Introducción

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«Un demonio también puede llevarte al cielo»



El estudio era iluminado solo por la luz del día que se filtraba a través de las ventanas y era suficiente para ver con claridad. Admiré lo bella que era y cómo lucía con aquel vestido oscuro, recordé que la noche de su cumpleaños también usaba vestido, mas no bragas y ese simple recuerdo hizo que mi polla reaccionara. Me acerqué a ella quedando presionado a su espalda, el calor de su cuerpo se filtró al mío y su olor a vainilla me embriagó, acerqué mi rostro a su cuello e inspiré su aroma, cerré los ojos al hacer eso y miles de imágenes de ella desnuda y bajo mi cuerpo invadieron mi cabeza.

— Hueles delicioso — susurré en su oído y sentí cómo reaccionó a eso.

— Tú también — respondió con dificultad y me satisfizo saber que sentía lo mismo que yo.

— Tú y yo nos podremos odiar, bonita — dije e hice su cabello hacia un solo lado dejando al descubierto su cuello — pero tu cuerpo y el mío no lo hacen — acaricié su brazo con mis dedos, comenzando desde su mano y ascendiendo poco a poco, provocando que su blanca, limpia y hermosa piel se erizara — sé que crees que soy un demonio con corazón de hielo — dije y la observé por el espejo, asintió y di un suave beso el espacio que había entre su cuello y hombro.

— ¿Qué haces? — titubeó al hablar.

— Demostrarte con hechos lo que nuestros cuerpos desean — bajé mi mirada de nuevo a mi mano acariciando su brazo y me gustaba ver el contraste de su piel blanca junto a mis manos tatuadas — tu cuerpo está libre de tinta — señalé y ella fijó su mirada en mi mano y su brazo — pero quiero encargarme de tatuar mis caricias en tu piel — confesé y di un beso suave y silencioso en su mejilla, me estremeció la suavidad en ella y quise saber si todo en su cuerpo era así de suave — quiero mostrarte cómo un demonio puede ser capaz de llevarte al cielo sin despegarte de la cama — mordí el lóbulo de su oreja y después lo lamí — o del suelo — añadí y sonrió con timidez.

— ¿Lo juras? — su pregunta me sorprendió, pero también me hizo sentir con todo el control.

— No bonita — formulé seguro, puse mis manos en su cintura y la presioné más a mi cuerpo haciendo que su trasero sintiera mi erección — te lo prometo — aseguré y subí mis manos a sus costados, cerca de sus pechos notando cómo sus pezones se habían endurecido y su respiración se hubo acelerado.


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