Parte 8.

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Así que ahora vas a preguntarme para qué te digo todo esto. Bueno, una tarde, Betty me servía café justo a las tres, cómo siempre. Antes de que me preguntes quién es Betty, quiero aclararte que ese no es su nombre real, sino el que le puse en uno de esos libros que ahora ella lee. Creo que ya sabe que hablo de ella cuando menciono a aquella ancianita dulce que nunca dejaba mi taza de café vacía.

¿En qué estaba? Ah, si. Betty me servía café justo cuando ella apareció. Así que le pregunté si no le parecía raro que esa chica pasara cada día. La mujer miró por la ventana y rió, negando. Además de buen escritor, gracioso, dijo. Pero yo no bromeaba, aunque ella lo había confirmado. Al volver a alzar la mirada, la chica estaba frente al ventanal. Apoyó su mano en el y me miró con dos ojos de pupilas cristalinas. Me quedé prendido de ellos durante horas, mientras mi pluma trazaba sobre el cuaderno. Ella sonrió cuando lo dejé a un lado y siguió su camino.

Te preguntarás qué escribí. Nunca lo publiqué ni se lo mostré a nadie. Ni siquiera a ella, que nunca volvió a pasar por la acera frente a Jakky's. El cuento se llama "El alma en sus ojos." No sé si es un buen título ni me importa. Solo me interesa que por fin la atrapé en el personaje más hermoso y emocionante con el que me topé. Tenía razón con lo del cuento perfecto, creo que lo conseguí. Solo me hacía falta un poco de ayuda de mi amiga imaginaria.

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