Capítulo IV

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La primera noche


No recuerdo cuánto caminamos. Imagino que fueron horas pero creo que no lo sabré nunca con exactitud. El sol colgaba en el centro del cielo y me aplastaba contra la tierra árida.

Nunca he sido fan del sol, pero ese día lo odiaba. Daba un paso, daba otro y repetía hasta el infinito. 
Si no hubiera sido por mi gorra y mis gafas creo que me hubiera muerto insolado. Quién sabe por qué, pero yo siempre me deshidrato más rápido que los demás. Bajo el sol me duele la cabeza.
No hablaba con mi acompañante. Unas horas antes intenté entablar conversación con él. No sé, quería saber su nombre por lo menos, un poco de charla tipo: ¿A qué te dedicas? ¡Ah que interesante! ¿Y eres casado? ¿No? ¿Y tienes novia?
Pero después de la tercera o cuarta pregunta que hice se detuvo. Como dije antes, sus zancadas eran tan largas que yo iba detrás de él al menos cuatro pasos. Giró apenas el rostro para mirarme de perfil y me dijo:
—Camina en silencio Ba'wa, ahorra fuerza.

Desde ese momento en adelante siempre me llamó Ba'wa. Yo no hablo la lengua de los yaquis, ni siquiera inglés al nivel de entender lo que dice el contrato de las Apps cuando las instalo, asi que, exactamente igual a como instalo mis Apps, así escuchaba al hombretón.
Me saltaba las partes que no entendía y seguía adelante.

Cuando el sol se ocultó del todo, el desierto pareció cobrar vida.
Colgadas de un lienzo azul casi negro, centelleaban más estrellas de las que jamás vi antes. No había un hueco en la bóveda celeste. ¡Juro que había estrellas detrás de las estrellas! Y encima de más estrellas y todas brillaban como si hubieran acumulado la luz de ese maldito sol del desierto que, en verdad es más caliente que en ningún otro lado, más luminoso.

Destellaban las cabronas como si tuvieran que vaciarse de toda la luz en una breve noche y llegar transparentes al amanecer para volver a llenarse durante todo el día, no sé me ocurre con qué propósito rarito hacen eso, no me da para tanto la imaginación.

No fue la primera vez que me sentí afortunado en ese viaje.

¡Si, estaba perdido! Siguiendo a un tipo que no conocía y que en realidad no tengo idea del motivo por el que lo seguí. Por lo que sabía, el hombretón bien podía violarme y matarme, o sólo matarme. O venderme en los Estados Unidos por kilo o por pieza o como esclavo.
¡Ojala, pensé, no fuera sexual! Sino de aseo, porque limpiar me gusta pero eso de que te follen los que tienen que pagar para poder follar de tan horribles que están, pues como que no me apetecía en esos momentos ni nunca, de hecho.

Y estaba lejos de mi pareja y no sabía nada de él.

Aún con eso, en aquel silencio lleno de las voces de criaturas escondidas, de ojos brillantes, me sentí vivo, único, conectado. ¡Me sentí vivo!

Una luna cercana a la plenitud daba luz, en asociación con ese contingente de estrellas que parecía marcha en Guadalajara, en protesta del matrimonio gay.

¡Viste que se llenaron las calles de gente vestida de blanco, según para defender a la familia! Y de todos modos ¿Qué pasó? Aprobaron la ley de convivencia.

En fin.

¿En qué me quedé? ¡Ah, si! La noche.

Había tanta luz que era suficiente como para no matarme contra rocas o pisar algún animal, los ojos de los bichos brillaban y los matorrales se veían como manchas sin vida pero, raras. Como vivas sin vida. No sé cómo explicarlo.

La espalda enorme de mi nuevo amigo o mejor dicho, la miserable camisa que cubría su espalda, reflejaba el resplandor de la luna; era un faro blanco, recortado a la mitad por esa trenza negra azabache que brillaba tanto de noche como de día.

Estuve perdido en mi fascinación tanto tiempo que el camino no fue tan pesado a partir de que el sol se ocultó.

Al cabo de no sé cuánto tiempo, el enorme yaqui dejó caer al suelo el morral que traía y de cuya existencia yo no me había dado cuenta. No traía nada dentro. No sé para qué lo quería.

Sacudió con la mano una roca, para luego sentarse en ella. Yo me quedé de pie sin saber muy bien qué hacer.

—Llegaremos al amanecer. Descansa y al rato te despierto —. Se deslizó hasta el suelo ¡y se quedó dormido recargado en la roca! Sin acondicionar un lecho de hojas; al menos los gorilas hacen eso, yo hubiera esperado que un humano lo hiciera también.

¡Y en minutos estaba roncando! Hasta eso, ronca bonito. Pero yo me quedé tan sorprendido... seguramente con la cara de menso que pone la gente cuando algo se sale de su comprensión.

¡Peco de inocente! ¡Lo acepto! Pero yo pensé que él se detendría, haría una fogata, sacaría unos trapos aunque sea de su morral vacío, pondría a cocer frijoles y un conejo que habría cazado hábilmente mientras yo extendía las orillas de los trapitos en el suelo y después de beber café —porque en mis fantasías siempre hay café— nos recostaríamos a dormir al abrigo del fuego, mientras mirábamos las estrellas y nos contábamos cómo es que habíamos llegado ahí.

En cambio el hombre, como cualquier perro, se echó en el suelo y se durmió.

Y yo me quedé de pie hasta que entendí que dijo que descansara.

Me senté en el suelo, pues para tratar de dormir.

¡Lo juro! ¡Lo intenté!

Traté de tenderme en el suelo del desierto lleno de piedras picudas y bichos. Pero cuando apoyé la cabeza en la tierra irregular y helada, sentí un cosquilleo. Me rasqué la cabeza y cuando vi mi mano, ¡tenía una araña peluda tan espantosa que casi me muero de terror!

No grité porque soy muy hombre, pero no dormí ni me tendí otra vez.

Esa fue una de las peores noches de mi vida. No la peor, ni la más aterradora, como días después pude comprobar.

¡Y entonces comenzó a llover!

No me di cuenta cuando se nubló o de donde salió la borrasca. Estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada al tipo, los brazos sobre las rodillas y la frente apoyada en ellos. Cuando levanté la cabeza porque sentí las primeras gotas en el cuello, el cielo había pasado de limpio y estrellado a gris en minutos. ¡Y fue una gran tormenta! ¡Fuerte!
Con todo el aparato de luces y sonido. Los relámpagos rasgaban el cielo del cenit al horizonte o se extendían como una mano gigante, cubriendo la totalidad del azul oscuro que ya no era azul sino gris, de aquella inmensa soledad donde estábamos.

En cuestión de segundos me empapé y mi improvisado guía se levantó insultando en su extraño idioma a mí, al cielo, luego a mí otra vez como si yo tuviera la culpa.

za. 

Ba ' Wa¡Lee esta historia GRATIS!