Parte 6.

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¿Qué pensarían aquellas personas a quienes se los mencionara? Que estaba loco, que era normal, que las personas son libres de caminar por la acera. No entendían mi necesidad por saber de ella, mi desesperación por no poder atraparla en un libro, mi locura por no poder hacer más que observarla a través de ese ventanal.

Con el tiempo, mis movimientos se volvían más bruscos. Estaba furioso. La odiaba por desquiciarme. Quería tomarla por los hombros y gritarle que no podía hacerme eso. Pero también quería besarla. Esa única visión de perfil de sus labios bastaba para que perdiera la cabeza a la hora de dormir. No podía con eso. Necesitaba que me explicara qué hacía conmigo.

Pero ella no respondía a mis preguntas. Solo aparecía a las tres de la tarde, para perderse a las tres con cincuenta y ocho segundos. Esa era otra cosa que me desesperaba. Si podía verla tan solo una vez al día, ¿no podría al menos caminar más lento?

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