Capítulo 2 (II)

93 11 0




—Anna, ¿No podemos?

—Ahora no. Si quieres otro día venimos para que conozcas el lugar, pero en estos momentos me importa más llegar a la casa.

Las dos se metieron a la tienda departamental y, mientras Anna buscaba un poco de ropa para ambas, Madison veía un par maletas. No pasó mucho para que la joven llegara con ellas. Tras darles el visto bueno, fueron a pagar la ropa y las maletas a la caja más cercana a la salida. Madison no estaba muy segura de que les alcanzara el dinero para comprar todo, sin embargo, al ver como Anna se llevaba la mano a la sien, la joven suspiró y dijo, en voz baja:

—Allá vamos de nuevo.

—Sé que no te gusta, pero no puedo hacer más. Deje lo que habíamos estado juntando, en Chihuahua—, susurró la mujer.

Cuando Anna bajo la mano, traía varios billetes en su poder. Se los dio a la cajera, que los revisó para terminar dándole el cambio a Anna. La mujer preguntó:

—Disculpe, ¿En dónde se encuentran los baños?

—A mano izquierda, justo al lado de la salida.

—Gracias.

La fémina tomó las bolsas con ropa, mientras que Madison agarró las maletas. Cuando las dos entraron al baño, Anna le dio una de las bolsas a la morocha y dijo:

—Cámbiate y guarda la demás ropa. Dóblala con cuidado.

Madison asintió y dejo una de las maletas con Anna, metiéndose a uno de los muchos cubículos. Cuando terminó, salió de este con la maleta en las manos y una sonrisa forzada. Al verla, Anna le dijo:

—Estas muy pálida. Creo que te hará bien el sol –, mientras hablaba la miró con detenimiento. La blusa blanca de manga corta le quedaba bien, pero los pantalones se le veían un poco flojos.

La mujer suspiró con resignación. La ropa siempre le quedaba holgada a la morocha, por culpa de su constitución. La chica era mucho más bajita que Anna, flacucha, de cabellos largos y tan negros como las alas de un cuervo; sus ojos grises miraban su reflejo con indiferencia, al tiempo que el cabello ondeaba libre al contacto con el aire acondicionado, ya que Madison solo traía puesta una diadema gris. Su piel se veía con un tono claro, enfermizo.

—Tengo frío –, dijo Madison, a lo cual Anna soltó una carcajada.

—No seas ridícula. Mejor permíteme y cuenta hasta diez.

Anna se metió al cubículo al que la joven había entrado. Esta contó fuerte y claro hasta el diez. Cuando terminó, Anna salió del cubículo ya cambiada y con la ropa guardada. Madison se cruzó de brazos:

—¿Cuándo me vas a enseñar a hacer eso?

—Cuando cumplas la mayoría de edad —. Anna era la más alta de las dos. De cabellos y ojos castaño claro, la chica sostenía esas hebras con una liga color beige. Sus ojos, grandes y expresivos, se veían mucho más amplios con las luces del baño.

Tras decir eso, Madison comenzó a lavarse la cara mientras que la mujer se peinaba el cabello con los dedos. Cuando consideraron que su aspecto había mejorado, se fueron del lugar.

Al salir de la tienda, Anna detuvo un taxi y, a petición de ella, las dejo a unas calles de donde se encontraba el "hogar" del que tanto hablaba la mujer:

—Ya sabes que hacer. Tú y yo somos madre e hija, nos cambiamos de casa, etc.

—Si lo sé.

—Y recuerda ser cortes con las personas, pero evita entablar amistades, ¿de acuerdo?

—Sí—, respondió la joven, bajando la cabeza.

Anna tomó la mano de Madison y, mientras las dos caminaban hacia la casa le iba diciendo:

—Sé que no te gusta estar apartada de las personas, pero créeme que es lo mejor; no podemos darnos el lujo de poner en peligro a gente inocente.

Madison había escuchado esas palabras tantas veces que solo volteó, y sin hacerle caso a Anna, contempló su entorno con curiosidad. Jamás había visto casas tan grandes como esas; estaba tan absorta que no se dio cuenta de que alguien la miraba desde el otro lado de la calle. Hasta después se percató de que la veían. Con disimulo, pronto descubrió que quien la observaba era un chico alto de cabello negro, el cual iba caminando junto con un grupo de muchachos. De repente, uno de ellos dio media vuelta y regreso sobre sus pasos, aunque eso apenas y lo notó.

Madison se sentía incomoda por la manera en que la veía, como si se estuviera burlando de su sorpresa, así que hizo lo primero que se le ocurrió.

Giró la cabeza y sin disimular miro al chico fijamente. Este parecía divertido por la reacción de la joven, sin embargo, después de un rato parpadeó varias veces mientras miraba a la morocha sin vergüenza. Madison se sorprendió, en vez de bajar la vista como lo hacían todas las personas, el chico siguió viéndola a los ojos, pero esta vez parecía confundido.

El muchacho dejó de caminar mientras seguía viéndola. En ese momento, Anna volteó a ver a la morocha y sin advertir nada, le dijo:

—Es esa calle. La de la esquina.

Anna jaló a Madison del brazo y esta apuró el paso, dirigiéndole una última mirada al extraño chico que seguía viéndola.

—Llegamos —. Anna tomó la mano de su acompañante, y tiró de ella hasta ubicarla en una calle llena de pintorescas casas.

El sitio presumía viviendas que iban desde diseños ingleses, con construcciones altas y de pasillos angostos, hasta casas modernas, de amplios techos y roof gardens.

Madison se hallaba tan entretenida viendo todo, que no noto cuando Anna se detuvo frente a una de ellas. El blanco portón bajo hacía un perfecto contraste con la pequeña vivienda color crema y marrón, de dos pisos. Un ventanal en la planta baja les dio la bienvenida, así como un balcón en el piso superior.

Cuando la mujer sacó el manojo de llaves y abrió el portón, Madison comprendió que aquel era el sitio en donde pasarían lo poco de tiempo que les quedaba en ese lugar.

—Creo que hice bien en haber llamado para que la arreglaran... Lo sabía, algo me decía que tendríamos que hacer una escala aquí, antes de volver.

Con dedos temblorosos, Anna dejo su maleta junto a la puerta y se dedicó a contemplar las flores que crecían junto al ventanal, así como el pequeño jardín que componía esa parte del terreno. Madison estornudó y la fémina salió de su ensoñación y fue a abrir la puerta.

Adentro, el aire estaba algo estancado y una capa de polvo e insectos muertos las saludo. Por fortuna, los muebles habían sido cubiertos por varias sabanas blancas. La morocha traía las maletas de ambas y, mientras las jalaba hacía el interior un quejido ahogado llamó su atención.

Anna se había quedado pasmada frente a una de las mesas altas que descansaban en la sala. En la mano traía una foto enmarcada y, desde donde estaba podía ver las lágrimas que corrían por sus mejillas, para morir en su cuello.

La joven no quería importunarla, pero la mujer tenía otros planes. Volteó a ver a Madison, y le hizo una seña con la cabeza para que se acercara. La muchacha obedeció, y cuál fue su sorpresa al mirar la foto.

En ella salía una Anna un poco más joven, e iba acompañada por un hombre de largos cabellos oscuros. Sus ojos avellana le sonreían a la cámara, y por los atuendos que llevaban ambos, la morocha estaba segura de que habían tomado aquella imagen hacía muchos años.

—¿Él es...? —, la pregunta de Madison fue contestada y completada por su acompañante.

—Sí... El es Luke. Tú hermano.




Roof garden - Jardín de techo



La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!