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Seguí llevando mis ojos en su dirección cada vez que sabía que su mirada no estaba encima de mí. Estaba rodeado de gente y toda la comida que salía de la cocina iba dirigida a su mesa. Ahora entendía por qué mi comida tardaba tanto en llegar. Los muchachos que se sentaban al lado de él parecían ser muy jóvenes, aunque no podía distinguir si mayores o menores que aquel. Todos ellos devoraban la comida en un baile armonizado y acompañado de la musicalización que producía el choque de cucharas y palillos. Quizá eran sus amigos o quizá sus compañeros de trab...Otra vez. Cuando entrecerraba los ojos para distinguir mejor las caras de esa mesa, su mirada cayó en mí una vez más y con la misma intensidad. No había rastro de violencia esta vez sino una tremenda tranquilidad.

Que su cara haya tenido otro semblante hacía que ahora no sintiera miedo, más bien, lo tomaba como una invitación a no despegar mis ojos de los suyos y aunque la distancia era grande, sentía la comunicación sin necesidad de palabras.

Quién era. Qué hacía. Cuántos años tenía. Le gustaban los días calurosos o prefería el invierno. Por qué debía usar gorra y lentes de sol todo el tiempo. Por qué se acercó a darme un tenedor y preguntó mi nombre, pero ni siquiera dijo el suyo. Eran todas preguntas que quería que me respondiera de alguna manera. Aquel rostro que no encajaba del todo con su contextura, que parecía más joven cuando no estaba cubierto y que guardaba tantos misterios para mí. El observarlo cuando miraba (y cuando no, también) podría haber sido mi pasatiempo.

Ese extraño del que apenas sabía el nombre y del que escuché unas cuantas palabras, me llamaba mucho la atención, tanto que pensé que me había obsesionado. Día y noche repetía escenas en mi cabeza y recorría con mis manos su rostro en la imaginación, creía sentir su aroma en todas partes y mis ojos se volvían locos cada vez que salía a la calle tratando de verlo de nuevo.

Nos fuimos cuando terminamos de comer y ellos se quedaron allí. Nos dedicamos una última mirada, a modo de despedida.

Ahora, una semana después, nos encontrábamos camino hacia una pequeña isla. Karen había elegido ese lugar por la calidez de la gente, la que pude comprobar apenas puse un pie en esos suelos arenosos. Nos habían hospedado en el mejor hotel de la isla y teníamos visitas guiadas todos los días. No recordaba el nombre del lugar, pero sí como el cielo enrojecía con cada atardecer, con un color tan intenso que no podía quitarle la vista de encima hasta que por fin la oscuridad aparecía. Hacía lo posible por mirar aquel fenómeno y a pesar de mi apretada agenda logré hacerlo el tiempo que duró mi estadía.

En una de esas tardes en las que tuve que escaparme de las visitas, mientras estaba sentada al lado del mar, en medio de la arena, con mi cámara y mi cuaderno, disfrutando del momento, escuché un grito. Había una persona allí y al parecer quería que yo notara su presencia. Comenzó a mover sus manos con gran entusiasmo, luego los brazos y al final todo su cuerpo quería comunicarse conmigo. No entendía su lenguaje de señas y sus movimientos no se detenían, así que justo antes de que el último rayo de sol cayera sobre la playa, tomé mis cosas y me dirigí hacía la ubicación de ese extraño. Conforme iba avanzando, el muchacho detenía su danza. Otros ruidos, además de mis pasos en la arena, comenzaron a escucharse; ahora no solo yo caminaba, él también se acercaba a mí. Cuando la distancia entre los dos fue lo suficientemente corta para que nos distinguiéramos la cara, nos detuvimos. Esperaba que dijera algo, pero solamente sonrió.

Era una sonrisa contagiosa, miles de dientes blancos querían que yo sonriera con ellos. Algo en la cara de aquel muchacho me inspiraba confianza y de manera natural, le devolví la sonrisa. Quizá era uno de los nativos de la isla, pero no sabía cómo preguntárselo así que seguía sonriendo y sonriendo y sonriendo, y nada. Nada salía de su boca. Atiné a hacer una reverencia para retirarme, pero me detuve al sentir su mano en mi muñeca.

- ¿A dónde vas?

-Tú... ¡Gracias al cielo! Me estaba preguntando cómo hacer para comunicarme contigo, pero sólo sonreías y no decías ni una palabra...

- ¡Hey, despacio! Puedo entenderte, pero sólo si hablas más lento.

Sentía tanta comodidad frente a esa persona que apenas escuché una palabra de su boca (y entendía aquellas palabras), comencé a hablar sin parar. No era algo que me sucedía a menudo y por eso yo misma me sorprendí cuando fui detenida.

- Mi nombre es Daehyun ¿cuál es el tuyo?

-Alena.

-A...le...na. A-le-na. Aleeeeeena...

- ¿Cuántas veces tienes que hacer eso?

- Nunca había escuchado ese nombre

- Debo decir lo mismo sobre tu nombre- sonreí.

- ¿De dónde eres?

- De un lugar muy lejano- A pesar de la comodidad, sentí que no era seguro si le daba demasiada información. Me miró extrañado. - ¿Qué hay de ti?

- ¿No es obvio?

- ¿Qué? ¡Podrías ser de cualquier lugar! - Esta vez él también sonrió, pero al instante su gesto desapareció.

- No juegues conmigo, soy mayor que tú. Muestra un poco de respeto

¿Mayor que yo? No podía ser, aquel muchacho no podía ser mayor que yo. Su manera juguetona de caminar y el sonido chillón de su voz no daban prueba alguna de que hubiera nacido antes que yo.

- ¿Cómo sabes que soy más joven?

- Porque eres pequeña...- un tono de desagrado llegó a mi cara. - Y porque perdiste esto, Alena.

Estiró su mano y divisé allí mi pasaporte. Siempre lo llevaba conmigo dentro de mi cartera, en medio de mi cuaderno, el que se había caído en mi escape del hotel y que había recogido con rapidez para poder ver el atardecer...Si, ese tenía que ser mi pasaporte.

- Deberías ser más cuidadosa ¡Y dejar de usar esos auriculares! Te estuve siguiendo por un buen tiempo, gritándote, pero nunca me escuchaste. La única oportunidad que se me presentó, la tomé. Cuando el sol estaba a punto de desaparecer, te los quitaste y entonces yo grité para que vieras que estaba allí.

-Pensé que yo debía hablar más lento para que me entendieras, pero creo que ahora eres tú quien debe hacerlo.

- Yo...lo siento, pero entiende ¡perdí casi dos horas tratando de que me escucharas!

Comenzó a inflar sus mejillas y a mover los brazos en tono de molestia, haciendo un berrinche como un niño. No me molestaba que lo hiciera porque en cierto sentido se veía adorable, pero la gente que caminaba alrededor nuestro si se sentía incómoda y por eso lo detuve. Comenzó a reírse, luego paró y extendió su brazo.

- Toma.

- ¡Muchas gracias! Y...lo siento. Siempre soy así. Ella está siempre detrás de mí y desde que llegué que no tengo tiempo para estar a solas, por eso...

- ¿Ella?

- La muchacha que trabaja conmigo, pero...no importa

Alguna conexión paranormal hizo que la llamara con mi pensamiento y ella terminó llamándome al celular. Antes de atender, hice una reverencia y me despedí del muchacho. Crucé la calle y tomé mi celular de la cartera.

- ¡Tengo 25, así que es cierto que soy mayor que tú! – me gritó, lanzando otra sonrisa y desapareciendo.

I'm gonna make you love me  [BangYongguk]¡Lee esta historia GRATIS!