DÍA 2 - Capítulo 2

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En El Refugio no se oían voces ni risas; los pasos eran silenciosos, expectantes. Muchos no habían notado aún la ausencia de Anahí, pero un presentimiento les indicaba que aquella mañana el aire se respiraba de otra forma. Algo había cambiado.

E Irina ya no podía demorar el anuncio. No era vergüenza lo que sentía, sino un creciente odio hacia sí misma. En incontables ocasiones había robado; unas cuantas veces casi la atraparon, y ahora, no solo puso en riesgo a su mejor amiga, sino que su cobardía la condenó a una eternidad en el purgatorio. La pelirroja ya no podría tomar una decisión.

Quizás, en el fondo, esa había sido la intención de Irina desde un comienzo, en un desesperado intento por retener a Anahí a su lado. Sabía que la recién llegada deseaba regresar al mundo de los vivos para poder vengarse, por lo que Irina temía ser abandonada nuevamente a la soledad de una existencia vacía y monótona como niñera de un montón de pequeños que la veían como a una hermana mayor. Y aunque sentía cariño por los más jóvenes, también ansiaba poder degustar la libertad de hacer lo que quisiese y cuando quisiese; salir a bailar y tomar cerveza con alguien, ir de compras y todas esas cosas que podría hacer con una amiga como Anahí.

Antes de ir al comedor, la morocha se lavó la cara con agua helada. Era una costumbre que tenía cuando debía enfrentarse a algún problema.

Era hora de almorzar. Todos estarían reunidos y la oirían confesar sus acciones. Por un momento, Irina pensó en mentir, en decir que Anahí se sentía mal y quería dormir hasta tarde. Pero la mentira no se sostendría por más de un día y cada segundo que retrasara su anuncio sería como una puntada en el corazón. Odiaba ocultarle cosas a su hermana, pero también detestaba tener que admitir un error. Y haber robado y abandonado a Anahí con la patrulla de sunigortes había sido, hasta el momento, el más grave error de su existencia. Dudaba poder cometer algo peor que aquello en el futuro.

Suspiró.

Notó que le temblaba la mano al sostener la manija de la puerta que conducía al comedor. También sentía gotas de transpiración helada deslizándose lentamente por su espalda.

Entró.

Varias voces la saludaron con un animado "buenos días, Iri", y sonrisas inocentes. Avergonzada, bajó la vista y avanzó en silencio hasta su mesa, sin devolver el saludo a los pequeños.

Delfina pareció no notar lo ocurrido, pero fue directo al grano.

—Hola, Iri —dijo en un susurro—. ¿Ani sigue durmiendo?

—No.

—¿No tiene hambre? —insistió.

—No sé.

—¿Querés que vaya a buscarla?

—¡No! —gritó Irina, golpeando la mesa con fuerza y volcando las bebidas. Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Dejá de preguntarme por ella. No va a volver.

—Ya lo sé.

—¿Eh? —La chica de pelo corto miró a su hermana menor, confundida—. ¿Cómo que ya sabés?

—Don Lucio me lo contó todo.

Claro, él siempre se entera de lo que pasa. Después de todo, es dueño de media Argentina, pensó Irina, dejando que las lágrimas brotaran de sus ojos.

—¿Por qué llorás? —preguntó Delfina, colocando una mano sobre el hombro de su hermana.

—Porque le arruiné a Anahí la posibilidad de decidir su futuro.

—No sé de qué me hablás —contestó la menor de las hermanas.

—Que la agarraron los sunigortes. Debe estar muerta ahora —susurró Irina.

Los niños estaban en silencio. Nadie había probado el almuerzo.

Delfina comenzó a reír, tapándose la boca con la mano.

—Así que eso es lo que pasó —dijo, sonriendo—. Anahí está bien, pero no va a volver. —Hizo una pausa—. Don Lucio llamó esta mañana y me explicó lo del robo. Parece que llegó justo a tiempo y la salvó. Se la llevó a su casa y no permitirá que vuelva a El Refugio. Se quedará con él hasta el día del juicio. Pero me pidió que no te dijera nada, que esperara a que vos me lo contaras. Ahora entiendo el motivo. —Delfina suspiró—. Don Lucio estaba realmente enojado con vos y con todos nosotros. También dijo que enviaría a sus empleados a retirar todas las pertenencias de Anahí y llevarlas a su hogar. Todo contacto con ella está prohibido. No podemos llamarla ni visitarla. Y es tu culpa.

Irina sonreía.

—Me alegra que esté bien. Pero voy a encontrar una forma de rescatarla y traerla de vuelta.

—Va a estar mejor con él. No correrá peligro, tendrá luz del sol y seguramente la atenderán como a una princesa.

—O la harán trabajar como a Cenicienta —agregó Irina. Siempre tuvo razones para odiar a aquel hombre, y esta era simplemente una más de ellas. Seguramente fuese a tratar a Anahí como a una sirvienta, de la misma forma que intentó hacerlo con su hermana—. Tengo que rescatarla, secuestrarla o algo —pensó en voz alta.

—Que ni se te ocurra —la reprendió Delfina—. Si hacés que don Lucio se enoje más, va a dejar de mandarnos comida para los chicos.

—Don Lucio esto, don Lucio el otro. ¿Tanto te gusta ese tipo? —Respondió Irina, enfadada—. Es lo único que te importa, ¿no? Quedar bien con él. Me das asco. Ya no tengo hambre. Chau. —Se puso de pie y se marchó del comedor sin mirar atrás, dejando a su hermana llorando frente a los niños que la observaban en silencio.

—Iri, Iri —una vocecita llamó su nombre.

—¿Santi? —preguntó la morocha al voltearse.

—Yo también quiero que Analí vuelva. Le hice un dibujo y todo. Si la vas a rescatar, ¿se lo podrías dar? —Sacó un papel doblado en varias partes que llevaba en el bolsillo—. Se lo prometí.

—Cla... claro, —Irina tomó el dibujo. Luego, se arrodilló y abrazó a Santiago—. No te preocupés, yo voy a traer a Anahí de vuelta. Cueste lo que cueste.


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