Lauren's POV

Pasé esa noche en casa de Camila, y su madre curó mis heridas, pero lo que ninguna de las dos sabían es que las verdaderas heridas no podían curarse con alcohol y crema. Los verdaderos golpes no se los llevaba mi cara, los golpes se los llevaba mi corazón. Uno tras otro, sin descanso. Cuando creía que podía levantarme, otro mazazo de la vida me caía encima. Así continuamente, sin parar, sin cesar, y yo estaba empezando a cansarme. Y quizás llevaban razón y yo no debería haber nacido, por eso la vida me daba un golpe tras otro, intentando eliminarme, intentando que me diese cuenta de que yo no estaba hecha para vivir esa vida, que yo era un imprevisto del destino y un estorbo en la vida de los demás que el sino estaba intentando derribar de su camino.

Cuando abrí la puerta de casa, un olor profundo a bechamel y queso horneados llegaron hasta mi nariz, mis tripas rugieron. Caminé hasta la cocina y allí todos charlaban, la bandeja estaba vacía con restos de tomate y queso encima de la mesa y dos macarrones restantes sobre el metal. Todos se giraron a mirarme, pero mi mirada estaba perdida en aquella bandeja.

—No sabíamos si vendrías. —Se disculpó mi madre, e hice el amago de parpadear, pero mis párpados simplemente temblaron un poco.

—No importa. —Mi voz sonó apagada, triste si prestaban atención, pero en cuanto pronuncié las palabras se dieron la vuelta.

Había vuelto de entregar la inscripción para los exámenes del graduado de marzo, pero no me atrevía a contárselo a mis padres, así que lo guardaría en silencio, como todo lo que debía de haber guardado en aquella casa.

Al pasar por delante del espejo me quedé observándome durante un instante. Pasé los dedos por mis mejillas amoratadas, por mi cuello y debajo de toda aquella maraña de dolor físico, estaba yo. Aquella a la que llamaban gorda e inútil, aquella a la que su propio padre le negaba la comida porque estaba gorda, y no, no quería comer. Aunque mis tripas sonasen de aquella forma, aunque me doliese el estómago y un ardor incandescente subiese por mi garganta, no podía.

Llamaron a la puerta, tres toques secos.

—¿Lauren? —Me giré rápidamente al escucharlo, era Chris.

—Qué quieres. —Respondí sin más, guardando rápidamente mis dibujos en la mochila que de una patada envié debajo de la cama.

Cuando Chris abrió la puerta yo estaba sentada al borde de la cama, observando mi mano vendada aún convaleciente de aquella patada que Luis me endosó.

—Te traía algo de cenar. —En sus manos traía un plato con algo de pasta que había sobrado, tomate y queso hecho al microondas.

—No quiero cenar, Chris. —Bufé levantándome para alejarme de él dándome la vuelta para acabar al otro lado de la cama de espaldas.

—Lauren, yo...

—¿Tú qué? —Me encogí de hombros con los brazos cruzados, poniendo la cabeza de perfil para mirarlo al borde de las lágrimas. —¿Me vas a pedir perdón otra vez? ¿Después de reírte de mí, de hacerme mil putadas en la vida, de restregarme que tú tenías cosas que yo no, de ser amigo del tío que me ha estado dando palizas durante todo este mes, vienes a decirme 'perdón'? —Solté una risa negando, limpiándome las lágrimas con ambas manos para cada ojo, negando. —Odio a esta familia. Os odio, y eso es muy triste, porque no tengo un lugar en el mundo al que pertenecer.

—Qué está pasando aquí. —Mi padre abrió la puerta con tono autoritario y de golpe, y entonces me asusté.

—Nada. —Respondí yo negando, girándome de nuevo hacia la ventana. No quería hacer contacto visual.

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