Capítulo XV

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El asesinato

Ya eran nueve y media cuando William se detuvo una vez que dejamos atrás Amecameca. Se me ocurrió que íbamos a Veracruz, pero ni idea de cuál era nuestro destino final.
—Necesitamos gasolina y yo estoy que ladro de hambre. ¿Qué hacemos?

Me bajaron del auto. Serpiente me cargó hasta una zona oscura y William se quedó conmigo mientras el gran hombre iba a conseguir lo que necesitábamos. No tardo casi nada. Regresó en poco más o menos veinte minutos con el tanque lleno y una bolsa llena de cosas. Cuando fue evidente que no pensaban darme. Les pedí, pero Will se negó.
—No tiene caso que comas. Créeme.
Las lágrimas me bañaron los ojos. Estaba hambriento, sediento, agotado. Más asustado que nunca en la vida. Incluso más que cuando se fue Josué o cuando el grandote me dijo que me durmiera sobre los bichos esa noche de la tormenta.
Aquellas experiencias fueron aterradoras. Pero siempre había esperanza. Atado como estaba en el asiento trasero me sentía totalmente desamparado.

Poco recuerdo de las siguientes horas. Ellos no hablaban conmigo y a mí no se me ocurría abrir de nuevo la boca tras la amenaza de que a la siguiente palabra me tocaría viajar en la cajuela, envuelto en cinta gris de los pies a la cabeza.

¡Me sentía tan cobarde! No quería morir y no quería ser torturado. Supongo que en algún momento el agotamiento me venció, pues el siguiente sonido fueron las puertas abriéndose.

Mantuve los ojos cerrados y el cuerpo laxo mientras me arrastraban por un suelo demasiado suave. Abrí los ojos y descubrí al mismo tiempo que el mar estaba frente a mí y el rio a mi derecha. Sólo hay un lugar donde eso ocurre, al menos que yo conozco. Estábamos en Tecolutla, Veracruz. Muy cerca del sitio donde nací.

Prefiero decir que ahí nací porque fue donde mi madre me registró, pero en realidad nací a una hora al sur, a dos kilómetros de Martínez de la Torre. Es un pueblo tan chiquito que ni nombre tiene. Pero pues casi nadie sabe dónde está Martínez de la Torre. No falta el metido que me dice... "¿Y eso donde es?" . En cambio todo mundo ubica Tecolutla de inmediato y me ahorro quince minutos de charla superflua.
¡Que irónico que el rio que me vio nacer iba a verme morir!

—¿Por qué van a matarme? ¿Qué les hice? —pregunté cuando supe lo que me esperaba. Ellos me estaban arrastrando al rio. Recé porque los caimanes vinieran, los tiburones, la policía aunque sea, pero los tiburones se quedan en el agua salada y los caimanes nunca bajan tanto.
Los policías brillaban por su ausencia.
— ¡Vamos Fer! ¡No lo hagas más difícil! Casi terminamos.
La determinación de ambos tipos era pasmosa. ¿Cómo podían asesinar a un hombre así, a sangre fría? No un desconocido. Un amigo. Porque eso era lo que habíamos llegado a ser. ¿No? Al menos, yo así los considere. 

El agua de Veracruz nunca es totalmente fría, a menos que llegue Norte.
Esa noche, cercana la medianoche, el viento traía la brisa nocturna a mí y el agua era cálida.
Era un bello sitio para morir y si tan sólo no deseara tan desesperadamente vivir, me habría sentido agradecido por tanta belleza. La noche cuajada de estrellas, la luna alta, brillante y muy blanca. Las nubes se quedaron atrás, como el resto de mi vida, como mis sueños, como mis amores. Mientras me ponían de rodillas, recordé a mi madre y el corazón me dolió porque no tuve la oportunidad de despedirme de ella. ¿Y Josué? ¡Que dolor más grande recordar su espalda alejándose para siempre! No pude despedirme de ninguno de los dos.
—No luches, ¿entiendes? Acepta lo que viene y será mejor para ti —dijo Serpiente, como si le preocupara mi sufrimiento. ¡Bastardo desalmado!
Atados tobillos y manos detrás de la espalda y varias vueltas de cinta alrededor de mis brazos nada más podía hacer. Los dos malditos me sumergieron en el agua.


¡No me entregué a la muerte! ¡Luché y di pelea por mi vida! ¡Retorciéndome todo lo que pude durante lo que me pareció muchísimo tiempo! La desesperación fue terrible, así como la brutal necesidad de respirar, empecé a ver colores que después se fueron desvaneciendo, ardían mis pulmones, gritaba y muchas burbujas salían de mi boca, tragaba agua y la nariz me dolía tanto, todo era agua a mi alrededor, la angustia crecía y crecía y mientras más grande era más débil ponía.

Hasta que poco a poco, todo oscureció.





Sentí mucho dolor. Me atragantaba y me dolía la garganta y el pecho. Me giré hacia mi derecha y vomité una gran cantidad de agua. ¡Qué cosa más atroz!

¡Nunca más quiero ahogarme!
Pasó mucho tiempo antes de que pudiera abrir los ojos. Lo primero que vi fueron a esos dos bastardos, con cara de preocupación, mirándome.
Will me tomaba el pulso y finalmente cuando me escucharon maldecirlos en un susurro, se dejaron caer sobre la arena, al parecer aliviados.
Yo no podía hablar. Los hubiera insultado hasta ocho generaciones atrás, a gritos. Con trabajo podía respirar. ¡Que feo se siente ahogarse! En verdad que no se lo recomiendo a nadie.

—¿En que la cagamos pendejo? —dijo Will, levantándose y dando grandes pasos, de aquí para allá como pantera enjaulada—. Hicimos todo bien. ¿Por qué no funcionó?
Serpiente se veía como si estuviera asustado. Eso me dio gusto. Lo que sea que les salió mal, me alegraba la post-muerte.

—No lo entiendo. Heeka dijo que era todo lo que teníamos que hacer y no funcionó.

Con más oxígeno en el cerebro, hubiera tenido más pistas de lo que esos idiotas querían. Pero no. Ni siquiera me lo pregunté. Creo que tenían razón. Era muy pendejo en esa época.


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