Capítulo 8.

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    Sonaba Paralyzed en el Ipod que Monty le había prestado y que ella había colocado encima de la mesilla de sus aposentos. Era tranquilizador escuchar algo de música después de todo lo que había ocurrido en apenas unas horas. En unas horas, había descubierto toda la verdad sobra la supuesta muerte de Lexa y había tenido apenas unos minutos para asimilarlo todo. En unas horas, había tenido que decidir con ayuda de Octavia si prestar Arkadia o no para el asilo de Lexa. Considerar esa posibilidad era algo que ninguna tenía en mente antes de llegar a Polis, pero entonces tenían claro que Arkadia era el único sitio al que Lexa podía acudir para esconderse porque si los demás terrestres descubrían que la Comandante seguía viva, la paz se vería rota. Lo que no sabían a ciencia cierta ambas Skaikru era cómo su pueblo se tomaría la vuelta de ésta y aun peor, el asilo en su propio campamento. Los Skaikru siempre tomaban decisiones a favor de lo que les convenía y si ninguno de ellos quería ver la paz perpetrada o ver como más de sus seres queridos morían delante de sus ojos, tendrían que aceptar lo que Wanheda iba a pedirles. 

     Su cabeza daba vueltas en torno a todo eso aunque la noche ya había caído sobre Polis. La lluvia creaba una melodía perfecta junto con la música, pero ni por esas conseguía alejar sus pensamientos. Una Lexa guerrera, luchando por su vida y por los suyos recorrían su cabeza en ese momento. Miles de escenas, situaciones y lugares que había pasado con ella la atravesaban por completo, recordando todo lo que la Ex Comandante había hecho por Clarke y por su pueblo. 

    Seguía cabreada con ella, era imposible no estarlo después de haberse dado cuenta de que había estado cuatro meses haciéndole creer que estaba muerta, sabiendo que estaba sufriendo. Por supuesto, también entendía su postura. Llegaba a entender que lo había hecho para ponerla a salvo. Pero en esos momentos, no veía nada más que su enfado hacía Lexa, estuviese o no justificado. 

     Hacia unas horas pensaba que estaría sola en Polis, que al no tener a la Ex Comandante cerca, su pecho estaría cerrado en un puño y ahora, que la tenía a unos metros de ella, en otra sala contigua, también estaba hecho un nudo. Realmente deseaba correr a abrazarla. Recuperar el tiempo perdido. Confesarle todo lo que la había echado de menos. Pero no podía. Aunque las intenciones de Lexa fuesen buenas y aunque estaba claro que la Ex Comandante tampoco lo había pasado nada bien durante esos cuatro meses, el perdón no estaba todavía listo para serle entregado. 

     - Clarke. 

    La rubia se giró en cuanto escuchó una suave y firme voz a sus espaldas. Se tensó durante unos segundos, pero cuando pudo diferenciar el cuerpo de Lexa acercándose entre la penumbra de sus aposentos, se relajó. Llevaba un camisón corto, negro, desgastado y que dejaba ver sus largas y desnudas piernas. Ciertamente la Ex Comandante era una chica atractiva, eso no podía negarlo nadie. Llevaba su pelo ligeramente ondulado colocado hacía un lado del cuello y en seguida, guardó una distancia entre ella y Clarke, respetando la cercanía entre ambas. 

    - ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? 

    - El cambio de turno de los guardias ha sido hace unos minutos. He aprovechado- le explicó con serenidad. - Siento haberte asustado. 

    Lexa alzó un poco la barbilla, mostrando su típico gesto diplomático con el fin de observar mejor a Clarke. Su rostro lucía cansado. Esperaba encontrársela dormida después del largo viaje, pero al parecer, la Ex Comandante no era la única con insomnio. Al parecer, Clarke también sufría de él.

     - Lo siento, Clarke- sus palabras sonaron tan sinceras y tan cargadas de sentimiento que en seguida se le clavaron a la rubia en el pecho. Negó con la cabeza y miró a Lexa de nuevo, con un gesto de reproche dibujado en sus ojos claros. 

    - Me hiciste creer que estabas muerta durante cuatro meses- su tono sonaba aun más firme que de costumbre. - ¿Acaso te importaban algo mis sentimientos, Lexa? 

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