Capítulo III

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El Caminante


En total, permanecí en ese auto dos días, trece horas, cincuenta y tres minutos y doce segundos.

Aunque tengo la duda sí contar desde que vi aquella silueta recortando el horizonte, con el sol amarillo y rosa del amanecer detrás o a partir de que vi con claridad las facciones del hombre o cuando el tipo me habló. Porque en ese último caso, fueron catorce horas, treinta y nueve minutos y siete segundos.

Cuando finalmente llegó a mi lado, pensé que era mi fin.
¡Era como el tuareg de mis fantasías, llegando hasta el desgraciado auto, pero mucho más sabroso de lo que pude haber imaginado nunca!

Debo confesarte que sí, pensé que ya estaba alucinando por la deshidratación.

¡O sea, que estaba en la antesala de la muerte, algo así como una mini curso propedéutico, en el que el ángel de la muerte te dice a qué hoyo del infierno te tocará descender, pero como es tan sexy, ni le haces caso, entonces te da un legajo de papeles y tú sólo firmas el check in donde te indica con el dedo; aquí, aquí, aquí y de nuevo aquí y apenas terminas se abre una agujero en el piso, que te deja caer sobre tu gordo trasero en la recepción, donde un diablo feo y malvado, porque es el infierno y el de inmediato te pone a...

¿Sabes? Nunca me he planteado bien, bien, como es el infierno, ni a que me voy a dedicar cuando llegue ahí.

¿Ves? Ya estaba alucinando.

El caso es que estaba embarrado en el asiento del copiloto en la posición más horizontal que el mecanismo permitió, con la puerta abierta para no cocinarme, descansando todo lo que podía, del horrible calor.

Las únicas horas para los humanos son el ocaso y el amanecer. El resto trascurre tratando de no morir; de sed, de miedo, de angustia o de locura.

Mientras gozaba del breve instante de tregua que me daba el comienzo del día, ese hombre apareció en el horizonte y cruzó mi campo de visión, muy lejos. Su silueta oscura rodeada de resplandor matutino no me dejó averiguar nada excepto que parecía grande.

Cuando estuvo cerca, por lo menos a trescientos metros, me miró.

O yo sentí que me miró.

No sé por qué no toqué la bocina cuando el tipo apareció. Era lo normal en un caso como el mío; perdido y abandonado en el desierto, rezando por un rescate, ¿no?

Ahora que lo pienso, quizás era mi instinto de supervivencia. Yo creo que no todas las partes de uno mismo son idiotas, hay por ahí algunas que si funcionan, como la alarma que se encendió apenas ese hombre puso sus ojos sobre mí. De alguna manera sentí que era peligroso.

¡Una mala idea!

Me encogí en el asiento. No llamé la atención para nada, obviando el hecho de que estaba en medio en un Jeep Cherokee color blanco del año.

Cuando el tipo se percató de mí presencia, torció sus pasos y caminó hacia mí, con ese andar que sólo él tiene. ¡En toda la tierra, nadie camina así! Como sí todos tuvieran que abrirle paso.

Se acercó lentamente. Los detalles de su figura se revelaron despacio y antes de quince minutos yo estaba babeando.

Tengo que tomarme un momento para describir con detalle porqué me impresionó tanto.

Cuando estuvo tan cerca que podía ver el color de sus ojos, quedé asombrado. Era el hombre más hermoso que vi en mi vida.

Sus ojos.

Eran negros.

Y lo que normalmente es blanco, y en él es muy blanco a veces, estaba enrojecido por el sol del desierto. Tenía el cabello largo y de un color negro lustroso, hasta más abajo de la cintura, atado en una trenza de donde salían algunos mechones que cubrían su rostro sudoroso.

Muy sudoroso.

Mucho.

Su camisa blanca, vieja, sucia y percudida, con un par de botones del frente abiertos, se pegaba a su torso moreno, cobrizo y totalmente lampiño.

No sé por qué pensé que si Josué lo hubiera visto, habría puesto esa cara de asco y superioridad que me cae tan mal. No le gustan los indígenas ni la gente pobre o sucia y este tenía tres de tres.

Y aun así era bello como una pantera.

Al llegar al auto, puso su enorme mano en la puerta y me miró, serio pero, no sé, fue como raro. Amable y a la vez receloso.

—¿Estás bien, turista? —dijo, con una voz como la de Terminator que a mí me parece tremendamente sexy.

Su casta indígena era tan marcada que de espaldas hubiera podido decir que era Yaqui. Creo que está bien si se les dice así.

A pesar de sus ropas miserables, sudadas y sus pies polvorientos enfundados en huaraches de correas, tiras de cuero que a mí me hubieran sacado llagas en veinte minutos, a pesar del olor de hombre que caminó bajo el rayo del sol por horas, un aroma fuerte, también masculino, tanto, que me la puso dura a la segunda inhalación.

A pesar de todo eso, el tipo era imponente.

Nadie hubiera discriminado a ese espécimen de piel morena.

Nadie en su sano juicio.

Ni siquiera me hubiera molestado en bañarlo, excepto quizás con la lengua de arriba abajo. Dos veces.

—¿Necesitas ayuda? —. Mientras hablaba, me miraba de forma muy extraña, como dudando y reconociendo a la vez. Si hubiera tenido que juzgar sus expresiones, hubiera jurado que el tipo me conocía.

Por ratos. Por ratos todo lo contrario.

Yo también era un mar de sudor de casi tres días y aunque me limpiaba con toallitas húmedas y me cambiaba de ropa, mi piel era un desastre por el calor.

Dije que si con la cabeza. No podía hablar sin llorar, la preocupación por mi vida y por Josué y el miedo que tenía de morir ahí solo eran tan grandes como el alivio de ver a otro ser humano. Me sentí mareado y tembloroso.

El enorme yaqui no me quitaba la vista de encima. La duda y el reconocimiento se habían ido y su semblante se tornó serio, ¡serio en serio!

Salvo una o dos ocasiones, siempre que me miró a partir de ese momento, fue con ese semblante adusto. Como si estuviera enojado conmigo por algo que le hice, algún agravio personal que nunca supe cual fue.

Tal vez sudar en su desierto.

Abrió la puerta y con un gesto del rostro me llamó a salir, después echó a andar. Le pedí que esperara, con la intención de tomar mi cartera y la botella de agua. Quise empacar algo de ropa o algo de comida que me quedaba, pero dijo que no era necesario, teníamos que viajar ligero y el camino iba a ser largo.

Así emprendí camino hacia la inmensidad de soledad, calor y escorpiones, en compañía de un desconocido que daba pasos tan largos que era necesario trotar para igualarlo.

Aunque no soy muy alto, tampoco soy chaparro, pero el tipo me saca más de una cabeza y sus manos son grandes y más anchas que las mías y que las de cualquiera que yo haya conocido.


Ba ' Wa¡Lee esta historia GRATIS!