DÍA 2 - Capítulo 6

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¿Algunas bolsas? Lucio había comprado tantas cosas que los paque­tes no entraban sobre la cama y se amontonaban a los costados.

Anahí reconoció algunas de las marcas que le habían gustado en su salida al shopping. Sonrió y empezó a sacar la ropa de las bolsas, sepa­rando todo en dos montañas de lo que le gustaba y lo que no. Afortunada­mente, Lucio estaba en lo cierto y había escogido diseños que se ajustaban a su estilo.

Y maquillaje. Le había comprado un montón de maquillaje de distin­tas marcas. Tenía todo lo que necesitaba. Un perfume, base, delineador y máscara para las pestañas.

Además, en las bolsas no solo había ropa y zapatos nuevos, sino tam­bién dos pijamas de verano, un camisón negro a lunares y ropa inte­rior.

Anahí rio al imaginarse a Lucio en una lencería, escogiendo corpi­ños y bombachas para ella. La peor parte era que había comprado en todos los estilos, desde lo más deportivo a lo más sexy, pasando por lo clásico.

Hola señor, ¿cuánto sale esta cola less? Dijo la pelirroja en su mente, imaginando la voz de Lucio y el desconcierto de los empleados en el local. Dejó escapar una carcajada solitaria y siguió acomodando sus cosas.

No sabía qué hacer con todas las bolsas vacías y con lo que no le gus­taba, así que lo amontonó en un rincón. Luego, escogió el atuendo para el día siguiente: un vestido blanco corto, ajustado debajo del busto con un delicado cinto negro. Separó también un par de botas oscuras con plataformas y un broche en forma de rosa negra.

Después, salió de la habitación y se dirigió al estudio de Lucio para agradecerle.

Golpeó la puerta y esperó.

—Adelante —dijo él, invitándola a pasar.

Anahí ingresó. Se quedó callada unos minutos al notar que Lucio es­taba escribiendo algo en su escritorio. No quiso interrumpir. Por esta vez, intentaría ser cortés con él.

Mientras esperaba, analizó la habitación una vez más. Era un sitio bas­tante clásico. El piso era de madera clara, barnizada. Las paredes estaban cubiertas entre estanterías colmadas de libros y cuadros. Una chimenea descansaba contra la pared que daba a la calle, junto al venta­nal debajo del cual se encontraba el escritorio.

La pelirroja oyó que Lucio movía su silla y giró su mirada para verlo. Llevaba su cabello negro suelto; le llegaba casi hasta la cintura. Era la primera vez que ella lo veía así. Además, ya no vestía con su ropa formal, sino que llevaba una bata gris semiabierta. Era un gran cambio. Parecía otra persona.

—¿Qué ocurre? —preguntó él.

—Gracias por la ropa. Me quedó bastante bien. Te voy a acompañar mañana.

—Perfecto. Gracias por avisarme.

—¿Te puedo preguntar algo? —murmuró Anahí.

—Adelante.

—¿Por qué? —preguntó la pelirroja.

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué hacés todo esto por mí? Llevarme de shopping, sal­varme, comprarme ropa, invitarme a salir, y todas esas cosas.

—Digamos que toda rosa tiene espinas y que todo cactus tiene flor. Es la mejor explicación que puedo darte, supongo.

—No es una buena respuesta —se quejó Anahí.

—Es la única que tengo por el momento. —Se puso de pie y se acercó a la chimenea. —Si preferís, tal vez podría decirte que lo hago para satisfacer mi propio egoísmo.

—¿Por egoísmo?

—No sé. Es una posibilidad —contestó con sinceridad.

—Me quedo con la primera respuesta —admitió Anahí, sonriendo.

—Bien. Porque es la mejor de todas.

Luego, se quedaron sumidos en un silencio incómodo, interrumpido únicamente por el sonido de la madera quemándose.

—Eso es todo —agregó la pelirroja—. Buenas noches.

—Buenas noches, Anahí —contestó él, regresando a su escritorio.

—¿A qué hora te vas a dormir?

—Yo no duermo. No seguido.

—¿Por qué? —insistió ella.

—No lo necesito. En realidad, vos tampoco. Es cuestión de acostum­brarse. El tiempo se aprovecha mejor de esta forma.

—¿Y qué vas a hacer?

—Escribir.

—¿Qué escribís?

Lucio suspiró. No estaba acostumbrado a que le hicieran tantas pregun­tas.

—Mi vida. Mi muerte. Anécdotas y esas cosas. Son mis memorias. Pero no voy en orden. Hoy empecé a redactar sobre mi llegada al purgato­rio.

—¿Lo puedo leer?

—No —contesto él con rudeza. Pero velozmente se corrigió—. Al me­nos no por ahora. Quizás cuando termine.

—¿Te falta mucho?

—Una eternidad —dijo él con una media sonrisa.

—No vale —se quejó Anahí.

Él rio. Su risa era grave y profunda. Recordaba a un locutor de radio.

—¿Yo podría quedarme despierta toda la noche? —preguntó la peli­rroja.

—Sí. Pero al principio te va a costar, salvo que estés ocupada con algo.

—¿Me ayudarías?

La pregunta lo tomó por sorpresa. Las noches eran su momento de inti­midad, cuando tomaba sus decisiones, planeaba sus días y escribía sus memorias. Un mes no le haría daño, pero temía que la influencia de Anahí fuera demasiada.

Suspiró.

—Lo voy a pensar. Te contesto mañana.

—Gracias. Buenas noches. Te dejo en paz —saludó ella, ya con me­dio cuerpo del otro lado del umbral.

—Buenas noches. Nos vemos mañana —respondió Lucio. Pero al oír la puerta cerrándose, supo que ella no lo había escuchado—. Que duermas bien —agregó en un susurro antes de volver su atención al manuscrito.


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