Capítulo X

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El señor del viento.


Desde la carretera vi una enorme extensión de tierra desértica rodeada por alambradas. No alcancé a vislumbrar que tan lejos estaban los límites de aquélla propiedad.

Había barracones en la distancia construidos con ladrillo. Eran edificios del color de la tierra del desierto, un amarillo amarronado muy claro que los confundía con el horizonte. Techos y grandes portones blancos.

Mas allá, una hilera de Aeroturbinas.  del otro lado, una buena cantidad de pequeñas casas. Parecían unidades habitacionales.

De esas de interés social.

Cuando dejamos atrás esos terrenos, los siguieron extensos sembradíos dorados, brillando al sol. No supe de qué se trataba, pero me recordó maíz o trigo. No tenía idea que se podía sembrar en el desierto, pero esas construcciones, los campos, los plantíos y las cosas eólicas estaban ahí.
—Todo esto son las tierras del tío, ¿verdad, tú? —dijo Will, soltando otro puñetazo en el hombro de Serpiente, que solo refunfuñó.
—¿Es muy rico? —pregunté. Si, ya sé que era obvio que cagaba dinero.

—Él dice que tiene lo que merece y ni un puto peso menos —respondió Will sonriendo. Siguió cantando como si nada.

A la derecha, pude leer un gran letrero que decía:

| Rancho "El señor del viento"
Propiedad Privada. No entre |

Después de los campos de siembra,  algunas casas, salpicadas una aquí y otra allá.

Veinte minutos más tarde tomamos una salida de terracería. Nos estacionamos cerca de un grupo de casas, tres para ser exacto, a unos trecientos metros de la carretera.

Ahí, sentado en una silla junto a la puerta de la casa más pequeña, bajo el abrigo de una sombra espesa, estaba un hombre tan moreno que bien podría haber pasado por afroamericano. Mientras fui su huésped, tuve ocasión de comprobar que su piel era muy clara, casi tanto como la mía. Sin embargo su rostro y brazos eran color chocolate oscuro. Era muy peculiar.

—Mira Fer, ven, acércate para que te conozca el tío —dijo Will. Me hicieron avanzar hacia él.

Con el cabello muy corto, su calva apenas si se notaba cuando se quitaba el sombrero, las cejas altivas; una cúspide que le daba un aspecto un tanto peligroso; ojos pequeños, brillantes e inquisitivos que se abrían con sorpresa o se entrecerraban para analizarme.

Alargué la mano para saludar apropiadamente.

Su mirada denotaba una completa falta de miedo y una inteligencia oscura.

—Tío, él es Fernando Javier. Tuvo un percance y Serpie... Kawi lo está ayudando a llegar a casa.

Se notaba el respeto que le tenían y pues sí, era hasta cierto punto intimidante.

Tenía nariz desviada, rota quizás varias veces, labios perfectos que no me sonrieron en lo absoluto y bigote de actor de cine de los años cincuenta, perfectamente bien recortado.
Ni su corta estatura ni su edad mermaban la ferocidad de su expresión y eso que de principio, sólo calculé que tendría cincuenta años a lo mucho.
—Todos aquí me dicen tío. Usted dígame señor.
Kawi se acercó a él, inclinó un poco la cabeza en una señal de respeto y después lo abrazó.
Se notaba en los ojos de Serpiente lo mucho que quería a ese hombre. Hablaron en su idioma, Will se apartó un poco y me hizo retroceder.

—Mejor vente para acá, Heeka tiene un carácter de los mil demonios —susurró cerca de mí. Y yo pensaba, "Pues sí, se ve de malas pulgas, pero ya está viejito, ni modo que nos pueda hacer algo".

Ba ' Wa¡Lee esta historia GRATIS!