Sexto Capítulo

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LUZ Y OSCURIDAD


Durante las primeras semanas que Kass pasó en Dreamers, se sentía tan perdida y asustada, que fueron recuerdos borrosos. Sólo había hecho una cosa, dibujar. Kass jamás olvidaría la cara de Miranda cuando le pidió el material de dibujo.

—Claro, yo me encargo.

Había dicho la mujer desconcertada.

Y así el último par de semanas se la había pasado enramada al alfeizar de su ventana con su libreta en las piernas. Andrew, Joon y Avril la visitaban de vez en cuando tratando de persuadirla para que saliera y cada vez que volvían a entrar en la habitación estaba más atestada de dibujos que la vez anterior. Pero Kass seguía sin ánimos de salir. Se había perdido a sí misma de tal forma que no sabía cómo reaccionar. Todo su mundo estaba de cabeza.

La decisión de salir y tomar la riendas de su vida no llegó sino hasta mediados de la de la tercer semana. Como de costumbre, Kass estaba sentada en el alfeizar de su ventana dibujando la puesta de sol más hermosa que jamás había visto. Cuando ocurrió algo inesperado.

Mientras el cielo se teñía de rosados y púrpuras, alguien entró en la calzada de la casa. La ventana de Kass daba hacia la entrada delantera. Ella se le quedó mirando, él se veía completamente fuera de lugar. Llevaba puesto un traje negro, con la camisa desfajada, varios botones abiertos y el nudo de la corbata suelto, la chaqueta revoloteaba a su espalda gracias a la suave brisa del atardecer. Tenía el cabello como la más oscura de las noches y le caía despeinado y ondulado hasta la barbilla.

De repente su andar se detuvo. Él se quedó contemplando la puerta durante un minuto, después levantó la vista y sus ojos se posaron en Kass. Ella sintió como sus mejillas ardían y aunque lo intentó no pudo apartar la vista. Él tenía los ojos de un color gris, brillantes como la plata, la miraba con aire aburrido, el cabello le caía sobre los ojos, levantó un ceja de modo burlón y, después de un minuto, echó a andar. Las mejillas de Kass ardían y, en lugar de sentir una conexión o simpatía, la mirada de aquel chico la había dejado con una sensación de vacío, como si todo lo bueno del mundo se hubiese evaporado, como si no le quedara nada. Después comenzó a sentirse furiosa. Se bajó del alfeizar y cerró con fuerza la ventana, caminó a zancadas hasta el escritorio con el lápiz en la mano y comenzó a garabatear sobre una hoja para deshacerse de la furia que la consumía. Solo le había bastado un vistazo a ese sujeto y ya sentía un gran rechazo. La tranquilidad con la que caminaba, el orgullo tatuado en sus ojos. Como si no le importara lo que los demás pensaran o si descubrían lo que realmente era, a diferencia de los demás habitantes de Dreamers. Él parecía tan seguro de sí, tan arrogante, tan, tan...

Kass arrojó el lápiz y miró la hoja. No estaba, como suponía, haciendo trazos al azar. Un par de ojos grises la miraban desde la hoja. Tan confiados y arrogantes como los del real. Una oleada de cólera la inundó; no iba a permitir esto. Ya había tenido suficientes problemas para el resto de su vida, no iba a fijarse en un tipo como aquel, no, definitivamente no lo iba a permitir. Se puso de pie y arrancó la hoja. Caminó hacia su armario, y lo enterró entre la pilas de ropa. Eso fue todo. Bastó una mirada de ese extraño para que Kass decidiera que estaba lista para continuar.

Fue una noche agitada. Entre sus múltiples dudas y miedos se las arreglaron para dejarla exhausta y no permitirle dormir a la vez. A la mañana siguiente se vistió y se recogió el cabello en una cola de caballo, aunque algunos rizos se negaban a someterse y caían alrededor de su cara. Respiró profundo y salió de la habitación. Por donde quiera que pasara todos se detenían para mirarla y suponía que el hecho de ser la nueva que se había pasado casi tres semanas encerrada en su habitación tenía mucho que ver. Avanzó por los pasillos y bajó las escaleras. Encontrar el comedor no fue problema, el bullicio y el delicioso aroma la guiaron.

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