DÍA 1 - Capítulo 4

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Durante el trayecto solo se escuchó el sonido del motor rugiendo con fuerza a través de la ruta que conducía al hogar de don Lucio Alonso de Ocampo y Larralde. La construcción se encontraba tan alejada de la ciudad que a mitad de camino ya no quedaban luces a su alrededor.

Frente a ellos se veía únicamente la tenue iluminación del auto que no abarcaba más de uno o dos metros. Al resto del paisaje se lo había tragado la noche. Anahí simulaba observar por la ventana, si bien no se diferenciaban siquiera las siluetas de los árboles al borde de la ruta.

Por momentos, la pelirroja se perdía en sus pensamientos, enfadada por la traición de Irina que, sin decirle nada, había robado para abandonarla luego a su suerte. El resto del tiempo lo pasaba observando el reflejo desdibujado en la ventanilla que comenzaba a empañarse; se esforzaba por vislumbrar el semblante de don Lucio para intentar adivinar qué pasaba por su mente. Quedaba claro que estaba enfadado con ella, quizás también con Irina. ¿Qué tenía pensado hacer? ¿Secuestrarla? ¿Matarla y tirarla en un descampado? Por el miedo que todos le tenían a aquel hombre, Anahí temía incluso que la arrojaran en un calabozo de estilo medieval. Toda opción le parecía real y tangible, incluso las teorías más ridículas sobre noches de tortura o esclavitud.

En más de una ocasión, la pelirroja abrió la boca sin emitir ningún sonido; sin saber qué decir. Quería disculparse, anhelaba explicar lo ocurrido y preguntar por su futuro, pero no encontraba las palabras adecuadas. Sentía que cualquier cosa que dijera iba a sonar como una pobre excusa para ponerse en situación de víctima —que en cierto modo, era verdad—. Le costaba retener las lágrimas que intentaban escapar de sus ojos.

Y el silencio de don Lucio simplemente empeoraba la situación, asustándola más y más a cada minuto.

Anahí cerró los ojos, sin notar que la vencían el cansancio y el estrés.

Al rato, se despabiló cuando el vehículo tomó un camino sin asfaltar, vibrando sobre la irregularidad del sendero.

Lucio la observó de reojo, y Anahí creyó vislumbrar una leve sonrisa que duró lo que un parpadeo.

—Ya casi llegamos —murmuró él, levantando una mano para señalar al frente.

Anahí siguió la dirección con la mirada, notando una luz que brillaba en medio de la nada, a varios metros de altura.

¿Una nave espacial? Pensó por un segundo, riéndose luego ante su propia estupidez.

A medida que se acercaban, la silueta de una gran construcción se alzó frente a ellos. Atravesaron un portón de rejas metálicas y poco después el camino comenzó a ascender levemente.

Varias luces se encendieron cuando estacionaron frente a la gran casona. Antes de llegar a la entrada, la puerta se abrió y una señora mayor les dedicó una sonrisa, seguida por un gesto de sorpresa poco disimulado.

—Bienvenido, señor —saludó Olga—. No sabía que vendría acompañado. —Agachó la cabeza en señal de respeto.

Don Lucio se quitó el tapado gris que llevaba puesto y se lo entregó a su empleada.

—Lamento molestarla tan tarde, pero me gustaría que preparara la cena para ambos. Y dígale a Inés que disponga una habitación para mi invitada —hizo una pausa—. Nosotros estaremos en mi estudio; le pido que no nos moleste. Bajaremos a cenar en una hora.

—Sí, don Lucio. ¿Alguna petición especial para la cena?

—No. Lo que le resulte conveniente a usted —respondió el hombre.

La mujer volvió a agachar la cabeza, sosteniendo la puerta con una mano y el abrigo de Lucio con la otra, esperando que ambos ingresaran.

—Seguime —ordenó Lucio a Anahí.

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