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Solas en casa (18+)

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No sabía cómo había llegado ahí, pero sí lo que me había motivado. Quería verla y ya. Tenía calor y quería que me acompañara a beber algo helado, quizá caminar un poco por el parque, y luego encontrar un rinconcito en donde besuquearnos sin mucho cuidado, sin temor a que nos pillen y se arme el escándalo. Que la madre de mi novia lo sabía, claro, pero tampoco nos gustaba abusar.

Fue ella precisamente la que me recibió en la puerta. La saludé amablemente, ya la conocía desde hacía tiempo y me caía muy bien, la quería sin duda alguna, y sabía que ella me quería a mí. Me dijo que se iba a hacer unos mandados, y que la haragana de su hija apenas se estaba bañando. Me despedí con un beso, y una vez la vi llegar a la esquina, me metí de una buena vez en el lugar.

Estaba haciendo planes en mi cabeza, quizá me podía quedar a dormir, besuquearnos todo la noche, porque me encantaban sus labios y me encantaba besarla. De paso nos meteríamos mano sin quitarnos la ropa, y nos regalaríamos bonitos orgasmos y dormiríamos en paz. Amanecería y me regresaría a mi casa, y a mi madre le diría que me había quedado a dormir donde la loca de mi amiga, y como no sospechaba ni sabía nada, de un regaño no pasaría.

Pero cuando abrí la puerta, todas mis ideas montaron vuelo y desaparecieron en el amplio horizonte en el mar a muchos kilómetros de donde me encontraba, porque allí estaba ella, acostada sobre la cama, con una toalla precariamente envolviendo su cuerpo.

Me acerqué lentamente, me pregunté si se había dormido antes de bañarse o después. Noté su cabello húmedo y ahí supe la respuesta. Me senté en la orilla de la cama, y cuando ésta se tambaleó al recibir mi peso, ella también lo hizo. El movimiento hizo que la toalla también se moviera, dejando al descubierto uno de sus pequeños pero apetecibles senos. Le pezón resaltaba aún humedecido, endurecido por el agua fría con la que seguramente se había duchado.

Me incliné más sobre ella y le robé un beso. Ella se agitó, entre abrió los labios pero no dijo nada.

—Ya me excitaste —le susurré.

Sus párpados se movieron un par de veces pero parecía seguir sin querer despertar.

—Vamos, que tu madre acaba de salir. Aprovechemos.

No dijo nada, pero de pronto noté como sus lindos labios esbozaban una sonrisa pícara y tentadora.

Inmediatamente me quité los zapatos. ¡Malditos zapatos y malditas agujetas imposibles! Me demoré un poco pero pronto me encontré sobre ella, comiéndole los labios como me había enseñado a hacerlo, y recibiéndome como yo le había dicho que me gustaba. Su boca se abrió dispuesta, su lengua se me presentó sumisa y a la vez violenta. Mordí su labio inferior, succioné el superior, luego introduje mi lengua hasta alcanzar el paladar de su boca. Sentí su saliva como mía.

— ¿Y a ti qué mosco te picó? —inquirió, sorprendida y complacida.

—¡Este mosco! —la señalé—. Que te vi y me mojé, ¡qué quieres que haga! Me excitas.

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