―CAPITULO 2: CAMBIO DE PERSPECTIVA

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―Cariño, ¿Qué estás haciendo? ―La señora Shindo entró a la habitación de su pequeño con el fin de llevarse el cesto que tenía la ropa sucia para lavarla, se encontró a Mikaela sentado en el borde de su cama con una venta cubriéndole los ojos. El niño no se movía, estaba curiosamente quieto.

―Quiero saber cómo se siente Yuu-chan― Respondió aun sin moverse del lugar.

―Ya veo, ¿y que descubriste? ―Levantó el cesto y se lo acomodó en la cadera mientras regresaba sus pasos para salir y continuar con los labores domésticos.
Mikaela tardó en responderle a su madre, pasaron varios segundos sin que el niño se moviera ni produjera sonido hasta que su propio suspiro rompió el silencio.

―Que tengo miedo.

No era como jugar a las escondidas, o a la gallinita ciega. Mika se había prohibido levantarse la venda de los ojos hasta que dieran las cuatro de la tarde, hora acordada con su vecino para salir a jugar. Pero el pequeño rubio no sabía a qué podían jugar; en la escuela mientras le preguntaba al azabache, se dio cuenta de que algunas de sus palabras lo ponían incómodo. Mika no quería hacer sentir mal a Yuu-chan, quería ayudarlo, quería ser su amigo y quería jugar con él.

Tuvo la brillante idea de que, si se privaba de la vista, se le ocurriría algo por hacer. Pero el pequeño no contaba con el miedo que venía perder un sentido.
Tenía miedo de bajar de la cama, de moverse, de caminar; cosas tan sencillas que no le costaban a diario, ahora eran difíciles de hacer.
Se imaginó yendo a la escuela con la venda en sus ojos y aquello le aterró aún más. Su madre siempre le decía que mirara a los lados antes de cruzar la calle, ¿Qué hacía si no podía ver? ¿Un auto lo apachurraría? ¿Qué pasaba con los libros de colorear? No podría pintar si no veía los colores.
Bajó de un brinco de la cama después de reunir valentía.

«Yuu-chan sale de su casa, yo también puedo»

A penas dio tres pasos, el niño tropezó con un par de carritos y se estrelló contra su armario directamente de frente.

―¡Mika! ― La señora Shindo soltó el cesto y se acercó para cargar a su hijo y llevarlo de nuevo a la cama. Ella fue quien le desató la venda para que pudiera verla y le acarició la cabellera rubia.

Nunca sintió otra sensación de alivio como esa al volver a ver los colores, a su mamá, su habitación, el suelo y el techo. 

―Es que... no sé qué hacer con Yuu-chan, mami― La frustración para el niño se acumuló en lágrimas que llenaron sus ojos azules. En serio no sabía, y el no saber lo desesperaba. Con sus amigos del kínder había podido jugar a los carritos, podía ver películas, podía enlodarse y jugar a las atrapadas. 

―Cariño, Yuu no es muy distinto a los demás. Puedes jugar con él a lo que quieras, solo tendrás que esforzarte por ser sus ojos. No porque no pueda ver significa que no puede hacer cosas comunes... es difícil para él, y no me imagino el esfuerzo que deben hacer sus papás y su hermano, pero lo quieren mucho y quieren que él sea feliz. ¿Tú quieres que él lo sea?

El puñito de Mika se restregó en sus ojos y sorbió su nariz mientras asentía. La señora Shindo le sonrió con cariño.

―¿Por qué no le lees un cuento?

La atención de dos obres azules le fue dirigida y como respuesta, la mujer se levantó para tomar de la mesita del pequeño un libro. Era pequeño, ligero y con una bonita portada blanca mostrando a un personaje rubio y a varias estrellas.

―Este te gusta mucho, seguro que a Yuu...chan también le agrada― El rubio tomó entre sus manos el libro de El Principito y lo abrazó contra su cuerpo. A sus cortos seis años de edad, el niño podía presumir lo bien que se le daba leer. Mika no tenía problemas en aprender las cosas nuevas a su alrededor, su curiosidad lo convertía en una esponja que absorbía cada nueva noticia.

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