DÍA 3 - Capítulo 2

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La luna se escondió detrás de nubes aquella noche. A través de la ven­tana solo se apreciaba un mar de oscuridad sin límites ni fronteras. Los grillos cantaban a coro al ritmo del viejo reloj que colgaba sobre la chimenea del estudio.

Recién había pasado la medianoche y los ojos de Anahí ya comenza­ban a cerrarse. Don Lucio le había permitido pasar la noche en vela mientras él escribía en el estudio. Pero ella ya no tenía más ganas de leer, y sin una computadora con la cual entretenerse, el sueño comen­zaba a apoderarse de su cuerpo.

A Anahí se le habían acabado las excusas para conversar. Preguntó sobre el clima, sobre la ciudad y otras nimiedades. Temía inmiscuirse en temáticas que pusieran a Lucio de malhumor, aunque en el fondo, la curiosidad iba en aumento. La pelirroja se preguntaba cómo había muerto su anfitrión, cuántos años llevaba en el purgatorio, quién había construido El Refugio, cómo era su esposa y por qué murió, entre otros tantos temas que era mejor no mencionar. Confiaba en que Lucio le contaría sus secretos tarde o temprano, quizá sin querer, capaz en me­dio de una conversación casual.

—¿Qué decía tu fortuna? —preguntó ella de repente, al recordar las galletas que les habían entregado después de cenar.

—Que siempre hay luz en la oscuridad —contestó Lucio sin darle im­portancia al tema—. ¿Y la tuya?

—Que llevaré felicidad a quienes se crucen en mi camino —hizo una pausa—. ¿Sos feliz?

—No —respondió él, poniéndole fin a la conversación.

—¿Tenés música? —preguntó Anahí entre bostezos, un par de minu­tos después—. El silencio me aburre.

—Seguro —contestó Lucio sin siquiera mirarla—. Dame un minuto para terminar el párrafo.

No le agradaba ser interrumpido cuando escribía sus memorias, pero a decir verdad, no sabía muy bien qué redactar aquella noche. Había pasado las últimas horas buscando las palabras adecuadas para describir su primer hogar en el purgatorio, una vieja casa chorizo que encontró abandonada y en la que se instaló sin pedir permiso. Los recuerdos eran borrosos, por lo que le resultaba casi imposible escribir con fidelidad.

Colocó el punto final al párrafo y deslizó el manuscrito dentro de un cajón. Cambiaría de tema. Buscaría algún otro hecho que redactar luego de encender el estéreo.

Se puso de pie y caminó hacia una de las estanterías cuya mitad infe­rior mantenía cerrada con pequeñas puertas de madera. Dentro, guar­daba todo tipo de elementos que rara vez utilizaba. Tenía un viejo estéreo incapaz de leer CDs, una caja de habanos y fósfo­ros para encenderlos, varias resmas de papel, lapiceras comunes, plumas y tinta.

Se agachó, tomó el estéreo y dos casetes que llevó a su escritorio. Desen­roscó el cable del aparato y lo enchufó junto a la chimenea.

Cuando las preparaciones estuvieron listas, la música invadió el estu­dio.

—¿Tango? —preguntó Anahí, sorprendida.

—¿No te gusta?

—Me recuerda a mi abuela —contestó—. Pero es mejor que el silen­cio.

—Asumo que ya no está de moda.

—Para nada. —La pelirroja rio.

—A mí me gusta —admitió Lucio mientras tomaba una hoja en blanco y la colocaba sobre el escritorio. Al sentarse, le daba la espalda a Anahí y eso le ayudaba a concentrarse. Sentía que de esa forma era capaz de construir una barrera invisible entre ellos.

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