Invierno.

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Frías sabanas de lino acariciaron su piel cuando Oliver se revolvió sobre la cama e intentó encontrar algo en la reducida habitación que no le recordara lo sensación de frialdad que trepaba por su piel. No habia mucho que ver más allá de palidas paredes y muebles de segunda mano que habian perdido su encanto un par de años atrás. Ningun cuadro, ningún color más allá de la palidez que comenzaba a contagiarse hacia su piel, dejando un aspecto lechoso detrás.

Un rizo rojizo rebotó frente a sus ojos logrando que sonriera suavemente. En toda la habitación, su pelo era lo único que tenia color o vida, para ser realistas. Lo habia heredado de su abuela, al igual que la fragil salud que se deshacia como la nieve cuando los primeros rayos calientes del sol la tocaban. No podia recordar un momento en que no estuviese enfermo, desde pequeño habia sido diagnosticado y tratado como un fino adorno que solo se mostraba en ocasiones especiales, como un trofeo.

Sabia que su familia lo queria, todos ellos se lo habian dicho en algún momento de su vida pero no se sentia como parte del grupo realmente. Él no pertencia a ellos, era distinto en tantos aspectos que ni siquiera podia contarlos. Desde su apariencia a su forma de pensar y pasando por su fortaleza, él no encajaba. Demasiado bonito, tan delicado y a la vez muy fragil. Tal vez, si era un bonito adorno que un día simplemente desapareceria gracias a una brisa fuerte que soplara en su dirección y finalmente lo rompiera. Eso era lo que todos los que conocian, esperaban.

Estaba cansado de batallar contra ello, ¿que pasaba si solo dejaba que todas esas personas obtuvieran lo que pensaban? Nadie iba a extrañarlo realmente, su hermana estaba a punto de casarse, su hermano por irse a la universidad y sus padres parecian siempre tener algo mejor que hacer que velar por su hijo enfermo. La enfermera a tiempo completo habia sido su último gesto de que aun sabian de su existencia. No los culpaba, nadie queria ver a su pequeño hijo consumirse en una cama pero por una vez, deseo que ellos lo vieran y se dieran cuenta de que habia más en él que un chico a medio morir. ¿No era eso un poco ironico?

Se sacudio sus pensamientos cuando el timbre hizo eco en la casa. Helen, la joven y simpatica enfermera que habia estado cuidando de él, le dedico una sonrisa cuando se levantó de la mesedora en un rincón de la habitación.

—Iré a ver quien es —anunció. Acercandose, encendio el pequeño aparato que acomodo sobre su mesa de noche mientras guardaba su gemelo en su bolsillo. Él sabia que ella podia escuchar lo que sucedia con él mediante esa cosa y por ello lo odiaba. Si esa cosa no le advirtiera de sus crisis, ella no podria llegar a él y estabilizarlo y todo se terminaria. Ella no esperó respuesta de él, no la obtendria así que solo le sonrió—. Descansa un poco, traere algo para que comas pronto.

Oliver siguió su figura dentro del holgado uniforme blanco hasta que salió de la habitación antes de voltearse para mirar por la ventana cercana. Fuera, los copos de nieve danzaban frente al cristal, como bailarines experimentados que montaban una función publica para todos aquellos que quisieran verlo. Personalmente, siempre le habia fascinado esa imagen. Recordaba que siendo pequeño, se sentaba por horas frente a la ventana solo para ver los primeros copos haciendo su descenso para comenzar a adornar el paisaje con su blanco manto.

No tenia muchos recuerdos bonitos de su infancia, más allá de vacias salas de hospitales y el sonido de las voces preocupadas de sus padres preguntando por su salud, sus memorias estaban un tanto vacias. Lo que si recordaba era el invierno, la nieve y el acurrucarse frente a las ventana a ver como el mundo cambiaba a su alrededor sin que él pudiese disfrutarlo realmente.

—Hey, copo de nieve.

La suave voz lo tuvo apartando la mirada de la ventana para dirigirla a su visitante. Una sonrisa verdadera curvo sus labios en el primer verdadero gesto de felicidad en días—. Jack. —susurró.

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