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¿Cuántos amigos tienes?

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La tarde caía ya, recuerdo la viveza de ese día. El cielo se nublaba dejando ver tímidamente nubes amenazantes, aun así decidí descansar en una banca solitaria, misma que tantas veces había observado con ganas de acompañarla en su soledad. Algunos niños jugaban al fútbol, los miré por un instante añorando los años en que mis mayores preocupaciones no pasaban de ir bien en la escuela y/o que suspendieran la transmisión de mi caricatura favorita. Sonreí un poco nostálgico, debía lucir bastante patético, allí cabizbajo, triste sin tener motivos reales, recordando cosas que nunca sucedieron y soñando con otras tantas que nunca sucederán.

-¿Puedo sentarme?- Preguntó cortésmente un anciano que en sus hombros seguro llevaba más de ocho décadas, asentí un poco desganado. El Señor de cabeza completamente blanca y semblante tranquilo se colocó a mi lado mío con un movimiento lento y armónico - Je… a esta edad descubres que es posible que te duelan todos los huesos - Casi en modo de queja expresó, yo me sentí incomodo, si decidí estar en ese paraje apartado era para hablar con mi alma e intentar encontrar respuestas a esas preguntas que se imbuían en mi corazón y no salían a flote - Tú perdóname amigo… Pero no me parece que un joven este tan deprimido… Deberías estar con tus amigos, disfrutando, ahora que tu cuerpo lo permite… - Sus palabras me hicieron cavilar y preguntarme ¿Realmente tengo amigos? Al parecer sin notarlo había pensado en voz alta, y no lo digo porque lo percibí, sino por la mirada inquisitiva y pícara de mi vetusto acompañante.

- Perdone… no noté que mis pensamientos se en escapaban… - Repuse un tanto apenado, el Señor por su parte miró las nubes que se acercaban y se dispuso a hablar.

- Alguna vez… muchos años atrás, leí una historia, cuando aún no necesitaba estos - Expresó en tono chistoso mientras se quitaba los anteojos de gran calibre que llevaba puesto - En esta historia un hombre le realizaba una serie de preguntas a un estimado colega que tenía la misma interrogante que usted me presenta hijo... - Me intrigó saber que era aquello que este anciano guardaba.

- Lo escucho, quizás podremos llegar a una conclusión después de responder esas preguntas - Le dije con la mirada perdida en las hojas moribundas de un árbol víctima de las plagas.

- Si justo hoy quisieras salir ¿En cuántas personas pensarías y cuáles de estas crees que te darían una respuesta positiva? - No tuve que pensar mucho para responderle.

- Creo que eso es muy sencillo… unas 12 personas, tal vez más - Repuse en un tono quizás confiado.

- ¿Chico popular? - Sonrió el anciano - Ahora bien, de esas 12 personas… ¿Con cuantas has compartido tus miedos, sueños y tristezas? ¿Quiénes  realmente te conocen? ¿En cuántos puedes confiar? - Su pregunta me estremeció, la confianza era algo que había perdido con el transcurrir de mi vida, comencé a descartar mentalmente a aquellos con los que simplemente compartía aficiones y rara vez hablábamos de temas serios y profundos, también saqué de mis lista a esos que nunca me había dedicado tiempo a conocer sus verdaderos sueños. El número se reducía y me frustraba que el principal factor de eliminación era por el motivo de que pocos conocían lo que realmente era, lo que amaba hacer, mis sueños. Me deprimí por momentos, solo conocía 3 personas que contaban con las características expresadas por el anciano.

- No más de tres…- Respondí mordiéndome el labio inferior y volviendo la vista hasta el hombre, él por su parte no apartaba sus ojos cansado y de un color miel de los nubarrones que ya estaban más cerca.

- No está mal… - Volteo su mirada hacia mí y me sorprendió con una vasta sonrisa - Si te ocurriera algo y murieras… ¿Cuántos de esos tres se harían cargo de ayudar a tú familia? ¿Cuántos guardarían un luto sincero? ¿Cuántos te recordarían cada día y te echarían de menos? ¿Acaso uno tan solo sería capaz de interrumpir el curso normal de su vida para hacerse cargo de aquello que tu no pudiste culminar?  - En un acto  de compasión acerco su mano fuerte a mi hombro y se levantó sin despedirse, ya casi cuando lo perdía de vista en la esquina se dio vuelta y dijo algo, aunque estaba demasiado lejos pude leer sus labio, sonreí.

La lluvia cayó, los niños ya no jugaban fútbol. El árbol moribundo seguía luchando por no caer ante el hades mientras sus ramas se mecían ante la brisa que acompañaba al aguacero. Yo caminaba sorteando charcos grandes,  pensando en mi familia y lo triste que sería si no contara con ellos. Solo necesitaba dormir y asimilar las palabras que el anciano me regalo como consuelo “Lo bueno de la soledad es que no se extraña ni se nos extraña”.

Ahora te pregunto ¿Cuántos amigos tienes? 

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