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"SEDOM. INDEBIDAMENTE TUYO" (de venta en librerías)

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Autora: Marisa Rubio http://www.facebook.com/SedomIndebidamenteTuyo

Título: Sedom. Indebidamente tuyo http://www.sedom.eu/

Página de fans: http://www.facebook.com/pages/Sedom/110959692321546?ref=hl

 Si queréis comprar la novela, podeis elegir cómo: http://www.sedom.eu/contacto/

"Buenas noches mundo, ancho pestilente mundo; no eres tú, soy yo quien da el portazo, puesto el largo talego, con el llameante remiendo amarillo, orgulloso el paso, por mi propio mandato, vuelvo al ghetto..." (Iakov Glatstein) 

El distintivo. Varsovia, enero de 1940 

Los ojos del abuelo Mordejai... 

Azul profundo, apenas veteado de otro azul, ligeramente más claro. Ojos grandes y oscuros. Con pestañas largas y el blanco muy blanco. 

Yoel parpadeó frente al espejo, ante el reflejo de su propio azul. Llevaba oyendo lo del extraño color de los ojos del abuelo desde que podía recordar, y siempre había sentido una especie de íntima complicidad con él por aquella coincidencia entre ambos, única en la familia. Abrochó el último botón de su camisa limpia, se recolocó los tirantes y se peinó con un poco de colonia de la que Abraham guardaba en el cuarto de baño. ¡Listo!, pensó sonriendo a su propia imagen. 

-Abraham, si no me necesita me voy ya -hizo un último gesto al espejo, como de conformidad con su aspecto y, tranquilamente, ordenó las cosas en el aparador. El peine, la colonia, la pastilla de jabón y la loción de afeitar-. ¿Abraham...? 

Se asomó al taller, pero estaba vacío. Su patrón debía estar ordenando las telas en la tienda, era muy probable que no le hubiera oído. Salió a buscarle. 

-Abraham, deje que haga yo eso.  

Le quitó de las manos la pesada pieza de cretona marrón y la devolvió a su estante. El anciano resopló aliviado y se atusó los pelos canos de la barba. 

-A dank, Yoel. Muchas gracias, hijo. ¿Decías algo? 

-Que si no le importa, me voy ya. 

-Ah, sí, sí... puedes irte, yingeh1. A celebrarlo, ¿no? 

-Sí -Yoel cogió su abrigo de encima de la silla y sacó el brazalete del bolsillo. Lo miró y volvió a guardarlo donde estaba-. He quedado con un amigo. 

-¿No te lo pones? -dijo Abraham. 

-Si lo hago no podré subir al tranvía y no es cuestión de ir andando con esta ventisca. Me lo pondré luego. 

-Mazel tov otra vez, muchacho, felicidades. Y ten mucho cuidado. 

-Usted también. ¿Quiere que haga algo más antes de irme? 

-No, hijo, no, vete ya. Biz morgn2. 

-Biz morgn, Abraham. 

En el recibidor de su casa, Andrzej se arregló el pelo frente al espejo haciendo gala de una concentrada tozudez. Estaba tan nervioso que parecía especialmente incapaz de someter el maldito remolino que siempre se formaba en su frente. Frustrado, lo dejó por imposible y cogió de encima de la cómoda el pequeño paquete envuelto en papel de colores. Se alejó un poco para tener algo más de perspectiva, y se dio la vuelta, mirándose por encima del hombro. Los pantalones le quedaban perfectos después de que su madre se los hubiera alargado. Se miró otra vez de frente y evitó a propósito fijar la vista en su flequillo. Fracasó. Con redomada energía volvió a intentar doblegar, ayudándose con un poco de colonia, el bucle rebelde y, una vez más, se dio por vencido. Se encogió de hombros, le sacó la lengua a su propia imagen y decidió que ya era suficiente y que, con remolino o sin él, lo importante era no llegar tarde. Además, a Yoel le gustaba. 

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