Revelación -Memorias Dolorosas-

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Aunque su ofrecimiento podía sonar con una doble intención; ni sus palabras, ni su tono me dieron indicio de ello. Él se recostó y se hizo hasta la pared para dejarme el espacio libre. No lo pensé demasiado, fui directo a su lado; me recosté dándole la espalda, él se volteó para abrazarme, y su tacto me estremeció de inmediato; su calidez me confortó y comencé a entrar en calor. Me acerqué más a Licho, y él a su vez a mí, nos repegamos hasta que el espacio entre ambos fue nulo. Su respiración se aceleró igual que la mía, nadie decía o hacía nada, únicamente percibíamos nuestros cuerpos pegados, era como si nuestras pieles evocaran un viejo sistema comunicativo. Y recordé aquellas prácticas nocturnas, y llenas de curiosidad suscitadas entre los dos.

Mi padre siempre tuvo sobre mí una inaudita sobreprotección y control; desde cómo vestir, a qué escuela asistir, con qué gente poder hablar, hasta qué música era la adecuada escuchar. Yo supe desde el principio que al elegirlo a él, ese sería el precio a pagar. Empero, no todo era tan malo; una vez aprendida su lógica, fui discreto en mis gustos y preferencias, lo dejaba creer hasta cierto punto, que él tenía la última palabra. Las idas al Paso del Norte se volvieron muy habituales con la desmedida insistencia del abuelo en su proyecto de crecimiento lácteo. Mi padre y yo pasábamos temporadas cortas durante los años, sin contar las fechas festivas, unas en apoyo y otras en oposición. Nunca puse resistencia a tales viajes, principalmente por ver a Neto; pero aparte de él, me brindaban una indómita libertad como a ese cachorro recluido, que sacan en ocasiones de paseo y loco se quiere volver al contemplar el mundo exterior. Quizás el aislamiento había influido, de cierto modo, en mi interacción familiar; mutando ciertos vínculos, pues en ellos debía abastecer muchas de las carencias de mi yo social.

Así, cuando Neto y yo peleábamos, suceso que se hizo frecuente entrada mi pubertad, porque seguramente los cambios físicos hacían drásticos disturbios en mi carácter, desarrollé una relación más cercana con Licho. Quizás era la poca diferencia de edad lo que nos hacía congeniar tan bien, apenas un par de años mayor que yo, o porque requería de un amigo y confidente. Le contaba algunas obviedades disfrazadas de secreto, compartíamos ciertas inquietudes, e incluso unos sinsabores, y hasta la responsabilidad de una que otra travesura. No fue extraño que eligiéramos explorar juntos nuestro despertar sexual.

Las noches eran los mejores momentos para conversar, iguales a divertidas pijamadas; el cuarto de adobe era nuestra casa del árbol, pues aunque lo compartíamos con Varo, él raras veces llegaba antes de la medianoche. Iniciábamos hablando de mujeres, de quién de los dos podría complacerlas mejor o quién tenía mayor longitud respecto al pene. Y una de esas noches, sucedió que, mientras hacíamos esos típicos alardes de hombres, iniciamos una riña de fuerzas y sometimiento que nos traicionó, pues descubrimos que no nos resultaba indiferente las caricias de otro varón.

No sé si él ya lo tenía claro, jamás hablamos de ello formalmente; quizás por vergüenza, o por un orgullo inexistente que asociábamos más a nuestra naturaleza de género, que a la soberbia producto del machismo. Sin embargo, tal reserva del tema, no nos impidió seguir investigando sobre dicho gusto; en mi caso, sólo había indagado la parte psíquica de esta atracción masculina a través de Neto, pero mi cuerpo empezó a solicitar atenciones que por el momento, él no pensaba darme. Licho parecía estar en una situación similar, y aunque desconocía varios aspectos de él, como por ejemplo, si estaba enamorado o sus intereses reales; nunca los averigüé, pues conforme experimentábamos el novedoso método de comunicación basado en lo venéreo, que resultaba tan fácil y placentero, nos olvidamos del otro, y nos habituamos a éste. Pero sin la comunicación tradicional, nos volvimos seres primitivos, seres que únicamente se buscaban para satisfacer una apetencia con tendencias mórbidas.

Comenzamos, igual que ahora, haciéndonos los dormidos que despistadamente se rozaban sin querer, permitiendo que las anatomías se encontraran, se investigaran, se analizaran; dos cuerpos que deseaban cumplir la primera ley de Newton. Con el correr de los días, mi ansia fue mayor a la de él, convirtiéndome en el dinámico, quien tomaba la iniciativa, el cuerpo que actuaba sobre el otro para sacarlo del reposo. El anhelo aumentó gradualmente, la confianza también, y las argucias dejaron de ser útiles; pasamos a probar otras formas más atrevidas para el gozo, como el sexo oral; aunque siempre era yo quien se lo otorgaba. En cierto modo, yo intentaba frenar mis impulsos por ir más allá, porque ilusamente pensaba que en algún momento, compartiría tal experiencia con Neto. Pero todo parecía indicarme lo contrario, cada vez nos distanciábamos más, y nuestras conversaciones sólo empeoraban las circunstancias.

Recuerdo -Paso Del Norte-Where stories live. Discover now