ACTO I: EL CLUB DE LOS SUICIDAS

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El atrapasueños, colgado sobre el alféizar de la única ventana de la habitación, se balancea de un lugar a otro. Sus extremidades acabadas en pluma se agitan por el fuerte viento que incurre al interior, y parece que vaya a caer en cualquier momento.

La ventana está abierta, tan abierta como podía estarlo un hueco de bala en la sien. Las gotas de lluvia entran al interior de la habitación y alcanzan el cuerpo del hombre que yace desnudo frente a la ventana. Observando la tormenta. Sujetando la pesada carga de un revólver en la mano derecha.

Los relámpagos rallan un cielo negro y sin estrellas, y los destellos de luz graban en la retina del hombre todo lo que existe al otro lado de la ventana. Nada. Pero de pronto él, aturdido, decide cerrarla. Siente nauseas, como si acabase de aterrizar tras un viaje astral y todas las células de su cuerpo perdiesen su cohesión. El suelo vibra y le pitan los oídos. Un chirrido perfora su mente, como una aguja, introduciéndose en los huecos de su cerebro.

Cae de rodillas inconsciente y todo a su alrededor desaparece. La oscuridad lo engulle y sus ojos se cierran... Y el demonio que le persigue se despide de él hasta el día siguiente.

>> Lo despiertan unos golpes en la puerta. Está aún en la habitación de algún hotel de Baltimore, y las paredes rojas a su alrededor parecen más asfixiantes de lo que realmente son. Los golpes en la puerta son cada vez más feroces, y él se levanta a tientas, pero al apoyarse sobre la mesa un vaso de cristal cae al suelo haciéndose añicos. Pedazos de cristal diminutos esparcidos por el suelo mojado.

De pronto los golpes en la puerta se vuelven estridentes, el hombre que aguarda en el pasillo ha escuchado el vaso romperse, y ahora que ha confirmado que hay alguien consciente en el interior decide hablar.

— El check-out fue a las once, señor Uku, si se fija en el reloj sobre la cama verá que ya han pasado cuarenta minutos de las once. Necesito que salga de inmediato, señor, o de lo contrario me veré obligado a llamar a la autoridad.

Es el guardallaves del Hotel Connery Hills, una edificación de los años 50 que aún se mantiene en pie, conservando gran parte de su espíritu pasado en este lugar tan atemporal y eterno. El hombrecillo, a juzgar por su voz, parece realmente molesto, y el hombre que se esconde en el interior de la habitación sabe a la perfección que Charlie, así es como se llama el guardallaves, no alertará a la Parca si no llega a ser estrictamente necesario.

— He escuchado algo romperse, señor Uku, espero que no sea el precioso jarrón que hay sobre la cómoda. ¡Lo pagará si lo ha roto, señor, se lo aseguro!

Antes de que Charlie pierda los nervios el señor Uku decide dar la cara y abalanzarse sobre la puerta. Esquiva algunos cristales, pero no todos, y el dolor recorre su cuerpo en forma de calambre en al menos tres ocasiones. Dos veces en el pie izquierdo. Una en el derecho. Abre la puerta esbozando su mejor sonrisa y se enfrenta al pequeño ser que hay al otro lado. Charlie le mira con sus diminutos ojos negros, sin apenas pestañear y con el brazo alzado en posición de continuar golpeando la puerta o el pecho del hombre que hay frente a él.

— Buenos días Charlie. Tengo una buena noticia para usted. El jarrón sigue intacto. Lo que se ha roto ha sido un vaso. — dice el señor Uku forzando su mejor sonrisa.

Su aspecto es el de un toro. Es grueso, de piel tatuada y mirada turbulenta. Es un hombre que da miedo, con cicatrices en el rostro y la nariz ligeramente torcida. Tiene un piercing en el septum y un ojo de cada color. Verde intenso el derecho. Azul marino el izquierdo. Es el huésped con aspecto más siniestro que ha pisado el Hotel Connery Hills jamás, y Charlie, el pequeño guardallaves, no puede evitar atemorizarse al verlo.

— Lamento molestarle, señor Uku. — dice Charlie con su voz aniñada y aguda. — Pero el reloj es el reloj. Nadie puede burlar el tiempo y usted hace cuarenta minutos que debería de haberse marchado. El camino está para seguirlo, ¿comprende? — le dice mientras entrelaza las manos en gesto de calma y serenidad.

EL HOGAR DE LA PARCA ¡Lee esta historia GRATIS!