DÍA 4 - Capítulo 2

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Luego de la cena, Lucio y el general se marcharon para discutir quién sabe qué tema. Y Anahí quedó abandonada, a merced de Josefina Soriarte, en la sala de estar.

Se trataba de la habitación más grande del edificio, con dos sillones negros que descansaban sobre el piso de madera, separados por una mesa ratona de vidrio. La pared frente a los sillones poseía un televisor de gran tamaño que solía permanecer apagado. El techo de aquel recinto era más alto que en las demás habitaciones, lo que permitía colgar un candelabro antiguo que había sido adaptado para funcionar con electrici­dad. Era un espacio sencillo y, al mismo tiempo, ostentoso.

Anahí se apresuró a sentarse en el sillón individual, para evitar la cerca­nía física con Josefina, quien debió acomodarse en el sofá de mayor tamaño.

Los primeros diez minutos fueron tensos, silenciosos. Ambas mujeres evitaban mirar a la otra y esperaban que se rompiera el encanto que mantenía la calma. Anahí estaba cansada de responder preguntas sobre su vida privada. La mitad de sus contestaciones durante la cena habían sido imprecisas o inventadas. Y Josefina no toleraba que una joven recién llegada le pasara por encima, pero quería saber más. Necesitaba información para difundir entre las otras damas de clase alta.

—Disculpame, Anahí —comenzó a decir la mujer—, ¿podrías pedirle al servicio doméstico que me traiga un vaso de agua? —preguntó, intentando iniciar así la conversación.

—No sé cómo llamarlas —admitió la pelirroja. "Y si lo supiera, no lo haría. Arreglátelas sola, bruja". Pensó.

—Oh, bueno, no importa entonces. Gracias —dijo con amabilidad—. Asumo que la vida en el purgatorio debe ser muy distinta de lo que estabas acostumbrada, ¿o me equivoco?

—Más o menos.

—¿No te sentís sola en esta mansión? —hizo una pausa—; después de todo, estás alejada de la civilización y no conocés a nadie. Los días se te deben hacer más aburridos que chupar un clavo, si disculpás la vulgaridad de la expresión.

—Leo mucho —dijo Anahí. No quería ser descortés e ignorarla, pero tampoco alimentaría la conversación.

—Con esa pinta tuya seguro tenías un buen galán del otro lado, ¿o me equivoco? —insistió Josefina. Era la tercera vez que se metía en aquel terreno.

—Admiradores, quizá. Nada más —mintió Anahí.

—Ya veo. Supongo que eso es bueno. —La mujer sonrió—. Por lo que he oído, está de moda que las muchachas jóvenes se comporten como turras.

Silencio.

—¿Pensás quedarte acá? —agregó Josefina un tanto molesta al no recibir una contestación a su comentario anterior.

—No lo sé. Lo dudo.

—Es una lástima.

—¿Por qué? —Anahí sintió curiosidad. Aquella mujer tenía algo en mente.

—Porque sos una piba de buena pinta. Podrías hacer tu vida acá. —Clavó sus ojos en los de la pelirroja y sonrió antes de continuar hablando—.Te conseguís un buen soltero para casarte. —Le guiñó un ojo—. O un viudo, tal vez. —Volvió a sonreír—. Acá podrías tener la vida que te arrebataron.

—No me interesa. —Anahí se hizo la desentendida. Sinceramente no le interesaba la idea de casarse. Además, después de lo ocurrido con su ex, no quería saber nada con el sexo opuesto.

Sin embargo, había comprendido al instante las intenciones de Josefina Soriarte. Estaba necesitada de chismes y rumores. Seguramente ese era su pasatiempo. Enfadada, Anahí se sentó de costado, con sus piernas colgando por encima del apoyabrazos. Cerró los ojos.

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