DÍA 1 - Capítulo 3

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Argentina era una ciudad simple. Vista desde arriba, se diferenciaban círculos concéntricos.

Comenzando desde el interior, el centro económico se encontraba en el primer anillo. Más allá estaba el sector comercial con sus cines, teatros y negocios. Alejándose un poco más, se ubicaban las universidades y escuelas.

A estos tres círculos los rodeaba la avenida Oeste, que a pesar de llamarse así, recorría el tercer anillo a lo largo de todo su diámetro de la misma forma que la General Paz dividía Capital Federal y Provincia de Buenos Aires en el mundo de los vivos. Cuando la construyeron, esta avenida era el método más veloz para ir desde un punto al otro de la ciudad, pero el exceso de tráfico había arruinado el pavimento, obligando a los vehículos a transitar a menor velocidad y dejando de cumplir su propósito original.

Las zonas que se encontraban más allá de la Avenida Oeste eran puramente residenciales. El cuarto anillo era el sector pobre, hogar de trabajadores y sitio en el que se ubicaba El Refugio. Allí todos los edificios estaban en malas condiciones, pegados unos a otros, casi sin parques ni espacios verdes. Pasando esta zona, se llegaba a las residencias de la clase media, en su mayoría casas con pequeños jardines. Y aún más allá, en las afueras, vivían las escasas personas de clase alta, como don Lucio. Aquella era una extensión sin límites que no seguía el patrón circular y era imposible de delimitar. En algún momento, se mezclaba con las afueras de la siguiente ciudad.

Las luces se reflejaban en los charcos que aún quedaban de la llovizna matinal. Las calles laterales estaban casi desiertas; los negocios comenzaban a cerrar sus puertas y bajar las persianas. Por las veredas transitaban únicamente algunos empleados que regresaban a sus hogares. Posiblemente la situación fuese distinta a lo largo de las avenidas. Era noche de teatro, lo cual significaba tráfico.

Don Lucio estaba de mal humor. Había pasado la tarde en un remate en las afueras de la ciudad, del lado opuesto a su hogar, a casi trescientos kilómetros de su residencia. Había asistido con la esperanza de adquirir algunas obras de arte para colgar en la sala de estar, pero no encontró nada que satisficiese su gusto estético; todas las pinturas eran modernas, abstractas, y él era un gran amante del barroco y el rococó. Un día se le había escapado de las manos, por nada. Una pérdida de tiempo.

Como lo supuso, a medida que se acercaba al centro el tráfico comenzaba empeorar. Los vehículos avanzaban con lentitud y se oían bocinazos constantes. Don Lucio, exasperado, decidió tomar el camino largo para evitar así el sinfín de semáforos y la gran cantidad de luces que los vehículos emitían y que siempre le habían molestado y causado jaquecas.

Dobló en la diagonal Marconi, desviándose del camino que había planeado tomar originalmente. Se alejó de la zona comercial. Rodearía la ciudad por la Avenida Oeste.

Por un instante, sintió el impulso de ir hasta El Refugio y ver si la chica nueva había regresado; pero se forzó en rechazar aquel deseo ya que no quería delatar su particular interés en la muchacha y su pronta partida.

La visitaré la semana que viene, se prometió.

Una patrulla de sunigortes lo arrancó de sus pensamientos cuando pasó a gran velocidad para doblar en la Avenida Oeste antes que él. Lucio maldijo en silencio. Si cortaban la calle por algún accidente, llegaría a su hogar a medianoche. Sin embargo, cuando su vehículo llegó a la avenida todo parecía normal. Los sunigortes habían detenido el patrullero en una esquina, sin cerrarle el paso.

Lucio aminoró la velocidad al pasar junto al conflicto y notar que los oficiales gritaban a un criminal; cuando estuvo lo suficientemente cerca, bajó la ventanilla para escuchar qué ocurría.

—¡Suéltenme! Yo no robé nada. Tampoco sabía que ella había escondido algo —repetía una joven con desesperación.

Él conocía esa voz.

Don Lucio estacionó en doble fila y bajó velozmente del auto. Tanto los oficiales como la criminal quedaron inmóviles y en silencio ante su presencia.

—Expliquen —exigió, cortante.

Un hombre de escasa estatura cruzó el umbral del almacén al oír nuevas voces.

—¡Don Lucio! —Exclamó sin poder ocultar su sorpresa—. Esta chica y su amiga se pasaron casi media hora revisando estantes de mi almacén. Salieron sin comprar nada, así que me acerqué a ellas y descubrí que la otra muchacha tenía una barra de chocolate en el bolsillo. Di alarma a los oficiales para que las detuvieran.

—Pero la otra jovencita huyó —explicó un sunigorte con su voz distorsionada por el casco que cubría su cabeza.

—¿Delgada, de cabello corto y oscuro? —preguntó Lucio.

El dueño del local asintió con un movimiento de su cabeza.

—Yo me haré cargo, las he visto esta mañana. Acaban de llegar y no conocen las reglas. Las pondré a trabajar para mí. —Sacó su billetera del bolsillo y le entregó al hombre un par de billetes—. Espero que eso cubra el valor del chocolate.

Nadie se atrevía a contradecirle.

Sin decir nada más, Lucio tomó a Anahí por la muñeca y la arrastró hasta su auto.

—Subite —ordenó mientras la empujaba con brusquedad.

La pelirroja lloraba.


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