Séptimo Capítulo

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ENTRENANDO DURO


Kass se estrelló contra el piso, agradecida de que se encontraba en el jardín y que el pasto suavizara su caída. Resoplaba y sudaba, mientras los primeros rayos del sol se colaban por el horizonte.

—Eres muy lenta. — sentenció Eliot.

Eliot Grand era el entrenador de Kass, estaba a varios metros de distancia, con los brazos firmemente cruzados sobre el amplio pecho y con su obligatoria mirada aburrida. El cabello negro se derramaba sobre sus ojos de color plata.

—Es que tus métodos no son los más comunes. —se quejó ella.

Durante los últimos dos meses él había estado entrenándola. Ella se hallaba tirada en el pasto, rodeada de, al menos, una docena de máquinas lanzadoras de pelotas de tenis. Eliot las había colocado a su alrededor y le había vendado los ojos, para que tratara de esquivarlas o detenerlas. Pero hasta ese momento lo único que ella había conseguido eran varios moretones y un fuerte golpe en el estómago. Se arrancó la venda de los ojos para ver como el cielo se teñía de rosados y naranjas. Una pelota impactó contra su pie, cuando Eliot cambió la dirección de una de las máquinas.

—Eres patética.

—El sentimiento es mutuo. Sí crees que eres tan bueno hazlo tú. —espetó ella.

Él avanzó hasta el centro del círculo y activó el controlador remoto. Cerró los ojos y ella soltó una risita burlona. Kass no podía creer que tal nivel de arrogancia entrara en un solo cuerpo. Dos pelotas salieron volando de dos máquinas y se le acercaron a gran velocidad, incluso Kass pudo oír como rasgaban el aire, como un zumbido casi imperceptible. Él se movió a un paso hacia atrás y una de las pelotas paso a centímetros de su rostro.

Después levantó el brazo izquierdo y, como si no representara mayor problema, atrapó la otra. Abrió los ojos y le dedicó un a Kass una sonrisa de superioridad que ella tanto detestaba.

—Tienes que aprender....

—Ya sé, ya sé. A confiar en todos mis sentidos. A seguir mis instintos y a esperar hasta el momento oportuno para actuar. No precipitarme, bla, bla, bla, ¿Podemos terminar con esta basura?

Ella intentó levantarse, pero él la empujó con el pie para obligarla a permanecer en el suelo.

—Con esa actitud, solo conseguirás que te maten y si continuas sin mejorar, seguiremos entrenando como hasta ahora.

Repentinamente sonaba cansado. Durante las últimas ocho semanas la había obligado a nadar en el lago con agua tan helada que sentía como cientos de pequeños cuchillos contra su piel. A correr kilómetros y kilómetros, y a hacer otras tantas actividades estúpidas. Pero ella estaba segura que eran solo para ponerla en ridículo.

Él pasó su manos por su rostro, subiendo hasta su oscuro cabello.

—Esto no está funcionando.

—Vaya sorpresa. —refunfuñó ella.

—Tienes que empezar a mejorar, si no lo haces tendré que obligarte.

—¡Tú no puedes obligarme a nada! —dijo ella a través de sus dientes apretados.

El meneó la cabeza lentamente, se dio vuelta y comenzó avanzar hacia la casa. Kass permaneció tumbada en el pasto, mientras los primeros rayos del sol que se colaban por las colinas y acariciaban su piel. Cerró los ojos. Kass escuchó el chasquido que rasgó el aire y, al abrir los ojos, se encontro con el rostro de una niña.

—Hola Avril.

—¿Quieres ir a almorzar o te vas a quedar a hacer fotosíntesis?

—Eso suena divertido. Fotosíntesis, fotosíntesis.

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