"Ilusinium"

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(Año 1099, Jerusalén)

La noche y su silencio, el gran velo de la oscuridad que cambia la tonalidad de las cosas, esa cortina de seda y sombría que transforma la escenografía del día en un paraje de colores tierra desde el ocre hasta el naranja de las rocas y colores fríos desde los verdes de las palmeras hasta los difuminados turquesa y azul ultramar del firmamento, esas tonalidades llenas de vida que al caer la noche se tornan en pigmentos blanquecinos y grisáceas a causa de la esfera regente de la luna la reina de las sombras.

Cerca de las murallas de la ciudad de Jerusalén, en uno de esos canales donde en un tiempo pudo haber transcurrido un río, un hombre corría por su vida, cubierto de harapos desgastados por las inclemencias del seco clima del desierto, saltaba de roca en roca, superando todo tipo de obstáculos, piedras desprendidas de la laderas del canal, paredes con muescas y redondeadas suavemente por los sinuosos contornos, superficies de arena compacta modeladas por la brisa del desierto en el transcurrir del tiempo. Tras el, una horda de asaltantes seguían sus aventurados pasos.

Lo habían descubierto, hace unos instantes tras unos arbustos. En una reunión muy importante y secreta. La pena los mirones y los espías era extremadamente severa, cualquier usurpador descubierto no merecía vivir y por lo tanto la respuesta de ser descubierto era la muerte.

El sujeto y victima, corría y corría como podían ofrecerle sus sandalias de cuero desgastado, huía a sabiendas de su destino inminente. Sus perseguidores, armados hasta los dientes, le seguían tras sus pasos, con espadas y lanzas y bajo el estandarte de "Veracruz", emblema bendecido por el mismo pontífice Papa Urbano II; "la sagrada cruz griega y dorada en fondo blanco", el símbolo de los caballeros de dios y el de las cruzadas.

Aquel hombre, cuyo vigor comenzaban a menguar tras subir una colina, sabía muy bien que la muerte no era un problema, ya que en su regazo y falsa personalidad ocultaba una verdad incomoda para sus enemigos. Tan solo huía por el temor a una de las armas que poseían esos secuaces; una cerbatana, cuyo dardo y proyectil contenía "el ilusinium", algunos la llamaban "la sangre de Hera", la misma droga que condeno a Heracles a las 12 pruebas, por matar a su familia con sus propias manos, un veneno extremadamente poderoso que infectaba, no solo el cuerpo, si no que la mente quedaba bajos los efectos de su droga transportando al individuo al mundo de lo tenebroso, donde el simple hijo de un dios podía provocar tal locura y en donde habitaba su mujer e hijos, tan solo veía demonios por doquier. Una droga letal, que provenía de un receta romana, unas cuantas gotas, una pequeña dosis provocaba una muerte lenta y muy dolorosa, en el que el individuo perdía toda condición de la realidad y lo sumergía en la oscuridad. La sangre de Hera, era un narcótico utilizado en los gladiadores en la antigua roma, una sustancia que doblegaba a la razón y transformaba al guerrero en una autentica bestia de combate, el drogado no veía la vida real, sino el misterioso mundo de lo sombrío y sus entidades.

Cuando el hombre, fue contemplado por la luna y por aquellas huestes que le estaban persiguiendo, en aquella colina, se percató de su mala gestión y estrategia. Tales secuaces, se prepararon para disparar. De sus vainas, sacaron una especie de tubo de madera tallada, de 4mm x 50 cm de largo, de su zurrón una especie de bolsa de tela sin coser y doblada por los cuatros laterales, en medio 7 ganzúas finas y muy afiladas, alfileres finos y delicados impregnados, previamente, de Ilusinium. Uno de ellos, el que disponía de mayor rango, dio la señal de disparar.

En aquel instante, aquellas cerbatanas, dispararon un proyectil que parecía gobernar todas las leyes de la física, como un ave rapaz que contempla su presa en las alturas y se lanza al acecho veloz y preciso.

La Reina de la LluviaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora