Regreso -Memorias Olvidadas-

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Hace más de trece años que no tengo contacto con mi familia, los últimos los había pasado alejado de ellos y fuera del país. Mi padre menospreciaba la enseñanza que pudiera obtener en mi tierra de origen, y procuró darme una selectiva educación en el extranjero. Estaba acostumbrado a esa vida foránea, cuando él me incitó a volver. Decía que era mi deber con la familia, pero me percibía ajeno a tal obligación. No era extraño que yo no sintiera la misma pena que él y que todos los demás; aunque el difunto fuera mi abuelo, no podía adjudicarle sentimientos que no le tenía, si regresaba era por simple compromiso, quizás simple curiosidad.

Ya llevamos más de cuatro horas de viaje sobre la carretera, sin contar las del avión. El trayecto era aburrido y mi padre nunca fue un hombre de larga conversación, si cruzábamos más de diez palabras por hora, eran muchas.

A partir de las doce del día, el sol brilló con una soberbia intensidad. Los labios se me resecaban por una enrarecida emoción sazonada con alegría y tristeza. Mi padre me dijo que todavía nos restaban dos horas más de camino para llegar a nuestro destino. Un lugar sin código postal que no aparecía en las búsquedas de Google Maps; perdido entre los confines de Durango, Zacatecas y Coahuila; de ahí provenía la familia. El abuelo había puesto el nombre del pueblo en las bocas de algunas gentes, gracias al empeño de fundar una empresa lechera que ostentara el apellido Duarte.

La ciudad me despidió con sus construcciones de asfalto y metal, y un recorrido árido me recibía con los brazos abiertos; después un aire estival calmó la ira del sol y el polvo en mi cuerpo, o quizás sólo me acostumbré al nuevo clima. La carretera lentamente se perdía entre las inmensas polvaredas. Supe que el largo recorrido, desde Ontario hasta Santo Toribio del Esplendor, estaba por terminar al vislumbrar aquel letrero mal hecho con la leyenda "Paso del Norte".

El denominativo del pueblo era una burla, pues nadie tenía la más remota idea de quién era el patrono del lugar ni de dónde salía su esplendor. Todo seguía igual, tal como lo recordaba: las casas de viejo ladrillo de adobe y tejas carmesí, las calles labradas por el andar diario de los transeúntes y con apelativos adjudicados al residente más conocido de ellas. Paramos en una tienda de abarrotes "El capricho", administrada por don Nabor, un amable anciano que inmediatamente dio el pésame a mi padre.

Seguimos el camino hacia la casa, y recordé cuánto me entusiasmaba visitar al abuelo y sus vacas, me repegaba al vidrio para adueñarme del paisaje durante mi arribo y abría la puerta para salir corriendo a los brazos de mi tía Constanza. Aunque mi ánimo era desganado, no negaré la rara emoción que me embargó al cruzar el portón. Y ahí estaba mi tía, tan propia y correcta, con sus faldones y el cabello recogido, las manos cruzadas al frente y sobre su regazo, con una mermada sonrisa. En instinto, abrí la puerta en cuanto el motor del transporte se apagó. Rápidamente me puse en pie, no sé si por pretérita tradición o por la sencilla ansia de no permanecer más tiempo sentado.

Alcé la mirada y todo estaba casi idéntico, la casa, las plantas, los muebles y hasta los escombros en las esquinas del patio. ¿Dónde estaba la fortuna del abuelo? Me cuestioné, ¿seguía viviendo en la miseria? Imposible, ¿dónde habían quedado las vacas y dónde estaba levantada la majestuosa fábrica láctea? Sólo el olor a estiércol permanecía en el ambiente. Quizás el tiempo se había olvidado de avanzar en este rincón del mundo, sin embargo, las arrugas en la faz de mi tía Constanza indicaron lo contrario.

—¡Mi muchachito lindo! —Me dijo entre sollozos de regocijo— ¡mírate nada más! Ya no eres ese chamaquito que venía dando de brincos a abrazarme. Ahora eres todo un hombre, tan apuesto y galante. De seguro tienes hartas novias, tu papa en su momento tenía su pegue. Pero lo superastes. Eres mejor partido, guapo y con estudios; serías el sueño de cualquier chamaca de por aquí. ¡Ay, mi muchachito lindo! ¡Mi Betito cuánto te extrañé!

Recuerdo -Paso Del Norte-Where stories live. Discover now