15(Segunda parte) Centrémonos en hacer trizas el ego tamaño Bieber de Jay

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Los primeros acordes de la canción, que escuchaba tantas veces cuando era pequeña, me sorprenden, pero ni siquiera el «I'll Be» de Edwin McCain consigue distraerme. Soy perfectamente consciente de la cantidad de ojos que nos observan. Algunos son rostros amables y sonrientes que nos transmiten ánimos, pero otros, especialmente los de las admiradoras de mi acompañante, me miran con el entrecejo fruncido. La tensión es palpable; nadie habla, solo la voz del cantante que resuena a nuestro alrededor.

—Eh, no los mires. Mírame a mí, solo a mí, como en los ensayos —me susurra, y yo me descubro mirándolo fijamente a los ojos.

En serio, ¿cómo pueden ser tan azules?

Me tranquilizo, apoyo una mano en su hombro y entrelazo la otra con la suya. Llevamos días practicando, pero la tensión del primer momento nunca se supera. Tengo un cosquilleo en la piel, pequeñas descargas de electricidad recorriéndome los brazos, y siento como si me hubieran abrasado la cintura, justo donde descansa la mano que le queda libre.

La gente, sobre todo las mujeres del club de jardinería al que pertenece mi madre, parlotean a nuestro alrededor mientras nos balanceamos por toda la pista. Los bailes de salón no son la actividad más excitante del mundo, pero es una experiencia tan bonita que sé que he descubierto una nueva pasión. Todo es tan delicado, tan complejo y tan... romántico... No hay música atronadora ni movimientos de baile salvajes, solo dos personas moviéndonos al compás.

Me pongo colorada al pensar en otra actividad parecida.

—¿Lista para el paso estrella? —me susurra al oído, y tengo que contener el gemido que está a punto de escapárseme por la boca.

Digo que sí con la cabeza; estoy completamente aturdida. Cole nunca me había parecido el tipo de chico al que se le da bien algo tan sutil como bailar agarrados. Antes me lo imaginaba como alguien que no se avergüenza de restregarse contra el personal en la discoteca de turno. Siempre he sabido que se le daba bien bailar, e incluso la parte de mí que le tenía más pánico quería ser la chica que se deslizara con él por la pista de baile.

La música gana ritmo justo en el momento en que Cole me levanta del suelo por la cintura y giramos en una pirueta. Atrás queda el miedo a caerse que me ha preocupado durante tanto tiempo. Sonrío de oreja a oreja y la gente a nuestro alrededor comenta la jugada entusiasmada. Me olvido de los ojos que nos observan y me concentro en la persona que me sujeta en el aire. Me doy cuenta de que por primera vez en quince años, los años que hace que conozco a Cole, por fin confío en él. A pesar de que sea un cerdo narcisista.

Nuestro baile no ha acabado, pero la gente ya nos aplaude y nos vitorea. Reconozco la voz de Megan elevándose por encima de la multitud. Lo más probable es que se esté dejando los pulmones, y es que esto es su fantasía hecha realidad. Siempre ha querido vivir un momento así y, por su propio bien, espero que Alex sepa bailar tan bien como su mejor amigo.

Cole me baja al suelo y sus ojos no se apartan de los míos. Me quedo de piedra cuando me doy cuenta de que está tarareando la canción, lo cual duplica el efecto. Siento que se me doblan las rodillas y pienso en el ridículo que haría si me cayera de culo delante de toda esta gente. Cole se da cuenta y me pasa las manos por la cintura y yo respondo rodeándole el cuello con los brazos.

—¿Estás bien? —me pregunta con la frente apoyada contra la mía.

Cierro los ojos y trago saliva. Estos nervios, este tembleque, este deseo de que desaparezca todo el mundo y nos quedemos a solas, todo esto me resulta tan ajeno como irresistible. No soy tan tonta como para no darme cuenta del tipo de sentimientos que experimento. Me ha ocurrido con Jay desde que soy capaz de recordar, pero esto parece más... fuerte. Cole; de toda la gente que podía provocar este efecto en mí, tenía que ser Cole.

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