"Meritriz"

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(Florencia, 1433)

El comandant, abría los ojos... aun quedaban restos en el cuello de aquella mujer de aquel narcótico negro y dulce. Su esencia tan peculiar de difícil olvido le había hecho recordar un encuentro con el pasado.....

En Roma, los gladiadores del "Circus Maximus" le llamaban "Ilusinium", conocido por las familias romanas de alta alcurnia como "La sangre de Hera", una droga que se utilizaba para establecer una conexión completa con el dios de la prosperidad y la fuerza, un ritual pagano donde un mastodonte o toro era sacrificado para honrar a "Mitra" y proporcionar protección al soldado antes de entrar en combate...

Un alucinógeno implacable y mortal en altas dosis, la ingesta de 5mml sin diluir, el sujeto llegaba a percibir una realidad fuera de contexto, dado por que el celebro perdía toda su sustancia blanca en cuestiones de segundos, comprimiendo y exprimiendo todo el sistema nervioso del rostro. El resultado final era una cara fantasmagórica; sin ojos, por que los globos oculares habían sido absorbidos para dentro, el narcótico creado por las esporas de un tipo de hongo que se reproducía en las entrañas de las cuevas mas húmedas, reducía la masa cerebral hasta un punto que los nervios de la boca se rompían, dejando una mandibula suelta y desencajada. En dosis diluidas en vino tibio, provocaba valor y una cierta negación al miedo, comportándose como un autentico sádico, en un depredador sediento de sangre.

La droga, no podía acabar con el. Sin embargo la tortura hizo que maldecirá, durante mucho tiempo, su suerte de no poder morir. Cuando una victima recibe esa dosis letal, tan solo percibe unos instantes en forma de experiencia, ilusiones e imágenes que perdura durante todo el proceso, sin experimentar lo que le ocurre al cuerpo cuando ese alucinógeno contamina el celebro.

Sir Robert, reconocía aquellos síntomas y sus secuelas. Es algo que no se puede olvidar tan fácilmente: dolores de cabeza, alimentarse durante semanas mediante jugos de frutas y papillas de verduras es algo que es preferible olvidar. Intentar comer con una venda en la mandíbula, como si te hubiesen extirpado todas las muelas en una sola noche hace que llegues a despreciar la comida. También tubo que aprender a vivir durante unos años, como un miserable y lisiado, un tullido de la vista que había perdido toda habilidad para defenderse de lo que era incapaz de ver. Su medico, un pastor cerca de Jerusalén, al ver a sir Robert en el fondo del barranco sin ojos y con las extremidades rotas creyó que fue una victima mas de esos bandidos de las arenas del desierto. Su medico le llevo a su casa, un campamento berebere cercano a las murallas de Jerusalén, donde el comandant aprendió a percibir todas las cosas con la ayuda del olfato, oído y el tacto....

En aquel instante, una guardia de 50 hombres se aproximó a la Piazza. Sir Robert, no descuido ni un solo instante, antes que llegase aquel grupo de soldados para llevarse el cuerpo, se apresuró a analizar al joven que se encontraba a tres metros de distancia de donde estaba la doncella.

Monpellier, no podía comprenderlo, como aquel catalán, podia explorar el cuerpo de fallecido con una facilidad y sin importar el hedor que se sentía incluso desde allí, como un perro husmeando en los restos y desechos de la carnicería del mercado. Sin embargo, aquel sicario se merecía una reverencia ante su incuestionable valor.

Sir Robert, no poseía conocimientos de medicina. Reconocía el cuerpo por las experiencias vividas tras largos años de aprendizaje. Su maestro, el hábito constante de la vida y sus entresijos, le permitió nutrirse de un saber muy curioso y especial; "el talento del necio" que nada sabe y que aprende al observar y almacena en su mente esos pequeños recuerdos como los legajos y notas de un verdadero estudiante. El cuerpo y su tremenda herida pectoral le recordaba a un hecho en Tebas, un esclavo en particular que había sufrido un accidente en la vía publica por parte de una carrera de cuadrigas. La rueda mal encajada al eje del carro, había salido propulsada hacia una de las esquinas de las casas de adobe de la ciudad egipcia, rebotando con tanta mala suerte, que las astillas de media rueda fueron a parar al pecho de la victima. El esclavo del sacerdote del templo de Osiris, debió ser muy importante, ya que paso varios meses en cama con imposición de gasas impregnadas de ungüentos muy caros. Lo sorprendente de todo, es que las heridas fueron devorando parte de la piel, aquellas llagas se hicieron tan grandes que el cuerpo había creado una fina capa que permitía contemplar los órganos vitales de aquel pobre hombre: el corazón palpitaba maravillosamente junto con unos pulmones que se inflaban al respirar. Aquello era horrendo y a la vez hermoso, ya que se contemplaba la vida en estado puro.

La Reina de la LluviaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora