DÍA 2 - Capítulo 5

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—Me alegra no verme forzado a destruir mi propia casa para traerte al comedor —dijo don Lucio al verla llegar.

—¿Hola? Podrías saludarme al menos.

Lucio rio. Seguía fascinado por el mal carácter de Anahí y sus constantes insultos. Era la única persona en toda Argentina que se atrevía a enfrentarlo o incluso a contradecirlo. Al principio la había considerado una adolescente maleducada, pero incluso luego de saber quién era él, no había cambiado su actitud.

La despreciaba, aunque al mismo tiempo le resultaba interesante, una curiosidad exótica que venía del mundo moderno. Se preguntaba si todos los jóvenes actuarían así en el mundo de los vivos o si se trataba de una excepción a la regla.

—No consideré que merecieras un saludo, luego de rechazar la primera invitación que te hice. Pero si ese gesto logra que me respetés, entonces lo haré. —Hizo una pausa para tomar aire—. Buenas noches, Anahí, es un placer compartir la mesa con vos. Espero que disfrutés de la cena. —Forzó una sonrisa.

—Seguramente la disfrutaré más que tu compañía —contestó ella. Luego, bajó la cabeza y comenzó a comer sin siquiera ver qué le habían servido.

Él la observaba cuidadosamente. La ropa de Manuela no le quedaba del todo bien, era demasiado amplia para ella.

—Por cierto —dijo Lucio—. Mañana por la tarde traerán tus pertenencias, así que deberás permanecer fuera de tu habitación hasta la cena.

—¿Y si no quiero? —contestó ella con la boca llena.

—Ya sabés cómo funcionan las cosas conmigo. Si no querés salir de la habitación, te arrastraré por la fuerza.

—¡Ja! Y tan caballeroso que parecías —respondió Anahí con sarcasmo.

—Respeto a las damas, pero hasta el momento no he visto nada que indique que vos sos una. Al mirarte veo a un animal salvaje, a una niña malcriada que necesita aprender buenos modales.

Lucio hablaba con calma, sonriendo ante sus propias palabras. De una manera inexplicable, disfrutaba insultar a Anahí más que a cualquier otra persona; quizás porque esperaba ansioso una respuesta tan filosa como las suyas.

Hasta hacía poco tiempo, don Lucio había olvidado qué tan entretenido era debatir con alguien, discutir y tener opiniones diferentes. Todos en la ciudad le daban siempre la razón y eso era, en cierta forma, aburrido. Tal vez, en el fondo quería aceptar el cambio al que tanto le temía.

No. Él sabía que no debía sucumbir a la duda, a la tentación de una tormenta que desequilibrara su monotonía, su control sobre la ciudad. Anahí, al igual que Manuela, le haría cuestionarse sus principios, sus métodos y cada una de las decisiones que tomaba. Era solo cuestión de tiempo.

Afortunadamente, se desharía de ella en poco menos de un mes. Solo tenía que mantenerla bajo control y no permitirle interferir en su vida.

—Estoy llena —dijo Anahí, sacando a Lucio de sus pensamientos—. Gracias, Olga, realmente cocinás bien.

—Gracias, señorita —respondió la mujer, esbozando una sonrisa.

Anahí movió su silla hacia atrás para poder levantarse.

—¿Y adónde te pensás que vas? —preguntó Lucio—. Te vas a quedar sentada en esa silla hasta que yo termine.

Sin contestar, la pelirroja volvió a arrimarse a la mesa, empujó el plato a un costado y recostó su cabeza sobre el mantel.

—Buenas noches. Avisame cuando pueda irme.

Lucio ignoró el comentario y cenó con tranquilidad, como solía hacerlo. Se tomó su tiempo, bebió unas copas de vino y fumó un habano.

—Anahí —la llamó varios minutos después—. Disculpá que interrumpa tu siesta, pero se me acaba de ocurrir algo; me preguntaba si estarías interesada en acompañarme mañana a una subasta en las afueras de la ciudad. Debe ser bastante tedioso quedarse encerrada todo el día en este lugar.

—Quiero volver a El Refugio —dijo ella sin pensarlo. En realidad, no estaba segura de desear eso, pero no le agradaba pasar tiempo con Lucio—. Además, no tengo ropa —agregó.

—Lo primero, lamento decirte que no puedo solucionarlo. Tenés prohibido relacionarte con esa gente hasta el día del juicio. Por lo segundo, no te preocupés. Te traje un par de cosas que compré en la ciudad antes de regresar. Supuse que querrías un atuendo más moderno que lo que te entregué esta mañana. —Hizo una pausa y se giró para dirigirse a su empleada—. Olga, ¿podría ir a buscar las bolsas que dejé en el auto y llevarlas a la habitación de nuestra huésped?

—Sí, señor —contestó la mujer, haciendo una leve reverencia antes de marcharse.

—De todas formas, no tengo ganas de ir. —Anahí se encogió de hombros.

—¿Alguna vez fuiste a una subasta?

—No —admitió ella.

—Es una experiencia agradable, aunque a veces saca el lado más oscuro de las personas. Depende de lo que esté en venta, claro está. —Bebió un sorbo de vino—. El evento de mañana será en la casona de un profesor de literatura que falleció hace un par de meses y no regresó. Seguramente encontraremos ejemplares interesantes.

Anahí le clavó la mirada a Lucio y esbozó una sonrisa.

—Está bien. Supongo que puedo ir. Pero no creás que con eso te vas a ganar mi buen trato. Te va a costar bastante lograr que te tenga el más mínimo aprecio. Hasta ahora, sos un secuestrador malhumorado que me tiene prisionera en su mansión por razones que todavía no comprendo.

—No pretendo que me apreciés, simplemente que me respetés y que logrés considerar mi casa como tu hogar hasta el día de la decisión. Luego, serás libre de ir y hacer lo que quieras —explicó él.

—¿Es una promesa?

—Si querés llamarlo así. O podemos firmar un contrato con mi abo­gado, si te parece mejor y desconfiás tanto de mi palabra.

—No. Supongo que puedo darte una oportunidad. Ahora, si la ropa que me trajiste es un espanto, ni loca te acompaño —comentó Anahí, desafiante.

—Creo que logré comprender tu estilo de vestimenta lo suficiente. Pero ya me lo dirás por la mañana. Olga tiene instrucciones para desper­tarte a las seis para que tengás tiempo de ducharte y arreglarte.

—¿A las seis? —se quejó la pelirroja.

—Sí, tenemos casi tres horas de viaje y hay que llegar al lugar antes de las diez. —Lucio movió su silla para levantarse—. Podés retirarte por hoy. Buenas noches. Si me necesitás, voy a estar en mi estudio.

Ella lo imitó y se dirigió a su habitación para ver sus nuevos atuen­dos.


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