Capítulo XIII

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Carretera

El sol caía a plomo sobre la autopista castigando implacable a los valientes automovilistas que decidieron cruzar el Estado justo en ese momento. Es decir, nosotros.

Ráfagas de viento seco se colaban por las ventanillas abiertas, tan calientes que me abrasaban el rostro y resecaban mis labios hasta cuartearlos. Por supuesto que las ventanillas cerradas no eran opción, habríamos muerto deshidratados. Yo sentía la garganta tan seca que ni siquiera podía hablar

Eran casi las tres y media de la tarde y se acercaba el fin de nuestro viaje.

Llevábamos poco más de diecisiete horas conduciendo a turnos. Yo había mal dormido en el asiento trasero mientras William iba de copiloto y Serpiente conducía.

¡Juro que es el apodo más raro que a nadie le hayan puesto! No tenía nada que ver con su personalidad. Yo nunca le pregunté ni a él ni a Will por qué le decían así.

Era el tipo más serio que conocí nunca. Su semblante daba miedo.

Mis dos improvisados compañeros de aventuras se turnaron para conducir durante la noche. Después, poco antes de las siete de la mañana, nos detuvimos en una gasolinera a las afueras de Zapotitlán para comprar café y un burrito de bolsita, que seguramente es la peor cosa que se puede comer en la mañana. A partir de ese momento conduje yo mientras William iba al asiento trasero y comenzaba a roncar. Serpiente se quedó como copiloto con los ojos cerrados, pero no parecía dormido.

En silencio hice las ocho horas y media que faltaban y estaba agotado, no tanto por la carretera sino por las últimas semanas que habían sido muy difíciles para mí.
Fue una terrible e interminable prueba de fortaleza. Menos mal que pronto estaría de regreso —pensé— a la vida aburrida que tenía antes y que ahora me parecía sublime.

Mis días habían sido en extremo ordinarios durante años; trabajar, dormir, comer y pagar las cuentas. Ese tipo de existencia que tenemos millones y que los que no la tienen dicen que es una bendición. Pero que nosotros, en el fondo, odiamos.

Mientras conducía en silencio, pensaba en eso y en Josué. Él era la única ilusión que había tenido en los tres años que llevaba trabajando en la empresa de su padre. Fue mi amor platónico por casi un año hasta que finalmente reparó en mí.

Mientras conducía, pensaba con que ilusión habíamos comenzado ese romántico fin de semana en la costa del desierto de Sonora que terminó en una pesadilla. No tenía idea si Josué me estaba buscando o si había logrado salir con vida de ese infierno.

Las circunstancias más inusuales me atraparon... las circunstancias y el hombretón que dormitaba a mi derecha, mientras hacíamos camino por la sinuosa carretera donde poco a poco comenzaban a aparecer vestigios de civilización. Veinte o treinta minutos más y estaríamos en la ciudad.

Podría llamar a mi madre.

Si alguien me lo hubiera dicho que se podían pasar semanas recorriendo grandes extensiones de terreno en mi país sin encontrar un solo maldito teléfono que funcione o alguna persona que tenga internet, teléfono móvil o computadora no le hubiera creído.

¡Vaya! Aunque sea un fax hubiera sido muy muy apreciado.

Por fin la travesía llegaba a su fin. Estábamos entrando a Guadalajara.

Me urgía un baño, cambiarme la camisa arrugada que se me pegaba en la espalda por el sudor. Quería orinar, quería comer algo que no saliera de una bolsa de plástico y sobre todo quería dormir en posición horizontal en una civilizada cama que tuviera sábanas limpias, almohada y mantas.

Ba ' Wa¡Lee esta historia GRATIS!