Primer Capítulo

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RECUERDOS DE LA INFANCIA

La pequeña levantó la vista, mirando por la ventana hacia el cielo tapizado de densos nubarrones negros. Frunció el ceño. Concentrándose con todas sus fuerzas en comprender algo que parecía inmensamente complicado. Permaneció así un rato hasta que se rindió y bajó la mirada hacia el grueso álbum fotográfico frente a ella. Observó la fotografía: un inmenso cielo azul se extendía por el horizonte hasta mezclarse con el mar.

La hierba en la fotografía era de un verde brillante y las flores tenían colores que la pequeña jamás había visto antes. Consternada y confundida levantó la vista una vez más. Pero no había cielos azules, hierba verde o flores de mil colores tras su ventana. Parecía estar haciendo el esfuerzo más grande de sus cinco años de vida para entender cómo era posible que todos colores sólo existieran en una imagen.

—Pero no se parece. —la duda llenaba su voz.

Una risa cantarina llegó desde atrás de ella y una mujer se acercó. Con un grácil movimiento, tomó a la niña y al álbum del suelo, y se retiró hasta un sofá sumido en una nebulosa penumbra. Se sentó con ambos en el regazo y encendió una desgastada lámpara. La habitación se llenó de un tenue brillo dorado, revelando los muebles viejos y andrajosos que habían estado sumidos en la penumbra. La mujer acarició suavemente el rizado cabello de la niña, con increíble ternura, adorando su inocencia. Soltó un largo suspiro y bajó la mirada hacia la imagen.

—Ella. —dijo, señalando a la mujer al borde de la imagen —Es tu tátara tátara abuela.

—¿Mi taratarara?

—Si tu taratarara. —dijo la mujer entre risas —Es la abuela de tu abuela.

La niña volvió a fruncir el ceño. Ella había supuesto que su abuela siempre había sido como era ahora. Arrugada, con el cabello blanco y pequeñita. No se la había ocurrido que su abuela, alguna vez, había sido una niña. La mujer soltó otra risita y la niña regresó de su extraña imaginación.

—Pero eso fue hace mucho, mucho tiempo. Tal vez demasiado.

La mujer se puso de pie con la niña en brazos y avanzó hasta las ventanas, corrió las cortinas. El panorama de afuera era desolador. El dosel de nubes negras se extendía hasta el horizonte, la hierba en el suelo era de un marrón amarillento y era extraño encontrar flores. La mortecina luz del sol se filtraba débilmente dejándolo todo en una nebulosa oscuridad, a pesar de ser apenas medio día. Era imposible comparar esa visión con la de la fotografía, que con sus brillantes colores resultaba extrañamente lejana, imposible.

La niña levantó la vista y vio el rostro de su madre ligeramente fruncido, como en desaprobación ante la imagen que se extendía detrás de su ventana, hasta el mar, kilómetros delante, pero del cual solo se escuchaba su rítmico envestir contra las rocas a la lejanía.

—Sí, tal vez demasiado tiempo. —dijo la mujer.

—Mami, ¿Por qué nuestro jardín no... se ve como en la foto? —dijo la niña examinando el jardín como si con eso pudiera hacer crecer las flores.

—Porque las cosas son diferentes. Cambiaron mucho desde el "Día negro".

—¿El "Día negro"?

—Sí. Hace muchos, muchos años las personas abusaron de su suerte, creyeron que el mundo les pertenecía, que era eterno. Y ahora todos pagamos por su error. Ahora las personas tienen miedo.

—¿De qué?

—Hoy eres la pequeña preguntona ¿No es así?

Se acercó al cabello de la pequeña y lo besó con devoción. Soltó un pesado suspiro, cargado de cansancio.

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