"Libros Sibilinos"

2 0 0
                                          


Florencia, 1433

El manto espeso y grisáceo de la niebla, no dejaba ver con claridad, los viejos maderos donde los tenderos exponían sus artículos cada mañana, se fundían con la humedad y la penumbra, que gracias a las temblorosas flamas de las antorchas dibujaban espectros en las conglomeradas paredes cuyas piedras y formas contrastaban entre si. Al fondo, se escuchaban unos pasos. Se trataba de una pareja, cuyas risas y bromas deshacían las rondas de vino acumuladas en la taberna de al lado.

La luna mostraba su rostro y las nubes celosas de su belleza, la ocultaban a medias como si fuera una princesa tras una celosía. La poca luz, invitaba al misterio a impregnar las calles mas estrechas.

Solo se escuchaba los débiles y genuinos pasos de aquella pareja, que borrachos, buscaban un espacio para hacerlo suyo: un lugar intimo, donde una vez solos, procederían a susurrarse al oído las verdades y deseos, que entre palabras agraciadas y medios besos, reclamarían poco a poco ese propósito inminente que los enamorados suelen hacer a escondidas.

Una vez hallado el rincón del pecado, el deseo retenido y oculto tras distintos tipos de sonrisas y sutiles gestos de cortejo, comenzaron a transformarse en besos y caricias más sutiles y profundas. Los sumisos, aprovechaban la intimidad para sobrepasar lo ético y lo moral hasta llevarlo al frenesí, momento en que ciertas prendas de la ropa comenzaban a tener menos relevancia.

La luna y sus acompañantes de la noche, esos animales grandes y pequeños, gatos y alguna que otra rata, los invitados de la oscuridad o los que aprovechan la oportunidad de la nocturnidad, para saciar su apetito con aquellos legajos de comida que habían esparcidos por el suelo del mercado del mediodía.

"La noche esconde sus misterios" pero a la imparable pareja no parecía importarles. Pues no estaban solos. Algo les había percibido; ¿el perfume conquistador de hombres de la joven de 19 años? O ¿el sonido de los zapatos al caminar de aquel mercader de 29 años? Lo cierto es, que un tercer e inesperado acompañante, conspiraba en la sombra junto con el silencio de aquella calle casi oscura.

La luna, en su celosía contemplaba la escena, persistía en espiar a los dos, apartando las nubes con su iluminación blanca y difusa, ayudando a la pared en donde estaba la pareja, a representar el acto dramático de las sombras deformadas que interpretaban como "mimos" los movimientos de aquella yunta. Los dulces alaridos resonaban en las piedras viejas, esos susurros tiernos, cuyo lenguaje era comprendido entre ellos, se mezclaban con los gemidos como si el dolor fuera satisfactorio. La prisa para acabar se hizo inevitable. Y finalmente, el silencio como telón, sabana del placer que envolvió a la pareja en ese momento. Ahora eran niños. Y en el mundo, para los dos, solo existía amor.

Como suele suceder cuando todo parece estar tranquilo, cuando las cosas y sus desdichas no parecen ser relevantes... la luna se oculto en las mansas nubes de la noche, propiciando a todo depredador al acecho de su presa. Entonces, desde las tinieblas, la brisa que gobernaba la placida noche... ¡ceso!. Y desde la parte mas siniestra del callejón... ¡zas! "una garra" surgió de la nada, proyectándose a la espalda del joven mercader. El golpe despertó a la doncella de aquel dulce sueño, un breve parpadeo y corto letargo, para presenciar, ahora, como algo pegajosos manchaba su pecho de sangre. Su mirada se clavo, aterrorizada, en aquellas cinco puntas que le separaba de su amante. La mirada temblorosa del joven contemplaba por última vez el rostro de su compañera como se alejaba de sus bellos ojos, con incertidumbre y sin beneficio de una formal despedida, la victima fue absorbida hacia atrás. De las profundidades del callejón, una figura fuera de este mundo: Una mascara brillante y plateada y en forma de chacal y una tunica negra y ensotanada. La muerte o la guadaña prematura, se dejaba contemplar como un espectro en la fría noche oscura. Con su enorme brazo, sustentaba el ya pronto cadáver de su amante, que se desangraba temblante con las garras del asesino en el pecho. Desde el mismo lugar, un nuevo proyectil, como un sutil dardo afilado, se dirigiéndose hacia el cuello de la doncella, que paralizada por lo que acababa de presenciar, quedo sumisa y arrodillada ante aquel diablo que había surgido de las tinieblas. Su mirada, era robada muy lentamente, borrosa y débil, las luces y las esencias de todas las cosas se comenzaron a mezclarse... a la joven le traicionaba la vista, y entonces, aquella droga hizo su efecto: De las piedras, y de las sombras de los objetos, los demonios de la noche con sus respectivas respiraciones y alaridos de ultratumba, se dirigieron como una manada de lobos hacia la gentil y pobre doncella. Sus fuerzas, se desvanecían por momentos y la sutil droga, le impedía moverse y contemplar como la estaban devorando.

La Reina de la LluviaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora