Reencuentro -Memorias Queridas-

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Permanecí abrazado a Neto, sólo sabrán los cielos cuánto tiempo, porque me pareció apenas unos segundos; podría haberme pasado aferrado a él la vida entera, pero debía separarme y necesité fuerza sobrehumana para hacerlo. Lo solté, muy a mi pesar; y lo intuyó, pues se mantuvo unido a mí por un rato más, descansando su brazo sobre mis hombros y asiéndose de uno de ellos, de vez en cuando. Quise abrazarlo de nuevo, tenía un novedoso y exagerado ímpetu quemándome por dentro. Sin embargo, no me atreví. Únicamente lo observé embelesado. Me preguntó sobre mi vida foránea y respondí a todas sus dudas con infinidad de detalles y explicaciones, no podía detener mi boca. Él me escuchaba atento, sonriéndome. Y yo no podía estar más ocupado, admirándolo.

El tiempo no había atropellado su belleza, sólo la había acentuado. La edad de los tres decenios y casi un lustro, le confería un atractivo halo de madurez. Aún poseía ese parangón físico con el famoso autor de La camisa negra. El cabello bruno y liso ondulado que aún peinaba hacia atrás; el rostro redondo, y la frente rectangular que fruncía al enojarse; las cejas alargadas y pobladas que parecían pintadas con fina técnica; los ojos claros, grandes y expresivos que siempre decían más que sus palabras; la nariz larga y perfilada; los labios medios y carnosos, rodeados por una barba completa y delicadamente recortada. Lucía más corpulento, aunque su cuerpo se había engrosado, seguía siendo llamativo; idéntico a un roble, bien plantado en sus dos pies sobre el suelo, con piernas y brazos fuertes y vigorosos, que se entallaban bajo su atuendo de mezclilla, algodón y cuero. El pecho le henchía de fuerza y el abdomen de vasto alimento.

Yo trataba de imaginarlo sin todo ese atavío envolviéndolo, aprisionándolo; quería disfrutar de su piel adosada con el signo de masculinidad; aspirar la fragancia de sus cabellos, la de detrás de sus orejas, la de su cuello, axilas y entrepiernas. Quise interpretar los efectos de los años, pero no pude más que tomarle de las mejillas, y morderme los labios para disimular mis ganas. Por qué ansiaba tanto darle un beso, por qué quería posar mi boca sobre la suya, y apropiarme de su aliento y saciar un precipitado deseo que comenzaba a hervir al calor de sus ojos, al contacto de su sonrisa, al sonido de su voz suave, pero decidida. Desde mis entrañas afloró una pasión adormecida y salvaje, dulce y erótica, cálida y peligrosa. Él sonrió hasta reír porque no fue capaz de ocultar el nerviosismo que le había suscitado.

"Detén mi lasciva desenvoltura", le rogué con la mirada. Pero no lo hizo, ni se alejó ni me sancionó. "Si te besará justo ahora, ¿me detendrías?".

De súbito acerqué mi cara a la suya. Lo observé de nuevo, él no dejaba de mirarme también. Lo haré, me dije; lo haré, te voy a dar un beso. Porque he esperado mucho tiempo para hacerlo. Mis manos sobre tus mejillas, sintiéndote; mis ojos contemplándote con devoción, lo mismo le sucedió a Selene con Endimión.

Y atrapado en su mirada, navegué hasta un lejano día en la playa. Un paseo familiar. Yo tenía apenas cumplidos los siete, él estaba cerca de los trece. Aunque mis padres todavía estaban juntos, mi madre no asistió por su demandante trabajo. Ella me había regalado un costoso muñeco articulado, de esos muy de moda en los años noventas, un fantástico superhéroe que llevaba a todos lados sin importar la ocasión. Bien me advirtió no llevarlo al viaje, pero al fin niño, la desobedecí y astutamente lo oculté en mi mochila. Después, entre el ajetreo, olvidé la advertencia materna.

Recuerdo, Licho me miraba un poco celoso por el juguete; y en un inesperado acto de compasión, pues como hijo único casi no aprendí a compartir, se lo presté. Siguiendo mi ejemplo, se puso a jugar con él muy cerca del mar. Neto, quien había presenciado mi muestra de nobleza, se acercó y sonriéndome, se sentó a mi lado para disfrutar del paisaje. Entre saltos y carreras, los dos vimos al muñeco resbalar de las manos de Licho, y caer al agua. No tardé en sollozar por la pérdida, y antes de generar cierto rencor hacia aquél, Neto me abrazó fuertemente, y con ello no permitió que en mí floreciera tal sentimiento negativo. Susurrándome palabras de consuelo al odio, me incitó a una búsqueda de rescate entre las olas. Su intención no fue encontrar el juguete, sino mantenerme dentro del buen humor y la alegría de aquel día. A su lado, el dolor acabó por disiparse, no pude llorar por el héroe caído, porque ese día conseguí uno real, de carne y hueso.

Recuerdo -Paso Del Norte-Where stories live. Discover now