―CAPITULO 1: CONOCIENDO AL NIÑO NUEVO

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"Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo..." Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo Es triste olvidar un amigo. No todos han tenido un amigo."


Era su cuarto día. Cada mañana la pequeña cabeza de rubios ondulados se dejaba ver por la ventana de la cocina al asomarse para ver al niño nuevo, y ahí como todos los días a esa misma hora se encontraba el otro pequeño siendo acompañado por una figura mayor.
Los grandes ojos azules de Mikaela no se despegaban de aquella vista hasta que los principales focos de su visión regresaban al interior de su casa.

El pequeño de seis años había descubierto varias cosas, y todas sus investigaciones las anotaba en su libreta favorita, la cual se encontraba siempre sobre la mesa a un lado de él. Se había convertido en un sitio cómodo para anotar e investigar al niño nuevo, su estatura no le permitía verlo de otra ventana, además, si quería cambiar de ventana tendría que arrastrar una silla y quedarse de pie hasta que el niño se fuera y eso sería muy cansado para él; era mejor quedarse sentado detrás del frutero.

―Mikaela, baja de ahí. Papá va a tomar su desayuno, ve a vestirte. No quieras llegar tarde el primer día― La señora Shindo, una mujer alta y delgada, le dedicó a su hijo una sonrisa llena de amor y desacomodó aún más las ondulaciones rebeldes que había heredado su pequeño de ella. 

―Ya voy mamá― El rubio tomó su cuaderno amarillo y buscó una hoja en limpio para dibujar con crayola roja al niño que vivía al frente, puesto que ese día llevaba puesta una chamarra de ese color. Mika no veía mucho a aquel niño, así eran todos los días desde que había llegado ahí.
Vivían en un pequeño vecindario con la calle cerrada, por lo que no solían pasar carros; entre la casa de Mika y los nuevos vecinos había un pequeño parque con algunos pocos juegos, un pasamanos y una resbaladilla eran suficientes, también tenían un par de bancas y una pequeña mesa de cemento con su respectivo asiento de cada lado.


El día de la mudanza, el pequeño rubio se encontraba de cabeza en el pasamanos con las piernas atoradas entre las barras para no caer. Vio llegar el camión como si el suelo fuera el cielo, y el camión estuviera volando; aquel pensamiento de un camión volador hizo reír al pequeño mientras se daba la vuelta para apoyarse en sus manos y así quedar colgando.

Al poco tiempo salieron dos personas mayores, una pareja. Un papá y una mamá.

«Vienen a vivir un papá y una mamá nuevos, se harán amigos de mi papá y mi mamá ¡genial!»

Los acompañó el señor que venía conduciendo el gran camión y entre los tres comenzaron a bajar los muebles más ligeros para ir llenando la casa vacía.
La mamá nueva se detuvo mientras cargaba un jarrón color verde y pareció notar la presencia del público infantil que tenían, la señora Hyakuya le dedicó una sonrisa amigable y se giró hacia el camión.

―¡Guren, ven a ayudar! 

―¡Voy, voy! ¡El mocoso no me quiere soltar! ― Se escuchó dentro del camión y de nueva cuenta la puerta se abrió.

―¡Ya basta! ¡Yuu! ¡Joder!

«¿Joder?» Mikaela ladeo su cabeza.

―¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Me prometiste un helado! ¡Me lo prometiste! ¡Me mentiste! ¡Ya no eres mi hermano! ¡No te quiero! ― Gritos infantiles respondieron y en pocos segundos, un muchacho alto bajó a trompicones intentando quitarse al niño que se aferraba a su cuello desesperadamente. Curiosamente, ambos llevaban lentes de sol.

―Aghr... No... Sigo siendo tu hermano, tonto. Solo... ―El mayor dejó de forcejear con el pequeño y pareció tomarse unos segundos para respirar.
Guren contó hasta diez en su mente

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