DÍA 3 - Capítulo 4

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—¿Por qué dibujaste huellitas en un papel? —preguntó Anahí.

Cuando había regresado al estudio, Lucio le entregó una hoja en la que acababa de dibujar. Allí se mostraban una serie de pisadas unidas por líneas punteadas.

—Son los ocho pasos básicos. Estudialos.

—Yo así no entiendo nada. Prefiero aprender practicando —se quejó ella.

Lucio suspiró, rendido ante la terquedad de su invitada.

—A la hora de bailar tango —comenzó a explicar en tono cansino—, hay pasos con nombres particulares, especiales y bastante complicados para un amateur. Sin embargo, existe también una forma sencilla y bá­sica que es la que se aprende primero. —Señaló el papel—. A esto se le llama "los ochos pasos del tango". Y es lo que vas a practicar esta no­che.

Lucio esperaba que Anahí lo dejara en paz una vez que aprendiera lo básico. Deseaba que se pasara las siguientes noches encerrada en su habitación, ensayando los pasos de la misma forma que él lo había he­cho tantas décadas atrás.

—Lo primero que tenés que aprender es a posicionarte —explicó Lu­cio. Luego, se acercó a la pelirroja, tomando su mano y guiándola al centro del estudio—. Juntamos tu mano derecha con mi izquierda y las sostenemos acá. —Acomodó sus brazos a la altura de su cuello—. Ahora, yo pongo mi otro brazo alrededor tuyo y vos ponés tu mano izquierda en mi hombro.

Anahí obedeció con cierta torpeza.

—A esto se le llama abrazo de tango —Lucio hizo una pausa—. O al menos así es como lo llamaba mi profesor. No sé si tendrá otro nombre.

La pelirroja sonrió. Había visto parejas bailando tango en el pasado. Y aunque ella nunca lo había intentado, le parecía una danza hermosa. Su abuela, Neli, siempre decía que había que bailar al menos un tango en la vida. Anahí estaba muerta, pero nunca era tarde para cumplir con aquella afirmación.

—Quiero que me mirés a los ojos mientras bailemos; no hacerlo es una falta de respeto —explicó Lucio.

—¿Y mis pies?

—Yo te voy a guiar. Por esta vez, confiá en mí —pidió él.

Anahí asintió.

Se quedaron así, inmóviles. Ambos poseían miradas poderosas, atrevi­das. Miradas que demostraban seguridad.

Sonreían, no por la situación en sí, sino por motivos egoístas. Lucio disfrutaba de tener el control de la situación y Anahí se regocijaba al conseguir que otra persona hiciera lo que ella quería.

Cuando la melodía cambió y un nuevo tango comenzó a sonar en el estéreo, don Lucio tomó la palabra.

—Pie izquierdo para adelante, pie derecho a la derecha, pie iz­quierdo para atrás, derecho para atrás, cruce...

Anahí tropezó y estalló en carcajadas.

—Soy una pelotuda —dijo, sentada en el piso—. Esto es más difícil de lo que parece. Además, con tacos me cuesta cruzar los pies.

Lucio extendió su brazo para ayudarla, riendo suavemente a modo de burla.

—Es normal. A mí también me costó al principio —hizo una pe­queña pausa, debatiendo consigo mismo sobre lo que diría a continua­ción—. Imagino que te habrás dado cuenta de que tengo una pierna que no funciona tan bien como debería —escogió las palabras con cuidado.

—Lo noté —contestó ella, poniéndose de pie.

—Ese detalle hace que me cueste bastante realizar los pasos más com­plejos.

—¿Qué te pasó? —pregunto Anahí con curiosidad.

—Nada importante. Un pequeño accidente montando a caballo cuando era joven. No me acuerdo de los detalles —mintió. Odiaba ha­blar del tema. Le avergonzaba tener que admitir sus propios delitos.

En realidad, recordaba a la perfección la noche en la que decidió ir con su primo a la casa de los Vázquez y robarles una yegua conocida como el equino más veloz de Buenos Aires. La escena atravesó su mente. La huida, los disparos y la caída. Había regresado a su casa dos semanas después, luego de haber caminado varios kilómetros con la pierna herida.

No, no le contaría esa anécdota a nadie.

En cambio, para evitar el tema, volvió a colocarse en posición de baile.

—Intentémoslo de nuevo —sugirió.

—Por ser la primera vez, ¿podríamos ir más despacio? Ya cuando me salga mejor lo podemos hacer a tiempo normal.

—Me parece justo —admitió Lucio antes de volver a comenzar con las instrucciones.


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Estos son los ocho pasos del tango, para que vean por qué la gente se tropieza jaja.

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