Capítulo VI

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Pueblo natal

Desperté cuando había amanecido.

¡Otro día en el desierto!

Los hombres no estaban y el fuego era sólo rescoldos humeantes.

El sol comenzaba a elevarse, así que el calor era intenso, a pesar de ser tan temprano que el cielo no había perdido sus azules pastel.

Bochornoso, porque la humedad se alzaba desde la tierra, cortesía de la tormenta de la noche anterior.

Serpiente tocó mi hombro y cuando vio que estaba despierto me alargó una gran hoja que contenía un preparado extraño, aún caliente.

¡Queso fresco derretido sobre nopales picados en cuadritos, perfectamente bien cocidos, suavecitos!

Delicioso y suficiente para saciar mi hambre, acompañado de abundante agua y unas tortillas gruesas.

¡El sabor del maíz era algo que jamás probé antes!

¡Era supremo! Sabía tan distinto a como sabe en la ciudad; ese sabor que te recuerda el origen.

Prácticamente devoré todo.

Cuando terminé, Serpiente me hizo una seña y comenzamos a caminar. Bien pronto dejamos atrás todo, menos un sombrero que Sanagustín dejó para mí, según dijo Serpiente, ya que mi gorra y mis gafas desaparecieron, al igual que mis botellas.

Sólo me quedé mi celular inservible y mi cargador. Lo guarde porque pensé que cuando volviera a casa podría comprar otro celular y ponerle mi chip, ya que ahí tenía toda la información de contactos. En ese momento yo pensaba que estaba regresando a mi vida, cuando en realidad me alejaba de ella cada vez más.

Así que, bueno, tenía un sombrero como protección contra el sol y ya.

La noche anterior, Sanagustín lo tuvo puesto mientras se comportaba conmigo como un ser humano al contrario de los otros dos que me trataron como a perro vagabundo.

Su amabilidad hizo todo más soportable. .

¡Qué gran detalle dejarlo! Al usarlo me confortó el olor a palma y humo. El olor personal adherido no me resultaba desagradable, después de un rato deje de prestar atención a eso.

Los dos hombres se fueron al amanecer, dijo Serpiente.

Tenía recuerdos, entre sueños, sobre una inagotable conversación. Hablaban de una serpiente muerta, de un niño perdido y de que sí el agua estaba enojada y que sí estaba buscando y no sé qué tantas cosas más.

Sanagustín decía cada rato "tendrás que hacerlo" y Serpiente decía "No voy a poder".

O a lo mejor lo soñé porque ellos hablan idioma yaqui y un poco de español e inglés y yo sólo entiendo español.

En una ocasión abrí los ojos y los vi, dándome la espalda, sentados contemplando el cielo. Sanagustín le llamó hijo y Serpiente le llamó Apá.

Digo, no tenía que ser un sabio para ver que era su padre o abuelo.

Bajo el fresco sombrero que parecía haber permanecido inalterado mientras el tiempo transcurría en el mundo, las cosas eran de cierta manera, más sencillas.

Ese segundo día, siguiendo al grandote que por fin se dignó en decirme su nombre, Serpiente, fue menos malo que el anterior.

Bueno, no creí que así se llamará.

¿Quién bautiza así a un niño?

Supuse que sería una especie de apodo por el tatuaje que tenía en el vientre y que había podido vislumbrar cada vez que su vieja y sucia camisa se movía.

Ba ' Wa¡Lee esta historia GRATIS!