Revelación -Memorias Dolorosas-

41 7 0
                                                  

El camino era escalofriante, entre los saltos por la improvisada carretera que formó el tránsito diario, y la oscura profundidad que imperaba, ni la luz de la luna era capaz de atravesar. En mi mente seguía cavilando acerca de Neto y mi situación con él; la decepción en su mirada al saber mi respuesta en aquella ocasión, todavía me lastimaba. Yo permanecí hincado, entre sus piernas, explicando los detalles más minuciosos de ésta. Ni siquiera me percaté del momento exacto en el que se subió el short, sólo recordaba que mi franqueza lo había molestado; y a consecuencia de eso, interrumpió nuestro encuentro, y me había mandado a dormir.

Sentí una pronta angustia y comencé a castañear, Licho me observó de reojo y comenzó a sonreírse burlonamente. —¿Tienes frío o miedo? —me preguntó.

Por orgullo admití que era lo primero. No podía reconocer nada, pero comparando los tiempos del trayecto anterior, ya deberíamos estar por llegar. Sin embargo, Licho detuvo la camioneta, y enseguida pensé que me gastaría una broma en medio de aquel terrorífico paraje. Pero al informarme que habíamos llegado, me extrañé y le cuestioné, ésta no era la casa del abuelo.

—Yo jamás te dije que iba a casa de mi papa, tú te quisites venir —me contestó mientras bajaba unas cosas de la camioneta, un saco y unas cuerdas.

En un descabellado pensamiento, creí que iba a asesinarme cuando lo vi bajar también un pico y una pala, quizás notó mi angustia y por eso me puso sobre la cabeza un casco, el cual tenía una lámpara; entonces intuí que era minero.

—Úsalo no vaya siendo que bajes a saludar al suelo, pisa con cuidado porque está muy piedroso —mencionó al cerrar la puerta del vehículo.

Descendí, y di unos tropezones por no hacerle caso. Le pregunté en dónde trabajaba con esos instrumentos.

—En San Pedro el Alto, para unos canadienses —expresó al encender él mismo la luz del casco—, alúmbrame la puerta pa' poder quitarle el seguro —me ordenó frente a una modesta casa.

—Pásate. No hay luz, porque casi no vengo pa'cá. Ya soy más de San Luis, allá trabajo y pos de allá es mi mujer. Aquí vengo cuando tengo asuntos cerca de Saltillo, y si vengo muy cansado pos ya no me regreso. Prosperidad viene a echarle un ojo, hay de vez en cuando.

Se refería a su otra hermana, de la que se decía, ayudaría a la tía Constanza a vestir a los Santos.

—Y también le da una limpiada. Por lo mismo casi no hay muebles, sólo está ese sillón y la cama, ¿cuál quieres?

Y antes de responder le volví a preguntar si no iríamos a casa del abuelo.

—¡Ah, pero que suato este! No, yo vine a echarme un sueñito porque no he parado todo el día, yo creo que hasta me dio calentura. Cuando nos saludamos, acababa de comer, no traíba nada en la panza. Ni siquiera me creo que mi papa esté tendido en la caja.

Licho suspiró al encogerse de hombros, y me volvió a preguntar dónde quería dormir, viéndolo como estaba, elegí el sillón. Él se quitó la gorra, las botas y el cinturón y luego se recostó en la cama. Yo únicamente me tumbé sobre el mueble, esperando no encontrarme con alguna alimaña escondida entre su tapizado; pero rápido me despreocupé por ese aspecto, y comencé a inquitarme por otro: el frío. No dejaba de titiritar, me sobaba las extremidades por ratos para intentar generarme un poco de calor.

—¿Tienes frío? —musitó Licho desde la cama.

Esta vez respondí la verdad.

—Creo que traigo una cobija en la troca, déjame ir a ver.

Se puso de nuevo las botas y salió a traerla. Tras unos instantes regresó sin nada.

—Pos no la traíba, ¡qué caray! Pero si no te molesta compartir vente pa'cá, entre los dos nos damos calorcito.

Recuerdo -Paso Del Norte-Where stories live. Discover now