8: Regresar.

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Fue una tarea dificultosa dormir para Adam. Hacía tanto calor que abrió las ventanas, pero los sonidos del afuera le molestaban. Los grillos, los autos que pasaban de a ratos, las hojas, e inclusive podía asegurar que a un par de calles se escuchaba música de alguna casa montando una fiesta. Trató de no enloquecer, pero después los insectos ingresaban a su habitación y los moquitos se dirigían a él con la intención de picarlo.

Gruñó.

Miró el reloj que colgaba en su pared. Las dos de la mañana.

Se levantó de la cama y rascándose una picadura del brazo fue a cerrar la ventana.

Su ventana daba directo hacia el patio trasero de la casa, por lo que no tardó en percatarse de la presencia de una persona en el columpio. Visualizó a Samantha hamacarse en silencio y con algo a su lado. Se acercó un poco más, tratando de esconderse entre la cortina color azul marino para que no lo descubriera.

Tomó la caja que estaba junto a ella y aguardó unos segundos para hacer otro movimiento. Con una pequeña llave abrió la caja. Sacó cartas envueltas en moños de colores y otros elementos que, desde el segundo piso, Adam no podía alcanzar a ver.

No tardó en reconocer la caja de Camille, esa de la que Samantha había dicho jamás conocer lo que había en su interior. Evidentemente, estaba descubriéndolo. Lo estaba haciendo sola. Sin él.

Lo primero que sintió fue enfado y molestia. Días atrás le había propuesto abrir esa caja juntos, pero ella se había negado y la había comprendido. Él estuvo dispuesto a encontrar algo de su hermana los dos, creyó que era lo adecuado y no fue por obligación. Sam, sin embargo, no se había tomado la molestia de avisarle que ya estaba lista para abrir esa caja y saber que era lo que Camille escondía. No pensó como él lo hizo.

Metió todo lo que había sacado velozmente y cerró la caja. No se detuvo para leer nada ni mirar nada. Sacó, ojeó rápido, lo devolvió a su lugar y desapareció de la vista de Adam.

Escuchó desde su cuarto como subía las escaleras y como entraba en la pieza de Cam.

No volvió a oírla ni a verla esa noche, pero si pensó en ella todo el tiempo que estuvo despierto.

***

Samantha esperó a que llegara el avión y llegó al aeropuerto quince minutos antes de su aterrizaje. No sabía si sentirse tonta por ofrecerse de voluntaria para recogerlo o si estar satisfecha por su buen trabajo como niñera, aunque aquello no formaba parte de su paga.

Lo vio entrar con un gran bolso y una maleta. Podía ver desde donde estaba parada, sus grandes y maravillosos ojos azules buscando una cara conocida. Y por lo que podía observar, se había hecho un cambio de look que le iba muy bien. Su antiguo cabello rubio color arena ahora tenía un tono más oscuro, pero todavía rubio. Ya no lo tenía descontrolado como antes, ahora estaba peinado con gel.

Si giró y la encontró con los brazos cruzados, sonriendo. Una mueca de alivio pasó por el rostro del muchacho y trotó incómodamente con su equipaje para llegar hasta ella.

-Sam.-Tiró el bolso de su hombro y la abrazó, elevándola por los aires.-Te extrañé tanto. Parece que hubiera sido una eternidad.

-Scott.-Susurró ella en su oído, para asegurarse de que era real.-Estás aquí. Por fin.

Cerró los ojos aspirando su aroma, escuchando su voz murmurarle palabras sin sentido con una desesperación inminente, como si el reencuentro fuera uno de los deseos más profundos y urgentes de Scott.

Decidió dedicarse a sentir como ambos corazones palpitaban de la misma forma acelerada, seguramente también ávidos por volverse a unir. Y además de reencontrarse con él, volvió a encontrar aquello que él siempre le ofrecía y ella aceptaba gustosa. Tranquilidad.

El porqué de nosotros.¡Lee esta historia GRATIS!