DÍA 3 - Capítulo 2

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—¿Qué te gustaría cenar? —preguntó Lucio, sin voltearse para mirar a Anahí.

La subasta había terminado a media tarde, pero ellos permanecieron en la casona hasta el ocaso, revisando estanterías y escogiendo libros.

Durante el evento, don Lucio logró el precio más alto en doce ejempla­res. En los únicos doce que le interesaban. Cuando él alzaba su mano para ofrecer una suma ridículamente alta, el resto de los participan­tes se quedaba mudo y le dejaba ganar. No se atrevían a compe­tir con él. Le temían. Se notaba en el modo en que lo trataban, cómo intentaban o evitarlo o complacerlo, dependiendo de la persona.

—¿Comida china? —sugirió Anahí—. ¿Existe un barrio chino en Ar­gentina? Porque en Buenos Aires hay uno y siempre quise ir a comer algo ahí.

—Sí, aunque no lo conozco. En general, no soy de ir a esos lugares. Pero si eso es lo que querés, te llevo.

—Dale. Sería genial —la pelirroja sonrió—. Me muero de hambre.

—Dudo que eso te mate.

—Es una forma de decir, ¿nunca escuchaste la frase? —preguntó ella.

—No. Sabés que no me relaciono con demasiados recién llegados. Y en el mundo de los negocios, la mayoría estamos acá desde hace déca­das —hizo una pausa—. Supongo que mi vocabulario es mucho más moderno que cuando fallecí, pero no estoy al día.

—Si querés, te ayudo —ofreció Anahí.

—No. Realmente no me interesa. —Apartó la mirada del camino y ob­servó a su acompañante por unos segundos—. Por cierto, hay algo que me gustaría que dejemos en claro —comentó—. No sé si lo sabrás, pero Argentina debe estar llena de rumores sobre quién sos. Ya nos vieron juntos varias veces, pero nadie se animó a preguntar al respecto. Entre el shopping, la peluquería, la cena de ese mismo día, después con el asunto del robo, la subasta y lo que venga de acá en adelante —enumeró—, no sé qué pensarán. Pero me gustaría que al menos te compor­tés con suficiente decencia como para no quedar mal. No digo que no lo hayás hecho hasta el momento, salvo por el robo, pero qui­siera que intentés continuar actuando como una dama cuando salimos.

—No soy un accesorio —se quejó Anahí—. Aunque prometo esfor­zarme para no hacerte quedar mal. Te lo debo, Lucho.

—¿Cómo me llamaste?

—Lucho —repitió ella con naturalidad—. Así es como les dicen a los hombres que se llaman Lucio. Al menos en la actualidad.

—Te lo prohíbo. Suena estúpido.

—A mí me gusta.

—A mí no —se quejó él.

—Lo siento, su majestad. Sir Lucio de no sé qué y no sé cuánto —aga­chó la cabeza como si hiciera una reverencia; sabía que él la obser­vaba de reojo mientras manejaba.

—Así está mejor —contestó Lucio con una sonrisa—. Sir —repitió, pensativo—, me gusta.

—¿En serio?

—¿Por qué no? Es un buen título.

—¿Entonces yo qué sería? —preguntó Anahí con curiosidad.

—La chica sin nombre que limpia los baños —sugirió él. Luego, se corrigió antes que la pelirroja se enfadara—. O podrías ser Lady Anahí, marquesa de Buenos Aires.

—No, gracias.

Lucio se encogió de hombros.

—Ya casi llegamos —anunció él, cambiando de tema—. Voy a dejar el auto en el estacionamiento que está en la otra cuadra y podemos cami­nar al restaurante. Supongo que querrás dar una vuelta por la zona y ver qué tienen. Admito que nunca me tomé el tiempo de caminar por el barrio chino, no sé con qué nos vayamos a encontrar.

El barrio chino de Argentina no era tan grande como el que Anahí ha­bía visitado la semana anterior. Posiblemente esto se debiera a que los locales no vendían artículos importados desde China, sino manualida­des realizadas por los inmigrantes que terminaron en el purgato­rio.

Algunas esculturas en las veredas recordaban a criaturas de la mitolo­gía oriental. Anahí no tenía ni idea de qué significaban, pero le parecían hermosas. Nuevamente, deseó tener una cámara.

Al igual que en Buenos Aires, los negocios mezclaban gran variedad de culturas orientales, no solo la china. Las vidrieras ofrecían desde kimonos y yukatas hasta réplicas de vestimenta hindú tradicional. Había lámparas, figuras de madera y dragones por todos lados; tampoco falta­ban las katanas sin filo y los shuriken negros como en las películas de ninjas.

—Quiero uno de esos —dijo Anahí, señalándolos.

—¿Un arma? ¿Estás pensando en matarme? —preguntó Lucio con curio­sidad.

—No —se defendió ella, avergonzada.

—Pensé que ibas a pedirme un vestido, o quizás accesorios.

—Cuando era chica —explicó Anahí— quería ser un ninja. Por eso me gustaría comprar un shuriken. Sé que no debería ir por ahí pidién­dote cosas, pero esto es algo que realmente me gustaría tener. Porfa —rogó.

—Después de comer, ¿te parece justo?

—Sí. Gracias de nuevo.

Lucio hizo un gesto con su mano, restándole importancia al asunto. El dinero no era un problema.

 El dinero no era un problema


Luego de incontables intentos fallidos, Anahí terminó cenando con cu­chillo y tenedor. Sin importar cuantas veces don Lucio le explicase cómo usar los palillos, la comida simplemente caía desparramada por la mesa, haciendo un enchastre. Al principio les resultó gracioso, pero después de un rato les ganó la frustración.

Abandonaron el restaurante al recibir sus galletas de la fortuna. Ya ha­bía comenzado a anochecer, pero les quedaba tiempo para recorrer la zona una vez más.

Como lo prometió, Lucio compró no solo una docena de shurikens y otras réplicas de armas, sino que también convenció a Anahí de pro­barse distintos tipos de vestimenta femenina oriental. Los modelos le quedaban bastante bien porque tenía la altura y la complexión física adecuada. Petisa y delgada, casi sin curvas.

Al final, las bolsas no cabían en el asiento trasero del vehículo y el baúl apenas cerraba.

—Gracias —volvió a decir Anahí cuando subieron al auto.

—Ya te dije que no es nada. Además, yo también compré cosas para mí. —Lucio se acomodó en su asiento—. Cuando salgamos del centro, me gustaría acelerar, si no te molesta. Quisiera llegar a casa lo antes posible y darme una ducha —agregó.

—Hacé lo que quieras. Es tu auto. Vos manejás —contestó Anahí sin sospechar que su acompañante tenía pensado pisar el acelerador a fondo en la ruta, cubriendo en veinte minutos el mismo trayecto que les había tomado antes más de una hora.


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