Capítulo 17

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En una taberna, dos hombres fumaban y bebían cerveza apoyados en una barra. Otro hombre, borracho, dormía a pierna suelta sobre un taburete. El humo formaba una cortina insoportable.

Uno de los hombres tenía el pelo oscuro y largo, la piel reseca y tostada y un largo bigote que le llegaba a ambos lados de la barbilla. Era corpulento, atlético. Quizá por la vida en el campo o una alimentación rica en carbohidratos.

El otro, rubio, con los ojos verdes y oscuros, cargaba con una barriga que le tocaba casi las rodillas. El local olía a humedad y suciedad.

En una vieja televisión, una mujer presentaba un noticiario.

—¿Qué se te ha perdido allí? —dijo en ruso el tipo rubio, levantando su cerveza y encendiendo un cigarrillo.

—No estoy seguro... —dijo el hombre moreno —. Tengo una corazonada.

—¿Qué dice Anastasia? —preguntó el camarero.

—Desde cuándo importa eso... —contestó el hombre gordo.

Los hombres callaron cuando en la televisión apareció la figura de Komarnicki. Estaba más envejecido y entonces se había convertido en primer ministro. Después apareció Zofia, junto a otro joven y un niño de pelo oscuro. La joven se había convertido en una mujer, y era la esposa de un miembro de la antigua aristocracia polaca.

—Sube el volumen —dijo el hombre de bigote oscuro.

—Ese hijo de perra busca pelea con todos... —dijo el camarero —. Menuda familia de sanguinarios...

—Pavel, cóbrate —dijo el hombre de bigote —. Me tengo que marchar.

El hombre se despidió, salió de la taberna y caminó hasta el final de la calle.

Estaba atardeciendo y hacía calor. Se encontraba en un pueblo pequeño, de paisaje soviético y rótulos del socialismo. Al final de la carretera, el asfalto dejaba un camino de tierra que lo llevaba al interior del bosque.

Encendió un cigarrillo y caminó varios metros.

Diez años no fueron suficientes para olvidar todo lo sucedido. Aún recordaba la mañana que despertó, en una cama, apaleado y sin fuerzas, en la casa del viejo Igor, su amo.

Lo último que recordaría, la estación de París.

Aún podía escuchar la voz de su madre.

En un principio, no entendió nada de lo que sucedía cuando abrió los ojos.

Con el tiempo, aprendió ruso a marchas forzadas, haciendo horas y horas de trabajos forzados en la finca del bielorruso. Meses después, se dio cuenta de que no era el infierno tal y como pensaba, sino un pueblo del norte del país vecino, Bielorrusia.

Komarnicki se encargó de borrarlo por completo, otorgándole una nacionalidad diferente y un pasaporte con pocas posibilidades. No saldría de allí, no tenía dinero ni sabría cómo.

Poco después, el polaco ganó las elecciones y llegó al gobierno. Y así, durante dos legislaturas, llevando al país fuera de la Unión Europea y enemistándolo contra las naciones vecinas.

Por su parte, él nunca más sería León Sánchez.

Durante mucho tiempo, carecería de acceso a ningún tipo de comunicación, ni siquiera al correo ordinario. Todas las personas que lo conocieron, creyeron que León había muerto en un accidente de tráfico.

Aprendió a hablar y leer el idioma para dos años más tarde, casarse con Irina, la hija del tendero más rico del pueblo. Su matrimonio, bajo la cruz ortodoxa, trajo a Dasha y Dmitry. León pasó una temporada gozando de una vida mejor, lejos de lo que conocía él como bienestar. La muerte del viejo Valery, lo convirtió en el heredero principal de la familia. Con las ganancias de la tienda, no tendría que trabajar más y podría dedicarse a retomar su camino.

Sin cese, León guardaba su plan de venganza en un sobre.

Sentía que todos le habían traicionado, incluso Kasia, que no hizo nada por buscarlo. También sabía que el niño que entonces crecía en la nueva familia de Zofia, tenía su sangre.

Había pasado una década, pero para él, seguía pareciendo un ayer.

Una mañana, se dio cuenta de que no había más que hacer, lo había aprendido todo, y la teoría no servía de nada sin la puesta en escena. Estaba preparado para regresar.

Puede que León pecara al perdonarle la vida a la joven en la estación parisina, pero Komarnicki erró dejándolo con vida.

Sólo tenía un objetivo, que no era otro que acabar con sus propias manos con el clan familiar. No dejaría vivo a nadie. Primero las torturaría a ellas, delante de Komarnicki, arrancándoles la piel mientras estuvieran vivas. Después, le sacaría los ojos al primer ministro, dejándolo agonizar lentamente en su dolor.

Sabía que no era fácil, sino todo lo contrario, y que podía perder la vida, también, pero había invertido diez años de su vida para dicho evento.

De repente, bajo un árbol, el viejo teléfono móvil vibró. Miró la pantalla de color verde.

Era un mensaje.

Su contacto lo esperaba en la estación central de Varsovia. No había marcha atrás. El plan había comenzado. No se despediría de su familia, no dejaría notas o mensajes de voz.

Simplemente y sin vacilar, dio media vuelta y caminó en dirección a la vieja estación de tren.

León sonrió al sol.

Pronto dormiría tranquilo para siempre. 


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El Profesor: un thriller de acción y romance prohibidoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora