Capítulo V

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Vecinos

Después del infernal calor que pasé caminando detrás de esa montaña de larga trenza, respirando un aire tan caliente que quemaba la nariz y con la piel sumamente sensible por las quemaduras de sol, el baño de lluvia fue todo, menos bienvenido.

El agua estaba helada y comenzó a soplar el viento con tal fuerza que las ráfagas caían en diagonal y a ratos, de lado a lado.

¡Sé que suena loco, pero lo único que quería es que el grandote me abrazara!

¡Claro que eso no iba a ocurrir! Se había tomado la tormenta como una ofensa personal y al parecer por las miradas que me lanzaba, el culpable de todas esas nubes y relámpagos era yo.

-¡Heeka! ¡Sanagustín! -gritó de pronto al cielo y me asustó-. ¡Heeka! -el viento se calmó de inmediato, pero la lluvia arreció de tal forma que comenzaron a formarse pequeños arroyos. Me tomó de la muñeca y me arrastró a través de la cortina de lluvia que no me dejaba ni siquiera ver la espalda del sujeto aquel.

¡Llovía tanto que llené mis botellas de agua mientras caminaba!

¿Alguna vez has permitido que la lluvia te moje tanto, pero tanto que terminas sintiendo que formas parte de ella?

Se siente igual que entrar al mar o a un río. La cortina de agua era casi un bloque. Respirar era difícil pero, no sé.

Yo me sentía, ¡eso! ¡Parte de la tormenta!

Estaría alucinando de agotamiento. Vi colores. La lluvia era de colores y era mi amiga. Me abrazaba para que no me sintiera triste.

¡Tan linda!

Supongo que caminamos casi una hora, pero no lo voy a saber nunca. Mi reloj no era a prueba de agua y a partir de esa fecha, no volvió a funcionar.

Llegamos a un... ¡Es que no sé cómo llamar a eso! Era un techo improvisado, aunque muy efectivo, de ramas, trapos, piedras y demás cosas que no supe que eran. Quizás hojas de palma o matorrales. Yo sólo tenía ojos para el fuego vivo y cálido que ardía en la mejor fogata que he visto nunca.

El hombre que la alimentaba era espeluznante. Tenía el cabello como los vagabundos, una especie de rasta sucia y maloliente que a la vacilante luz de las llamas parecía castaño, con abundantes canas. Era extremadamente delgado y tenía un gesto hosco y desagradable, sus mejillas hundidas y con barba rala. Apenas nos miró con aversión pero no dijo nada cuando mi guía y yo detrás de él nos acercamos al fuego y nos sentamos en unas piedras.

El grandote saludó en su idioma raro y yo hice las inclinaciones detrás de él, pero no dije nada.

El calor fue reconfortante. Suspiré aliviado. Poco después la tormenta amainó y se volvió una lluvia más o menos fuerte.

El tipo flaco y maloliente no me quitaba la vista de encima. También el grandote me miraba fijamente. Estaba tan cansado que no me importó.

Apareció un tercer hombre. A pesar del frío, el agotamiento y el miedo, aún podía ver que los tres se conocían. El tercero era un hombre viejo con algún parecido a mi rescatador. Mismo tamaño de hombros, color de piel y misma cabellera trenzada, en él casi totalmente plateada, con un cordón negro entretejido. Tenía una camisa que algún día fue blanca, empapada y adherida al cuerpo que, aunque cercano a los sesenta o setenta, se veía fuerte y musculoso. Su rostro no estaba arrugado pero tenía cejas y bigotes encanecidos y unos anteojos, detrás de ellos, ojos nobles y cordiales, todo lo opuesto del hombre flacucho que agregaba hojas verdes a una olla de barro cuyo fondo era lamido por las lenguas naranjas y amarillas del fuego.

El hombre viejo los riñó en su lengua. El flaco de la mirada espantosa no le hizo caso, él estaba en lo suyo, alimentando el fuego.
Mi salvador en cambio, bajó la mirada, hundió los hombros y se quedó en silencio.

La humedad se desprendía de mi ropa, sentía como me secaba y eso era genial. Me saqué los zapatos y los puse cerca del calor mientras ponía los pies desnudos a calentar.

El viejo me alargó un jarro humeante.
-¿Qué es? -pregunté sin pensar.
Después de unos incómodos momentos, mi guía, que también recibió un jarro, bebió sorbiendo para no quemarse la boca y me dijo, apenas mirándome.
-Para sacarte el frío de los huesos.
-¿Quiénes son estos hombres? -pregunte antes de beber.
-Vecinos -respondió con la misma nula abundancia de palabras que ya había aprendido a reconocer en él-. De Vícam.

-¡Con razón está así! -dijo el viejo y habló a mi guía con dureza-. ¡Eres seco, como la tierra cuarteada! -. Negó con la cabeza, me miró y se sentó junto a mí, me ofreció un cigarro sin filtro. De hecho, era una hoja color café enrollada en un papel de arroz. Yo no sabía que eso se podía hacer.

Negué, quizás con brusquedad. Josué odiaba que yo fumara y con los meses terminé por dejarlo. Como rechacé el liado, el hombre lo encendió y dio profundas caladas. Lo compartió con los otros y ambos aceptaron. El aroma era rico, incitante y al mismo tiempo tan fuerte que me dolió la cabeza, sin embargo, el té era fresco, aromático y me hizo olvidar cualquier molestia.

Apenas tuvo una temperatura soportable lo bebí todo. El viejo asintió, complacido y me ofreció más y yo bebí uno tras otro hasta cuatro de esos pequeños jarritos.

Cada uno de ellos apagaban mis dolores, mis fatigas y por último, al terminar el número cuatro caí rendido. Sólo me deslicé al mundo de los sueños sobre el suelo entre esos tres hombres desconocidos sin que nada más me importara.

Ba ' Wa¡Lee esta historia GRATIS!