DÍA 2 - Capítulo 2

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La noche llegó y con ella don Lucio. Las luces de su coche destellaban como estrellas fugaces que se movían al avanzar por la ruta en dirección a su hogar.

Anahí lo observó por la ventana desde que las primeras señales del vehículo asomaron en la distancia. Observó y siguió observando. A medida que su captor se acercaba, el sonido del rugiente motor se oía con más fuerza en el silencio del campo.

Cuando supuso que él también podría verla, cerró las cortinas y prestó atención. Escuchó la puerta de la casa abrirse y la del auto cerrarse. Las voces eran lejanas, lo que le impedía comprender las palabras que Olga intercambiaba con su empleador.

Silencio. Varios minutos de nada, y luego pasos acercándose a su habitación.

Golpes en la puerta.

—Señorita —dijo la mucama—. La cena estará servida en unos minutos. Por favor, baje al comedor.

—No tengo hambre —mintió. Todavía no estaba preparada para hablar con nadie.

—Son órdenes de su anfitrión.

—Dígale que me duele la panza —mintió Anahí.

Los pasos se alejaron una vez más.

Más allá de su errático humor, le avergonzaba que la viesen vestida así, con ropa antigua que le quedaba mal. Los vestidos eran demasiado largos para alguien de su estatura y hacían que la ropa interior se trasluciera bajo la tela. Y no pensaba dejar que Lucio la viera en camisón.

Más pasos. Y golpes.

—Disculpe, pero el señor dice que si no baja a cenar, él vendrá en persona, tirará la puerta abajo y la arrastrará de los pelos hasta la mesa para atarla a la silla y obligarle a comer.

"¿Cómo se atreve?"

—Deme un par de minutos. Tengo que vestirme —contestó Anahí resignada. No creía que Lucio fuese capaz de semejante violencia, pero tampoco deseaba poner a prueba la teoría.

Los pasos se alejaron una vez más.

Anahí suspiró y decidió hacer algo insólito y un tanto ridículo. Se colocó el camisón por debajo del vestido blanco. Al tener dos capas de tela superpuestas, su ropa interior oscura no se vería.

Le molestaba no tener los ojos delineados, pero nada podía hacer al respecto. Resignada, salió de su habitación. Temía perderse en los pasillos de la casa, pero vio a Olga esperándola unos cuantos metros más adelante.

—Me alegra no verme forzado a destruir mi propia casa para traerte al comedor —dijo don Lucio al verla llegar.

—¿Hola? Podrías saludarme al menos.

Lucio rio. Seguía fascinado por el mal carácter de Anahí y sus constantes insultos. Era la única persona en toda Argentina que se atrevía a enfrentarlo o incluso a contradecirlo. Al principio, la había considerado como a una adolescente maleducada, pero incluso luego de saber quién era él, no había cambiado su actitud.

La despreciaba, aunque al mismo tiempo le resultaba interesante, una curiosidad exótica que venía de la época moderna. Se preguntaba si todos los jóvenes actuarían así en el mundo de los vivos o si se trataba de una excepción a la regla.

—No consideré que merecieras un saludo, después de que rechazaste la primera invitación que te hice. Pero si ese gesto logra que me respetés, entonces lo haré. —Hizo una pausa para tomar aire—. Buenas noches, Anahí, es un placer compartir la mesa con vos. Espero que disfrutés de la cena. —Forzó una sonrisa.

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