buenas noches, Lucio —saludó Soriarte, amablemente. Los ojos del general observaban a Anahí mientras su mano estrechaba la del dueño de la casa.

—Bienvenido, general. Lamento haberle cambiado los planes —se dis­culpó el anfitrión.

—¿Y quién es la dama que te acompaña esta noche? —preguntó la mu­jer con curiosidad.

Anahí abrió la boca, pero Lucio se adelantó a contestar.

—Les presento a Anahí —dijo con una sonrisa—. Acaba de llegar al purgatorio. La encontré recorriendo la ciudad y pensé en protegerla hasta el día del juicio. Después de todo, los recién llegados necesitan que alguien les explique la situación.

—Ya veo. Siempre andás haciendo caridad —dijo Soriarte entre ri­sas—. No te imaginás los rumores que andan dando vuelta por ahí. Ya escuché a varios conocidos diciendo haberte visto con una chica joven y hermosa con el cabello rojo.

—Sí, me imagino. Después de llevar tantos años acá es difícil que algo me sorprenda. Pero no hay nada que ocultar, ¿verdad?

Anahí no contestó. En su mente la palabra caridad seguía dándole vuel­tas. Le molestaba. Ella no era un perro abandonado al que acababan de rescatar. Era una persona, una profesional. ¿Cómo era posible que Lucio permitiese que hablaran así de ella? Suspiró. Se había prometido controlar su malhumor.

Un codazo la sacó de sus pensamientos.

—¿No es verdad que no hay nada que ocultar? —repitió Lucio.

—¿Eh? —La pelirroja no entendía de qué le hablaba—. No, supongo que no —contestó. Luego, agregó—. Perdón, estaba pensando en mi familia.

—No te disculpés, pimpollo —contestó la esposa de Soriarte con falsa cortesía—. Seguramente extrañás a tus padres. Debe ser traumá­tico morir tan joven. ¿Qué edad tenés? ¿Quince? —continuó con su interrogatorio.

Lucio sabía que aquella mujer era un manojo de chismes. Quería sa­ber más sobre Anahí. Tantos detalles como le fuese posible. Informa­ción que luego repartiría con sus amistades.

La pelirroja abrió la boca para contestar, luego la cerró nuevamente al notar que estaba a punto de soltar un insulto. Respiró hondo y respon­dió con cuidado.

—Tengo casi veintiséis años. Soy profesora de inglés con título univer­sitario —dijo intentando no sonar desafiante.

—¡A la gran flauta! Es que sos tan delgada y bajita que parecés más chica —contestó Josefina, la esposa de Soriarte.

Anahí cerró su mano derecha en un puño que escondió detrás de su espalda y no habló más. Lucio notó la tensión, así que invitó al matrimo­nio a pasar al comedor para poder disfrutar de la cena.

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