Prologo

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El día negro


—¿Quieres dejar de moverte?

El chico desistió al final y bajó la cámara. El viento y el sol le azotaban el rostro, el atardecer se acercaba a gran velocidad.

—Vamos— dijo ella —.¿No que algún día serías un famoso fotógrafo? ¿Cómo es posible que no puedas tomar la fotografía de una niña?

—Es posible, más cuando la niña es tan fastidiosa e hiperactiva como tú.

Ella dio otro giro sobre las puntas de sus pies, su cabello castaño rojizo flotó alrededor de su rostro formando un halo que resplandeció por la luz. Terminó con una exagerada reverencia. Sus ojos azules flamearon con diversión.

—Pocos tienen el privilegio de poder soportarme. No me hagas reconsiderar la posibilidad de que continúes haciéndolo.

—Que Dios me de paciencia, Abi.

Él volvió a apuntar con la cámara. Le tomó varios disparos el obtener la fotografía perfecta, en la cima de aquel acantilado mientras el sol se ponía. Abigail Wilson y Daniel Lambert, amigos de la infancia, disfrutaban de aquella tarde de Noviembre del 2020. En las afueras de la ciudad de San Francisco.

Abigail fue la primera en notarlo, el piso vibrando bajo sus gráciles pies de bailarina. El viento arreció de manera repentina, lanzándole el cabello sobre la cara. Daniel retrocedió un par de pasos pendiente abajo cuando perdió el equilibrio. Abi se giró en redondo, sus ojos escudriñaron el horizonte con sus colores rojos y rosados, el mar brillante debido a la puesta del sol. No entendía que ocurría. Todo estaba silencioso, demasiado silencioso. Un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Abi? —la llamo Daniel, claramente nervioso.

—Cállate. —siseó ella sin darse la vuelta.

Él se encaminó hacia ella, con su cabello negro encrespado a causa del viento. Tenía un suave tono chocolate en la piel y ojos verdes. La cámara colgaba de su cuello. En un principio ninguno de los dos logró ver lo que ocurría. Abi sonrió tímidamente, convencida de que tantas horas bajo el sol los habían afectado.

La chica abrió la boca para hablar, pero las palabras quedaron atoradas en su garganta cuando vio la gran nube negra. Se aproximaba cubriendo el cielo desde la costa sur de San Francisco, pero a pesar de que el sol fue tragado por la oscuridad, había luz. Una luz cegadora y estroboscópica que llenó el cielo. Abi buscó la mano de Daniel a tientas, sin apartar los ojos entrecerrados del luminoso punto en la distancia. Sus dedos se encontraron y él le apretó la mano.

Todo quedó en silencio. Ni un ruido, nada, era como si ambos hubiesen quedado sordos. La escalofriante calma fue rota por las gaviotas. Cientos y cientos de aquellas ruidosas aves surcaron el cielo al mismo tiempo. De la costa llegaron los gritos ahogados de las focas que escapaban despavoridas. El viento llevó hacia ellos la inmensa nube negra. En cuanto estuvo sobre sus cabezas, pardos copos de nieve, ligeros y esponjosos, comenzaron a caer revoloteando, danzando en el aire. Cenizas.

La onda expansiva los alcanzó segundos después. El piso tembló violentamente, la pequeña cañada donde se encontraban parados se desgajó. El piso bajo los pies de Abi cedió, cayó con el cabello bañado en ceniza. Daniel la sostuvo con fuerza, sus talones se enterraron en la tierra que lentamente caía al mar. Luchó por sostenerla, pero se le resbaló de entre los dedos.

—¡Abigail! —gritó Daniel lanzándose hacia el frente.

—Estoy bien.

Cuando el chico miro hacia abajo se dio cuenta de que era verdad, Abi estaba bien, al menos de momento. Había aterrizado en una saliente que se caía a pedazos.

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