DÍA 1 - Capítulo 2

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Anahí despertó sobresaltada, aunque sin recordar el motivo. Quizás una pesadilla le había robado el sueño, o tal vez algún ruido proveniente del pasillo. No estaba segura.

Le dolían el hombro y la nunca. Estaba incómoda, situación que le resultaba extraña, ya que su cama era de excelente calidad; supuso que era posible que la falta de almohadas le hubiese causado aquel malestar.

Se sentó, abrió los ojos y miró el reloj que brillaba sobre su escritorio y que parecía encontrarse más alto que antes. El mediodía había quedado atrás.

Repentinamente, escuchó ronquidos y recordó que Irina se encontraba en su habitación. Asumió que eso era lo que la había despertado.

Estiró una mano para alcanzar a su amiga, pero no la encontró. Estiró el brazo un poco más, hasta que sus dedos rozaron la inconfundible textura de madera. Entonces comprendió la situación, se había caído de la cama.

La pelirroja se puso de pie, caminó a ciegas hasta el velador y lo encendió. Luego, regresó a la cama y sacudió a su amiga. Primero la movió con delicadeza, pero los ronquidos empeoraron, así que decidió tomar medidas más violentas; le quitó todas las almohadas con tanta velocidad como le fue posible.

—¿¡Eh!? —preguntó Irina, desconcertada.

—Ya son casi las dos —explicó Anahí, dejando de lado el incidente de su caída y los ronquidos.

—Mierda. Nos perdimos el almuerzo. Espero que Delfi nos haya guardado algo.

Se vistieron y corrieron por los pasillos hasta el comedor. Como lo habían supuesto, la menor de las hermanas se encontraba sentada a la mesa con el almuerzo servido, esperando por ellas.

—¡Buenos días! —las recibió Delfina con una sonrisa—. Espero que tengan hambre porque cociné de más.

—Muerta de hambre, de hecho —confirmó Anahí, sentándose.

—¿Cómo te fue? —preguntó Irina sin siquiera observar la comida que reposaba frente a ella. Era impaciente y ansiosa.

—Más o menos. A ver, déjenme contarles todo en orden.

Las chicas escucharon con atención. Se emocionaron al oír sobre su hermano y compartieron el enfado de la pelirroja con respecto a su pareja. Intentaron no interrumpir la narración, salvo para hacer algunas preguntas.

El tiempo pasó entre discursos, risas y preguntas; entre tazas de té y una ronda de mate amargo. Las manecillas se movieron velozmente en un rítmico tic tac que acompañaba a las palabras de Anahí, brindándole melodía al relato.

Y para cuando la charla llegó a su fin, ya era hora de comenzar a preparar la cena.

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